Pilar Bardem
'Yo fui modelo de Balenciaga y de Pertegaz, de Loewe... aunque jamás pensé en desfilar ni me interesaba un pijo la moda. Pero a mí, en la vida, se me presenta un tren... ¡y me subo! Si yo iba para monja, ¡lo juro! Me hice maniquí para ver a mi novio, que estaba haciendo la mili en Valladolid'.
Texto: Mar Moreno. Fotos: Angélica Heras
¡Por Dios! Qué alta, qué delgada...”. Pilar tenía 13 años y había ido invitada a un desfile con su madre. La encargada, que andaba como loca porque una de las modelos se había puesto enferma, le preguntó: “¿Le importa pasar la colección? Sólo debe usted andar por la derecha, luego darse la vuelta y volver por la izquierda...”.
Y ella pensó: “Bueno, si me caigo, la que queda en ridículo es la casa de modas. Y lo hice. Era una buena forma de pagarme los Chester mientras estudiaba”, bromea.
Han pasado muchos años, cuatro hijos (uno falleció), y más de cien películas y otras tantas obras de teatro, pero ‘la Bardem’ sigue con el estilo intacto. “Eso sí, ahora no me metéis un Balenciaga ni en el dedo meñique”, se ríe mientras posa con una elegancia pasmosa en una terraza de la Gran Vía madrileña.
“Hoy, las modelos andan con paso de caballo. Antes lo hacíamos de otra manera. Para caminar recta, yo ensayé con guías de teléfono en la cabeza y todo. Y sigo andando muy derecha para la edad que tengo [ríe]. Eso sí, todas las maniquíes tenían cara de asco. Recuerdo que Jesús Vargas (de Vargas y Ochagavia) me decía: “Pilar, se trata de que tú, aunque no tengas un duro, pases tan divina y con cara de asco delante de todas esas gordas forradas que no entran en tu vestido...”.
Cuando realizamos la sesión de fotos, la matriarca de la saga de los Bardem acababa de aterrizar del Festival de Cannes, donde su hijo Javier había vuelto a dedicarle otro de sus premios. Esta vez, compartido con una declaración de amor a Penélope, su chica. “Me acaban de llamar de una tele para que vaya. Querrán que comente la tontería de la dedicatoria –dice algo cascarrabias–. La de Cannes... ¡Esa sí que es una alfombra roja de verdad!, con glamour. No la de los Oscar, que es como un mercado”.
A pesar de que tiene una fuerte bronquitis, no suspende la cita. Es una profesional curtida con el trabajo duro y nada más subirse a los tacones se transforma. “Antes, de modelo, no se posaba ni nada. Yo era lo que se llamaba un ‘maniquí volante’, porque iba solamente a pasar las colecciones. Por eso no conocí personalmente a diseñadores como Balenciaga. A Pertegaz sí... Yo tenía dos niños, tenía que currar. ¡He pasado incluso embarazada de cinco meses!”.
Más de 2.000 amigos en Facebook
Hoy, la moda no le interesa mucho: “La elegancia está en saber llevar cualquier cosa”. Sí está enganchada al universo Internet y tiene más de 2.000 amigos en Facebook. “Paso más de cuatro horas al día contestando mensajes”. Nos lo cuenta mientras se coloca con paciencia sus anillos, pulseras, cada uno de los colgantes que lleva al cuello y coquetea con el maquillador (“Dime, mi amor, ¿me has puesto el color de tus ojos?”).
Está claro que, como ella asegura, “hay mucha vida después de los 60”. Precisamente de eso trata la nueva película de Laura Mañá, La vida empieza hoy, donde un grupo de personas mayores, con una contagiosa alegría por vivir, se apuntan a unas clases de sexo.
Entre ellos está su personaje, Juanita, una viuda que no ha sentido un orgasmo en su vida. “No sé si aún existen mujeres así. No deberían”, dice Pilar, que no es
de las que piensan que el sexo esté sobrevalorado. “Eso lo dicen los que lo practican [ríe]. Mi piel es la misma que cuando tenía 20 años. Quizás está más arrugada, pero cuando una persona me acaricia y me besa... yo siento la misma sensación de gusto y placer que antes. Más, incluso. Lo importante es quererse. Hay que poner la imaginación al servicio de tu placer, si es compartido con una pareja, estupendo; si no, sola también. Es un tabú de nuestra época que hemos tenido que superar”.
Pilar recuerda que, cuando era joven, se convirtió sin querer en la ‘informadora sexual de sus amigas’. “Me eduqué yo sola. Era libre porque convivía con una profesión libre donde, a pesar de la dictadura, no se cuestionaba el sexo del compañero, si estaba casado o soltero... Pero no me enteraba de las cosas porque me las contaran, sino porque las escuchaba en conversaciones. Recuerdo a una compañera de la facultad que un día estaba asustada porque su novio le había dado un beso y creía que estaba embarazada. Me inspiró tanta ternura... Yo le dije: ‘Tranquila, para quedarte embarazada tienes que hacer otras cosas que no te cuento porque son guarrerías’ [ríe]”.




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