Chambao: “Quiero una vida lo más justa y sencilla posible”
Recuperar las fuerzas
Mariquilla. Así la llamaban cuando era una cría y se movía por la barriada malagueña de Santa Teresa como una abubilla, canturreando todo el rato. Y así sigue. Con los pies y el corazón clavados en su tierra. El último disco la dejó “petaílla” y decidió reiniciarse en su casa, pegadita a su gente. Allí la encontramos cinco años después de su último disco, oxigenada de Mediterráneo y buen rollo. Menuda, fibrosa, relajada. Quedamos a primera hora en una pequeña playa a la que suele ir a pasear todos los días. Dani, su chico, se ha traido a Lúa, Lolo, La Rubia y Paco, sus cuatro perros callejeros. La brisa templa el ánimo de La Mari, que llega algo cansada y rabiando por un café solo. Da gusto verla mojar pan en aceite.
Han pasado cinco años desde tu última cita con AR. Las lectoras te acababan de elegir Mujer del Año, publicabas nuevo disco y afrontabas un cáncer.
¡Madre mía! Cómo pasa el tiempo, ¿verdad?
¿Estás nerviosa?
Un poquito. Como ya no tenemos mánager, el trabajo nos lo repartimos entre tres... Es más responsabilidad.
Vamos, que La Mari ahora manda mucho.
La Mari es la jefa [ríe]. Y mando, pero soy más dura conmigo que con la gente, ¿eh? Pero así todo es más de verdad. Yo intento estar tranquila. Quiero una vida lo más justa y sencilla posible. Aunque a veces meto un puñao la pata, porque estoy aprendiendo.
Y ¿estás contenta con Chambao?
Supercontenta. Intento llevarlo a un ritmo asequible para mí...
Porque al finalizar la última gira te planteaste incluso parar esta aventura. No sabías si podía ser el final de tu carrera.
Estaba petaílla. Necesitaba disfrutar de mi gente, mi casa...
Estás muy unida a los tuyos.
Mi familia es el eje de mi vida. Vivimos cerquita y nos contamos mucho las cosas. Hay gente que está muy acostumbrada a hacer eso con sus amigos. Para mí, mis hermanos son mis mejores amigos. Incluso mis padres.
Y ¿has saciado la necesidad de oxigenarte?
Sí. No es que me hubiera perdido a mí misma ni ningún rollo místico, ¿eh? [ríe]. Pero necesitaba parar, aclarar ideas y volver a verle color a lo que hacía.
Lo cantas en la letra de Al aire: “Un reloj sin manillas, una cura de mí misma, un viaje a ninguna parte...”.
Sí. Ahora tengo que lograr mantener ese ritmo [ríe].
¿Qué has hecho todo este tiempo para desconectar?
Pues he estado mucho en mi casa, escuchando música, cocinando (que me encanta), paseando a los perros por la playa, cuidando mis plantitas... Soy de las que hablan con ellas en plan: “Mi niña, ¿se te ha quemado una hojita? No te preocupes, que te la voy a quitar y no te va a doler na” [ríe]. Solo he hecho algún viajecito a Cádiz para ver a los colegas y uno a Nueva York. No necesito mucho para estar a gustico. E ir a patear el campito, que me encanta.
En tus canciones hay mucha conexión con la naturaleza.
Quizá porque hasta los 13 años viví muy cerca de los montes de Málaga, y mis juegos eran subirme a un árbol, darle un pateo a la Fuente de la Reina, andurrear por ahí con el tirachinas... Me gusta disfrutar de la naturaleza, pero cuidándola. No entiendo por qué la gente tira las latas. Intento respetar a las personas y el entorno en el que vivo.





imprimir
enviar
