Javier Sardá
Estaba ‘desaparecido’ en su casa de campo, que es como a él le gusta vivir ahora, con su familia, su saxo y sus libros de historia. Pero el gusanillo le ha hecho volver a primera fila con un programa de reportero por el mundo, y con su segunda novela, El asesino de presentadores. Curioso título
Fotos: Diego Lafuente.
No quiere hacer de Sardá. Por eso se reinventa, escribe, curiosea... Engorroso propósito para el hombre que revolucionó la radio de entretenimiento y fue líder de audiencias marcianas. Ahora, Sardá contraataca segunda novela, El asesino de presentadores. Él asegura que es pura ficción pero, por si se trata de una declaración de intenciones, le invitamos a que nos lo contara con el filo de una navaja al cuello. Con este chico todas las precauciones son pocas...
¡Qué maldad! ¿Tenía que darte por matar a presentadores? ¿Es algo de tu subconsciente?
Pensé que sería un argumento divertido, que lo pasaría bien escribiendo.
Bueno, conoces bien ese mundo.
Lo curioso es que yo no soporto ni las novelas malas ni las novelas negras, y me ha salido mala y negra...
¿Por qué no te interesan las novelas negras? ¡Si son estupendas!
No me interesa la ficción. Sólo leo Historia desde hace años. Me lo paso bomba con las novelas de Beevor sobre Stalingrado o sobre Vasili Grossman, el corresponsal del diario Estrella Roja que explicaba cómo echaban a los nazis. ¡Eso ocurrió de verdad! O la historia de la Guerra Civil, saber por qué pasó.
Además, es un tema aún vivo.
Es alucinante. Yo le pregunto a la gente joven: “¿Cuántas personas murieron en la II Guerra Mundial?”. Y te dicen que seis, diez millones. Y no. Hace 75 años murieron 70 millones de personas. No hay ficción que supere eso. ¡Ni La Guerra de las Galaxias!
Me hace gracia la pregunta que planteas cuando matan al primer presentador: ¿por qué motivos se puede llegar a ese puesto? Por un cambio de dirección, porque se jubila el anterior...
... algo que no pasa casi nunca, ¡a no ser que lo jubilen! [ríe].
También por ser hijo de presentador, que hay algún caso.
O hermano.
Estar bueno o buena, ser de algún partido que gobierne en ese momento... ¿No ser de ningún partido es bueno también?
Claro que es bueno. Nadie sabe de qué partido es Ana Blanco y lleva desde la dictadura de Primo de Rivera... [ríe].
Tiene una imagen seria, amable.
Claro, por lo que sea.
Otro motivo es haberse acostado con el director...
¡Eso no me ha pasado nunca a mí!
¿Crees que esto es un mito de la tele, que mucha gente que triunfa ha pasado antes por alguna cama?
Hay gente muy quemada en la vida que dice: “Ésa está ahí porque se ha liado con alguien”. Pero yo digo: “Cuidado, hay que hacer dos cosas: saber ligártelo y ser buena actriz luego”...
Me molesta que eso nunca se diga de los chicos.
Porque los que decidían eran hombres.
Algo que sigue ocurriendo.
En otros terrenos no: hay tantas ministras que ni llama la atención. Eso es fantástico. Lo bueno es que, en definitiva, la mayor parte de la gente que triunfa, no se ha acostado con nadie.
¿Las novelas de amor tampoco te gustan?
¡No! Tengo una pelea con mi mujer contra las teleseries de ahora. Cuando veo una, me molesta que el guionista tenga la caradura de explotar una canción durante una hora para provocar lo sensiblero y hacer llorar.
Tú también recurrías a la música en tus programas. Es tan importante como las palabras.
Claro pero, primero, no pienso defender mi programa más allá de lo razonable. Y segundo, no lo hacía siempre para jugar al ‘ternurismo’.
Qué poco romántico eres... [risas]. Alguna vez has dicho que no has pasado un día sin pensar en la muerte. Y ahora escribes sobre asesinatos de presentadores...
No he dejado de pensar nunca en ella. En mi casa hubo muertes prematuras. Ser huérfano de madre a los 7 años y de padre a los 18, te suscita una velocidad cronológica brutal. Luego murió un hermano mío muy joven... Todo esto te turba de una manera que piensas que la vida, efectivamente, es una temporada. Así que aprecio mucho que un día no tengamos que ir al hospital o que no nos atropelle un camión.
Quizá por eso dijiste: “Ha llegado el momento de hacer lo que quiero”. ¿O tiene que ver con la estabilidad sentimental?
Sin duda. Nunca me había casado, pero estoy muy bien. Además, tengo otras dos ventajas: no tengo ambición ni vocación, y esto es una suerte. A partir del momento en el que has podido solucionar tu vida como jamás habías imaginado, dices: “Quiero comprar el tiempo”. Aunque haya dejado de ganar algunos cientos de millones de pesetas.
¿Has comprado tu tiempo?
Claro. El chollo es haber podido dejar Crónicas... en pleno éxito, cuando yo lo decidí. No nos educan para cerrar un restaurante cuando funciona.
¿Y no echas nada de menos?
¡Qué va! Hago cosas. Me levanto a las seis de la mañana y el día se me hace corto: leer, mi simulador de vuelo, tocar el saxo, el ordenador, los caballos... soy una persona afortunada.




comentar
imprimir
enviar
