Carmen Lomana
Tengo buen ojo para los negocios
Muchos conocen sólo el lado más frívolo de Lomana. Que es una señora millonaria, una ‘fashion victim’ sin cuya presencia no tiene sentido ninguna fiesta de nivel... Pero Carmen es mucho más. Una mujer testaruda, sofisticada y culta, que ha tenido una vida difícil, que perdió a sus dos amores, su marido y su hijo, y que se ha rehecho a sí misma
Fotos: Diego Lafuente
Llega un poco tarde y se disculpa porque viene de una reunión importante. Ella misma lleva los negocios que heredó de su marido y, antes de empezar a charlar, cierra con el móvil unos problemas que tiene con el renting de su Jaguar. “¿Estoy bien así? Le he dicho a Sandra [la chica de Ecuador que trabaja en su casa] que me sacara algo alegre del armario. ¡Es una estilista estupenda!”. Carmen Lomana es educada, alegre y simpática con todo el mundo. Y, aunque se ha convertido en una estrella mediática y va a estrenar su propio programa, Escuela de glamour... ¿quién la conoce realmente?
Para mucha gente eres como un estudio. Has aparecido de repente en sus vidas y no saben de dónde vienes. Por ejemplo, ¿eres de León o de San Sebastián?
Yo nací en León porque mis abuelos tenían una casa allí, pero a los 10 días me fui. Le tengo mucho cariño por mi madre, pero donde he vivido ha sido en San Sebastián. Hasta que me fui a Londres, porque yo no quería más que marcharme de allí, estudiar inglés... y volví casada con Guillermo. Yo creo que lo que me encantaba eran los Beatles y ese rollo [ríe] .
En Londres encontraste el amor de tu vida.
Allí estaba feliz, tenía un apartamento precioso en Chelsea. Pero mi padre me dijo que volviera porque me estaban manteniendo. Así que hablé con Emilio Botín, ya que su padre era muy amigo del mío, y, como el Banco Santander iba a ampliar mercado, les dije que me encantaría aprender banca... y entré como relaciones públicas en Londres. Luego me ha ido muy bien en la vida, pero vamos, que entonces me importaba un bledo. Yo lo que quería era quedarme allí. Luego pasé al departamento de división internacional porque realmente quería aprender más. Hasta que conocí a mi marido.
¿Cómo recuerdas aquella época?
Fue maravillosa porque era súper joven, trabajaba en la City, iba a todas las fiestas que se hacían y tuve la oportunidad de conocer a grandes banqueros y a gente interesantísima. Y yo les hacía mucha gracia...
¿A qué se dedicaba tu padre?
Al mundo de la banca.
¿A tu marido lo conociste en Londres?
Lo conocí en un club de jazz, fue un flechazo. ¡Tardé seis meses en casarme!
¿Y dónde lo hicisteis?
En Llanes. Mi madre, de soltera, siempre veraneaba allí Recuerdo que mis padres estaban como panteras y no querían que me casara. Mi padre mandó a Santiago
de Chile un espía y todo [ríe] y, aunque vio que él era un chico fenomenal y mis suegros gente fantástica, seguían erre que erre... Total, que se enteraron de que me casaba cuando recibieron la invitación.
¿Cuánto duró tu matrimonio?
24 años, feliz y enamoradísima a pesar del golpe que fue no poder tener hijos, por circunstancias de la vida...
Pero llegaste a tener uno, ¿verdad?
Sí, murió de muerte súbita. Fue una etapa tan triste de mi vida que prefiero no recordarla, porque era muy joven, estaba recién casada, todas mis amigas tenían niños... ¿y qué hacía yo en el parque con ellas? Luego tuve un embarazo extrauterino y ya no me quedé en estado más. Tener hijos es lo único que he echado en falta en mi vida.
Debió de ser muy duro...
Sí, por eso decidí que, o hacía algo, o me volvía loca. Y trabajé en un banco en San Sebastián durante un año. Pero ya no era tan divertido como en Londres. Entonces, una amiga me contó que dejaba un local y, como a mí me encantaba el mundo de la moda desde pequeña porque me lo inculcó mi madre, abrí una tienda ideal en San Sebastián. Un local minimalista, de diseño, con poca ropa, y fue un exitazo total. Todavía voy y hay gente que me dice que lleva ropa de entonces... ¡y la cerré en el 88!
Ya estabas instalada en España...
Vivíamos entre Londres y San Sebastián, que era realmente mi casa. Guillermo llevaba temas de diseño gráfico en Inglaterra y de diseño industrial en España. Teníamos una vida maravillosa, viajábamos muchísimo, pasábamos unos meses al año en San Francisco, teníamos unos amigos fantásticos en el mundo de la creatividad... Luego, cuando yo tenía 48 años, él se mató en un accidente de coche, de Pamplona a San Sebastián.
¿Cuánto tiempo tardaste en recuperarte?
Estuve dos años que no vivía. La vida no tenía ningún sentido. Y salí yo misma por una cuestión de voluntad. Me acuerdo de que, cuando se suicidó uno de los Goytisolo, pensé: “¡Qué liberación...! Si yo fuera capaz...”. Y entonces me dije: “¿Cómo me puede pasar esto si yo soy una disfrutona de la vida?”. Pero es que no me mantenía ni de pie; es una enfermedad del alma, y sólo te quieres morir. Me ponía a maquillarme y me tenía que sentar en una silla, pero hacía esfuerzos por arreglarme, por salir. Todo el mundo me dijo que pidiera ayuda. A veces no queda más remedio. El médico me dio un derivado del Prozac; tomaba media pastilla y, con eso y con el tiempo, me fui recuperando. Luego me vine a Madrid, porque nuestra casa era como un nido, aislada, y no soportaba ver a la gente alegre.
¿Y Madrid cambió tu ánimo?
Sí, porque era una ciudad sin referencias de mi marido. Un sitio de paso. Y yo necesitaba empezar de cero, como un libro en blanco. Y llegaron los nuevos amigos.




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