Complicarse la vida merece la pena

Santi y Patricia tienen una vida realizada y tres hijos, pero han decidido enredarse en una aventrua solidaria y pelear por el futuro de 4.000 niños en Senegal. "Hay que devolver parte de lo que reccibes"

Texto: Mar Moreno. Fotos: Juan Pelegrín.
Santi y Patricia junto a un grupo de niños de la calle (talibés).

Cada mañana, cuando los tres hijos de Santi y Patricia llegan al colegio en Madrid, miles de niños empiezan su jornada laboral en Senegal. Vendedores callejeros, asistentas domésticas... Los que tienen peor suerte se ganan el pan pidiendo limosna o rebuscando junto al río o en el mercado las piezas que se les caen al suelo a los pescadores. No saben leer ni escribir, no cuentan con ningún apoyo para formarse y nadie les prepara o alienta para otro objetivo que no sea crear una familia y sobrevivir.
Hoy, gracias al empeño de este abogado y la coach madrileños, el futuro de más de 4.000 de estos niños ha cambiado de rumbo. Todo en apenas cinco años de trabajo e impulsados por el sueño compartido con un grupo de familiares y amigos: la Fundación Xaley.
Pero, ¿cómo surgió esta fantástica aventura solidaria? ¿Por qué una pareja, realizada vital y profesionalmente, se enreda en un sinfín de trabas económicas y burocráticas, restándole tiempo a sus hijos, amigos y aficiones por un grupo de niños y jóvenes desconocidos que viven a 3.000 km de distancia?  
“Todo surgió a mi vuelta a Madrid hace unos años –recuerda Santi–. No quería dedicar mi vida sólo a ganar dinero y me puse a colaborar con dos fundaciones”.
Fue en una de ellas donde oyó hablar por primera vez de la Asociación de Niños y Jóvenes Trabajadores: “Se trata de un movimiento surgido en África que forma a chavales que no han podido ir a la escuela. Lo revolucionario es que son ellos mismos los que dirigen y gestionan los programas. En fundaciones como Xaley lo único que hacemos es orientarles y facilitarles medios para que puedan desarrollar sus proyectos y es un sistema tan brutal que, aunque nació en 1994, ya funciona en 22 países y cuenta con más de 100.000 miembros”.
¡En marcha!
De modo que, cuando surgió la oportunidad de abrir un programa en Senegal, Santi cogió un vuelo rumbo a Saint Louis y se sentó frente a uno de los grupos de chavales: “Flipé tanto... [ríe]. Me pareció increíble ver a niños organizándose para apoyarse y cambiar su destino. Pensaba: ‘¡Qué más quisieran los niños españoles que tener esa capacidad de luchar por ellos mismos!’. Chavales que no tienen nada...”. Y decidió financiar el primer programa.
La primera en sumarse a la aventura desde España fue Patricia, que era por entonces su pareja. No era su primera acción solidaria: “Cuando me casé, en lugar de regalos pedimos a los invitados que colaboraran para financiar dos proyectos de reinserción de niños soldados. Así que cuando conocí a Santi y me habló de estos críos me apunté a la tarea. Creo que la solidaridad consiste en devolverle a la sociedad parte de lo que recibo”.

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