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Ana Gavalda

El escondite de Anna Gavalda

La escritora francesa más leída del mundo vive en una aldea al sur de París. Allí, en una casita rosa, sin tele, y junto a sus dos hijos y su perra Pepita, la autora de Juntos, nada más y El consuelo inventa sus deliciosas historias cotidianas

Texto: MAR MORENO Fotos: ALEXANDRE ISARD
Anna en el salón de su casa

Cuando lees a Anna Gavalda te da la sensación de que no le gustan las personas previsibles. En sus historias (La amaba; Juntos, nada más; El consuelo...), los personajes te arrastran hacia lo desconocido con pellizcos de sorpresa, ternura y humor. Pero a lomos de esa agridulce fragilidad te ayudan a descubrir tantas cosas...
En cierta forma, así es el mundo que rodea a esta escritora francesa que ha vendido más de diez millones de ejemplares en casi 40 idiomas: imprevisible y lúcido.
La publicación de su nueva novela, La sal de la vida (Ed. Seix Barral), nos sirvió de excusa para pedirle que nos permitiera llamar a su puerta y así conocer un poquito más de cerca el ‘escondite’ donde hornea sus novelas.
Corríamos el riesgo de decepcionar a sus lectores. ¿Qué esperarán? ¿Que la escritora viva en una casita
al sur de París, con una fachada, por ejemplo, rosa? ¿Que no tenga tele ni periódicos, sólo unos pocos libros, un bonito jardín escondido y una perrita que sigue a su ama a todas partes?... Nada más cerca de la realidad.
Anna Gavalda sostiene que la cotidianidad es lo que le mantiene con los pies en la tierra. La village donde vive junto a sus dos hijos, Luí y Felicité, de 15 y 11 años, se llama Melún. “Estoy lejos de París porque creo que a los niños, hasta la adolescencia, les hace bien tener un poco de hierba alrededor. Vivir en pleno campo puede ser demasiado duro, pero me gusta la vida de provincias. Lo único que diferencia nuestra casa del resto de las del pueblo es que la fachada
es rosa y que, desde la calle... ¡no te puedes imaginar la cantidad de caracoles que viven detrás!”, bromea.

Una historia de hermanos
Acercarnos a su casa tiene más sentido precisamente ahora, que Gavalda publica su novela más personal. La sal de la vida es, según ella, “el feliz, tierno y ruidoso día de cuatro hermanos que se despiden de su infancia”. Un delicioso relato que escribió en 2001 y que ha permanecido sin publicar hasta que una lectora le pidió que “liberara” a los personajes.
Esta vez, el amor no es el nexo común que lo destroza y reconstruye todo. La novela habla del fuerte vínculo que une a los hermanos, “uno de los más difíciles de lograr, pero el más sólido”. Un lazo que la autora conoce bien, porque los alegres hermanos de la historia podrían ser los suyos. “Cuando mis padres se separaron yo tenía 14 años y ellos 12, 10
y 8. Fue como si me cayera el rol de madre de pronto... Pero con el tiempo te das cuenta de que, pase lo que pase con los padres, esa piña que crece entre nosotros es lo único que permanece. Y es insustituible. Creo que en este libro hay mucho de ese amor mutuo que nos tenemos”.
Pero, ¿se puede educar a unos hijos para que se quieran entre ellos? “Si hay algo que no se puede enseñar es el amor. Quizá se puede mostrar...”, dice. Y presume orgullosa de un SMS que le ha enviado su hija Felicité, que está fuera de vacaciones, y dice: “Bonsoir mama, je t’aime”. Una madraza.

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