Los secretos de belleza de las actrices de Hollywood

Aquellos maravillosos looks.

Hubo una época, no muy lejana, en la que no existía Instagram, ni los selfis, ni las meteduras de pata digitales, ni las series comentadas en Twitter... En esa época todo el poder estético y simbólico de la industria del entretenimiento lo acaparaba el cine. El séptimo arte ha tenido, hasta los años ochenta, una capacidad apabullante de extender modas e imágenes. Por ser más específicos, era la herramienta de transmisión de largos de falda, cortes de pelo y rouge de labios. Pensemos en la capacidad de las divas digitales de hoy, como Kim Kardashian, de implantar una técnica como el contouring, y multipliquémosla por una cantidad enorme. Pues ya tenemos el poder que ostentaban actrices como Marilyn Monroe, Greta Garbo o Elizabeth Taylor... y sin smartphones.

El sistema de estudios de Hollywood al que pertenecían estas estrellas no dejaba nada a la improvisación. El look de las grandes actrices respondía a una construcción de imágenes orquestada en los despachos. Estaba diseñado por un ejército de peluqueros, maquilladores y diseñadores de vestuario que respondían a órdenes de productores y directores. Muchos de estos looks han llegado hasta nuestros días y siguen inspirando a las mujeres de hoy. Veamos cómo nada es casual.

El tinte secreto
Tomemos el ejemplo de Marilyn Monroe, el epítome de la construcción de una estrella por un estudio. Ella es la rubia del cine, una mujer que equilibraba lo artificial de su apariencia con lo natural de su encanto. Su color de pelo, su código principal de comunicación con el público, era el resultado de mucho trabajo. Al principio de su carrera se teñía en casa, pero cuando empezó a adquirir fama no se separó de su colorista, Gladys Rasmussen. La mezcla que utilizaba, que daba como resultado su color rubio imposible, era casi un secreto de Estado. Casi todos sabemos que tenía una melena muy rizada y su peinado requería horas de secador, cepillo y laca. Pero lo que no todo el mundo conoce es que ella llevaba lo de ser una diva hasta el final: en alguna ocasión se lavó la cabeza con champán. Y cuenta la leyenda que se teñía de rubio hasta el vello púbico.

Obsesión por un moño
Mucho más sofisticado es el uso que hizo Alfred Hitchcock del cabello en sus películas. Le servía para construir la identidad de sus mujeres, casi siempre rubias, impolutas y de aparente frialdad. Su obsesión por el cabello alcanzó un culmen, casi enfermo, en Vértigo (1958). El moño que lleva Kim Novak era una espiral, que ilustraba también el cartel de la película y apelaba al propio vértigo. Como Hitchcock era un obsesivo de los detalles, le colocó ese peinado, que aparece en muchos primeros planos para demostrar la sensación de pérdida de control. En el famoso libro El cine según Hitchcock, de François Truffaut, el inglés reconoce que llevaba meses con los peinados de esta película en la cabeza.

Las actrices de la época eran conscientes de su influencia y no se permitían deslices, y hasta su imagen en su tiempo de ocio era planificada. Poca broma con las estrellas. Un caso que ilustra bien la obsesión por la imagen impecable es el de Elizabeth Taylor. En Cleopatra (Joseph L. Mankiewicz, 1963) le maquillaban, literalmente, hasta el cielo de la boca, por si aparecía en algún plano. La pantalla del cine era muy grande y la mirada de los espectadores muy exigente. La actriz hasta afeitaba su cara (como otras actrices de la época) para lograr suavidad extrema.

Un peinado peligroso
El cabello fue, durante los años dorados de Hollywood, el arma más importante de seducción en las mujeres. Algunas actrices basaron en él su imagen y su éxito. Un caso, que ya forma parte de la cultura pop, es el del peinado de ondas de Veronica Lake. Su cabello caído sobre un ojo, o peek-a-boo, resultaba extraño hasta para la misma actriz, que no se acostumbraba a verse con él y se prefería con la melena recogida. Era, además, muy difícil de mantener: exigía que en cada rodaje hubiera siempre un vaso de agua cerca para humedecerlo y que no se moviera. Este peinado le concedía un aire de femme fatale que todas querían imitar. De hecho, esa manía se convirtió en un problema. Durante la Segunda Guerra Mundial, en algunas fábricas tuvo que ser prohibido, ya que las trabajadoras lo copiaban y, al tener un ojo tapado con el pelo y no ver correctamente, se producían accidentes.

En las antípodas de las técnicas de Marilyn Monroe y Elizabeth Taylor estaba la de Audrey Hepburn. Pero no nos engañemos: el aspecto de esta actriz inglesa nacida en Suiza era solo natural en apariencia. Su fuerza estaba en la gracilidad de su cuerpo y su mirada. Alberto de Rossi fue el responsable de esos grandes ojos. Su truco de belleza más curioso era que el maquillador separaba sus pestañas con un imperdible. Audrey siempre usaba una base suavísima para que le destacara los ojos. La expresividad estaba servida. Ella aportaba una piel clara y limpia, que cuidaba con baños de vapor caseros. Eso, unas gotas de L'Interdit, de Givenchy, y su encanto innato y ya tenemos a la Audrey que recordamos.

Corte en vivo y en directo
Pero el tiempo pasaba, la Historia seguía su curso y las mujeres demandaban otro tipo de referentes. Llegó entonces Mia Farrow, que rodó en 1968, dirigida por Roman Polanski, La semilla del diablo. El corte de pelo que luce en la cinta ha pasado a la historia por ser la obra maestra (o la más mediática) de Vidal Sassoon. Aunque la realidad parece ser otra: con motivo de la muerte del peluquero en 2013, en la que tanto se recordó el corte pixie que llevaba Farrow, la propia actriz se encargó de dinamitar la leyenda. En una carta a The New York Times reveló que ella misma se había hecho ese corte de pelo dos años antes de que lo hiciera Vidal. Afirmó que lo hizo con unas tijeras de uñas. Entonces, contaba ella misma, no había oído hablar de Vidal Sassoon. El tema es que el nombre del peluquero sí estaba mencionado en el libro de Ira Levin que inspiró la película. Por eso, Polanski decidió mantenerlo, así que contrató a Vidal Sassoon, que era el peluquero más famoso del momento, para realizar la puesta en escena del corte: convocó una rueda de prensa y delante de decenas de periodistas el peluquero cortó el pelo a Mia. Cobró 5.000 dólares de la época por ese trabajo, aunque también por pasar a la Historia.

¡Ya no quedan boinas!
Tras Mia Farrow, muchas mujeres se cortaron el pelo implantando una nueva estética que se desmarcaba de las impuestas por las estrellas de la época. En paralelo, también a finales de los sesenta, Faye Dunaway se convirtió, y no podía ser de otro modo, en un referente capilar. Bonnie and Clyde (Arthur Penn, 1967) fue la película responsable de lanzar al mundo su long bob, o media melena que completaba con una boina. Ahora nos parece bastante normal, pero en su momento ese corte, como el de Mia Farrow, rompió la tendencia del pelo largo. Una anécdota (no hay película sin ella): en 1967 la venta de boinas para mujeres se disparó. Gestos como estos anunciaban que otro modelo de mujer, más libre e independiente, se estaba fraguando.

Esto ocurría en Norteamérica, pero en Europa las cosas eran diferentes. La Nouvelle Vague mostraba a mujeres de aspecto tan diferente entre sí como Anna Karina, Catherine Deneuve, Jeanne Moreau o Anouk Aimée. Hablamos de poco maquillaje y naturalidad en el peinado. Hablamos de Francia y las francesas. Con la excepción de Jean Seberg (oriunda de Iowa y otra reina del pixie, corte que lució en 1960 en Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard), el resto de las actrices de las películas de Truffaut, Louis Malle o Godard cultivaron como nadie el peinado-despeinado. Y la reina de todas ellas fue Brigitte Bardot. Esta parisina fue la pionera del llamado bed hair, o ese peinado que simula el pelo de la mujer recién levantada. Ella, de la mano del peluquero Oribe, lo convirtió en marca de la casa. La Bardot era castaña, como toda gran rubia de la historia del cine. Aún hoy seguimos viendo editoriales de moda y belleza inspirados en su flequillo y sus mechones alborotados.

De las trenzas al bob
Con el tiempo, la capacidad del cine como prescriptor de tendencias de belleza fue menguando. La televisión, el deporte y la música también reclamaban su papel como influyentes. Solo cuando los looks eran muy marcados saltaban de la pantalla a la calle.
Ocurrió con Bo Derek y su peinado de trenzas en 10, la mujer perfecta (Blake Edwards, 1979). Hoy nos parece un peinado loco, pero tenía más sustancia: fue la primera mujer blanca (y burguesa) que popularizó las trenzas. Los primeros ochenta se llenaron de cabezas trenzadas. Lo cierto es que era un look de alto mantenimiento. A Bo Derek, durante la película, dos mujeres tardaban varias horas, en completarle el peinado. Mucho más fácil de lograr fue otro de los grandes looks de las últimas décadas: el de Uma Thurman en Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994). De hecho, era una peluca. Su melena negra con corte bob cuadrado supuso una ruptura con la estética grunge, que era la que imperaba a comienzo de los noventa. La imagen que perseguía Tarantino era la de una estrella del cine mudo a lo Louise Brooks, y eso pasaba por elegir un peinado contundente. Por cierto, que ella y su personaje de Mia Wallace ayudaron a romper el stock de la laca de uñas Vamp, de Chanel, que lucía en la película. Tras repasar estos looks y su capacidad de permanencia en nuestra retina, es fácil preguntarse qué proyección hubieran tenido en la era Internet: ¿mayor, menor? Pero esa es otra historia.

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1 Marilyn, un rubio muy complicado

El cabello natural de Marilyn Monroe era castaño oscuro, casi moreno. Para conseguir ese color rubio, su peluquero mezclaba diferentes tintes y jamás reveló la fórmula secreta.

2 El recogido de Kim Novak

El recogido que lucía Kim Novak en Vértigo es una réplica de la espiral del cartel que anuncia la película. El propio director, Alfred Hitchcock, pasó meses ideando este peinado, protagonista de muchos primeros planos.

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3 Elizabeth Taylor, nada al azar

Elizabeth Taylor no dejaba ningún detalle fuera de su control. Hasta rasuraba la piel de su rostro para que estuviera impoluta en los primeros planos.

4 Mia Farrow y su famoso corte

Mia Farrow popularizó su corte a lo garçon en La semilla del diablo. Roman Polanski quiso que fuese Vidal Sassoon el peluquero encargado del corte de pelo.

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5 Veronica Lake, peinado peligroso

A Veronica Lake no le gustaba este peinado. Pero lo cierto es que sus ondas y esa melena tapándole un ojo eran su seña de identidad, y todas las mujeres de la época la imitaban.

6 Katharine Hepburn, ¿natural o no?

La belleza natural no estaba muy de moda entre las divas del cine, y cuando se coqueteaba con ella, como en el caso de Katharine Hepburn, respondía a una estrategia perfectamente estudiada. En realidad su look estaba creado por un ejército de peluqueros y maquilladores.

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7 Una boina, por favor

Hasta que no llegó la sexy Bonnie Parker a la gran pantalla, interpretada por Faye Dunaway, a la mujer de los años sesenta no se le pasaba por la cabeza rebajar el largo de su cabello. Pero su melena por encima del hombro causó furor: todas la querían.

8 Trenzas atrevidas

Ahora el peinado de Bo Derek nos parece de lo más normal, pero en la época fue toda una declaración de intenciones. Ella fue la primera mujer blanca en lucirlo en la gran pantalla. Era artesanal y lo hacían cada día dos mujeres. Las bolitas se las pegaban al cabello con pegamento Elmer.

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9 Una laca muy especial

La reina del bed hair no solo puso de moda el 'peinado despeinado', sino que era fan de no utilizar química en el pelo. Tanto que cuenta la leyenda que la Bardot usaba saliva para fijar sus mechones. ¿Será verdad?

10 Te presento a Bob

Mia Wallace (papel de Uma Thurman en Pulp Fiction) lo llevaba todo en su melena: color radical, flequillo recto y melena perfecta a la altura de la barbilla. Nos dejó el corte bob y una forma de bailar requeteimitada.