Antonio Carmona
“No puedo estar un día sin mi mujer"
Viene de una saga de gitanos célebres con la guitarra, los Habichuela; con su grupo, Ketama, renovó el flamenco con influencias de medio mundo, y hoy triunfa en su carrera en solitario y disfruta junto a su familia
Fotos: XIMENA GARRIGUES
Tiene Antonio Carmona perfil de indio heredado de un abuelo rondeño. Le sale el flamenco por los ojos pícaros cuando habla de sus orígenes, de su vida junto a la paya que adora, Mariola, y sus dos niñas, Marina y Lucía, con las que ejerce de padrazo. Habla el ex líder de Ketama a veces por bulerías, y cuenta recuerdos por soleares. Ahora que se acerca la Navidad, nos recibe en su casa madrileña para hablarnos de su reciente gira con su ‘prima’ Rosario, Parte de nosotros, de su música y de sus proyectos.
¿Cuándo dirías que empezaste a hacer música?
No me acuerdo. Mi padre me ponía a cantar en las fiestas, cuando venían sus amigos. Me regaló un bongó cuando sólo tenía cuatro o cinco años, y ahí empezó mi afición por la percusión. Luego he sido un guitarrista frustrado.
Era difícil medirse con tu padre, Juan el Habichuela...
Con mi padre, con mi tío, con mi hermano, con todos los que había ahí… porque eran bestias. La guitarra es muy delicada y muy sacrificada.
¿Trabajaste en tus comienzos en otra cosa, además del espectáculo?
He sido comerciante, y muy bueno. Vendía “vasos tensionados” con 14 ó 15 años.
¿Vasos tensionados?
De tubo. Iba a los pubs y aseguraba: “Un vaso tensionado se cae y, mire, no se rompe.” Hacía la demostración de manera que nunca se rompía. Casi un año. Pero lo mío siempre fue la música. Enseguida entré en el tablao de Manolo Caracol en la calle Barbieri, Los Canasteros, y empecé a rular con los artistas.
Has tocado con Camarón, con Paco de Lucía, con todos los grandes, ¿hay alguien que te haya impulsado particularmente?
Mi hermano Juan me ha ayudado muchísimo a tener lo que tengo, a saber apreciar de dónde vengo, e incluso a mantenernos como nos hemos mantenido. Siempre me dio mucha seguridad. Yo era más músico, y tiraba por los cerros de Úbeda. Aunque ya no. Ahora soy muchísimo más tranquilo, pero él ha tenido mucha cabeza. También me marcó ver lo que había en mi casa todos los días, que venían Camarón, Paco de Lucía... Siempre he vivido la música en mi casa y nunca en la vida he podido negarme a ella.
Entraste muy joven en un mundo que, para mucha gente de tu generación, significó acercarse a la droga. Le ocurrió a artistas cercanos a ti, como el primer cantante de Ketama, Ray Heredia, o a Antonio Flores.
El camino de las drogas y el camino de la noche (trasnochar y juntarte con gente), van cerca. Hay que tener cerebro. Venimos de una generación en la que muchos se quedaron en el camino. Voy a mi barrio, y el 40 o el 50 por ciento de los de mi edad, cayó. Cuando entró la droga, no es que se comprase, ¡la regalaban!
¿A ti qué te ha salvado de eso?
Tener a Mariola, que ha estado mirando por mí. Además, siempre me ha gustado disfrutar de la música. Las drogas te quitan muchísima energía y no puedes hacer lo que verdaderamente quieres.
Ella había estudiado enfermería, vivió en Londres, tenía un grupo...
Besos y Rasguños. Y como guitarrista estaba sembrada. Conservo alguna foto e incluso algún tema. Siempre le gustó la música aunque no sabía que le gustaba el flamenco.
Te iba a preguntar cómo os conocisteis.
Nos acercó Piedad Aguirre, la hermana de Esperanza, que es mi comadre y la madrina de Marina, mi hija mayor. A ella, a Piedi, le encanta el flamenco y venía a vernos con su grupete, que yo las veía y decía: “¿Dónde irán las rubias?”. Pero me acerqué a ellas, fuimos amigos durante dos años... hasta que me lancé.
¿Y te acuerdas de cómo fue?
Estábamos Mariola y yo charlando, y me acerqué, le di un beso y a partir de ahí, nos cambió la vida a los dos. En el bar Villa Rosa fue, en la plaza de Santa Ana de Madrid.



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