Alejandro Sanz
Su familia, los amigos, la música... Son los pequeños paraísos en los que se refugia el cantante, reinventado en su nuevo trabajo, que ya calza 20 años de carrera y 21 millones de discos vendidos
Fotos: BERNARDO DORAL
Cuando vienes, ¿pasas más tiempo en tu finca del campo, en Extremadura, o en la ciudad?
En la finca. Me gusta tener mi huertecita. Y la gente, que es completamente diferente. Te ven por la calle y te dicen: “A ver cuándo vienes a comerte un conejo, que lo voy a descongelar na más que pa ti”... [ríe].
¿Has pensado en volver?
No, ya tengo mi vida hecha en Miami. Allí echo de menos España, y aquí aquello. Es curioso, pero te pasas la vida echando cosas de menos, ¿no?
Siempre me hago un lío contigo, ¿de dónde eres realmente?
Nací en Madrid, pero soy muy andaluz para mis cosas. De hecho, cada año voy al menos una semana a Cádiz para cargar pilas. Me gusta la filosofía de su gente. Para ellos es más importante reír que comer. Pero en Madrid hay gente de todos lados. Y a mí me gusta la diversidad, el color, la gente diferente...
Aunque este trabajo es distinto al anterior, tiene alguna balada del Alejandro de siempre...
Sí, con arreglos menos italianos. Es un pop mucho más americano e inglés... Y luego cambia mi forma de cantar...
Bueno, a mí me encanta cómo cantas en inglés... Lo hablas como el español, sin intención de marcar un acento. Eres tú mismo.
Porque, que te corrijan el acento constantemente, sólo pasa en Inglaterra. Yo he aprendido a hablar con gringos, por lo que tengo un problema: ¡no sé decir nada si no es con tacos [ríe]!
En tu orden de prioridades, ¿qué es lo más importante?
La familia, por supuesto. Los amigos, la música...
¿Tienes una mecánica de trabajo?
Debes tener una cierta disciplina, pero yo soy de pura inspiración. Necesito trabajar... cuando me sale.
Porque al final, en el proceso de creación, estás solo.
Sí, y además es necesario. La soledad es vital para un artista.
¿Te encierras para escribir?
En este disco no. En el último me pasaba 16 horas encerrado en el estudio: quería producirlo yo, sonorizarlo yo... y eso es una esclavitud. Terminas retorciendo las canciones. Lo mejor que he hecho ha sido delegar la producción.
¡Te veo más ‘disfrutón’!
Sí. Porque yo, cuando empecé, disfrutaba mucho. Después pasé a sufrir un poco. Y no hay por qué sufrir. Tú no vas a un concierto para ver a alguien pasarlo mal, quieres que te transmita cosas.
Has cambiado, incluso físicamente. Estabas un poco ‘fondoncillo’...
Ése no era yo, la verdad. Me dejé. Fue una etapa. Cuando estás mal, o te da por adelgazar o por engordar. Ahora hago mucho deporte y como sano. No hago dieta, pero juego al tenis. Tengo una canchita en casa que van a tener que meter en el circuito oficial, porque vienen amigos como Verdasco o Carlos Moyá. Y yo, de vez en cuando, les enseño unos golpecitos [ríe].
¿Te acuerdas de lo que soñabas cuando empezaste?
Sí. Lo primero que recuerdo haber soñado es ponerme con una guitarra en el puente que hay de Moratalaz a La Estrella, de Madrid, y ver toda la M30 llena de gente escuchando.
¡Tienes que cumplirlo!
Hablaré con Gallardón... [ríe].
Al final, ¿qué hace que uno cumpla sus sueños?
Las ganas, ¿no? Tú lo podrías explicar también muy bien.




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