¿Y si la felicidad está justo... en nuestro intestino?

​El 90 % de la serotonina, la hormona de la felicidad, vive dentro de tu intestino. La ciencia de la nutrición se ha revolucionado desde que en 2011 se descubrió que intestino y cerebro están íntimamente relacionados.

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Así de contundente con respecto a la serotonina es la afirmación de uno de los gurús mundiales del aparato digestivo, el doctor Barry Sears, bioquímico, doctor en Medicina, presidente de la Inflammation Research Foundation e investigador de la Facultad de Medicina de Boston: "De cómo mimemos al millonario ejército de bacterias que pueblan nuestro organismo, de cómo gestionemos la inflamación intestinal y la respuesta hormonal dependerá nuestro bienestar. Ese equilibrio puede prevenir algunas enfermedades muy serias como la fatiga y la ansiedad crónica, la fibromialgia e incluso de la depresión", explica el doctor Sears.

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Según la Giulia Enders, autora de La digestión es la cuestión, el intestino es el segundo órgano con más células nerviosas después del cerebro. Tan relacionados parecen estár ambos que en la Escuela de Medicina de Baylor (Texas) han comprobado que algunas bacterias intestinales han conseguido cambiar ciertos patrones de conducta.

Y es que la mente y el intestino están íntimamente conectados. Son universos separados por una barrera muy estrecha. Si a las bacterias de nuestro intestino no les proporcionamos los nutrientes que necesitan para vivir por culpa de una alimentación inadecuada, "las 'matamos de hambre'", explica Sears, "y pueden llegar a 'enfadarse'. Ese desequilibrio hace que en el torrente sanguíneo aparezcan algunos elementos que provocan inflamación en el intestino. Y hoy se sabe que esa inflamación está directamente relacionada con muchos trastornos, algunos de ellos psicológicos... ¿Se puede evitar? El doctor Sears está convencido de que sí: "Asegurándonos de que en la dieta hay la suficiente fibra fermentable, con muchas verduras y hortalizas, tal y como insistían nuestras madres y abuelas", explica.

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Azúcar: ¿la nueva adicción?

Para el doctor, la relación de la comida basura y el desequilibrio emocional está fuera de toda duda. El abuso en nuestra alimentación de azúcares en zumos envasados, precocinados y salsas, y el consumo constante de hidratos de carbono de absorción rápida como la bollería industrial y los snacks provocan un efecto directo de 'subidón' en nuestro cerebro al que nos hemos acostumbrado. Que levante la mano quien no haya caído en un atracón de chips, chocolate o galletas al llegar a casa después de un día díficil. Y la costumbre se extiende desde la primera infancia: ¿quién no ha recurrido a las bolsas de ganchitos, obtenidos con aceite de palma, para calmar a los más pequeños ante un largo viaje en coche?

Nuestras abuelas lo hacían con nosotros con un trocito de pan. Pero el pan de antaño es una maravilla nutricional si lo comparamos con los productos que abundan en las máquinas de vending y la gasolinera cargados de conservantes, azúcares, glutamatos y otras sustancias adictivas.

¿Y qué provocan estos ingredientes en nuestro organismo? Una inyección rápida de insulina, esa hormona que libera el páncreas cuando comemos hidratos de carbono. Cuanto más rápido entran los hidratos en el torrente sanguíneo, más insulina se segrega, y puede llegar a ser excesiva. Por eso en las dietas se recomienda equilibrar los hidratos de carbono con algo de proteína", explica.

Su propuesta para alejarnos de este peligro es "tener en cuenta tres aspectos fundamentales en nuestra alimentación: el primero, reducir el exceso de azúcar, en particular de la glucosa.

Fortalecer el sistema inmunitario aumentando en nuestro menú los ácidos omega 3, que se encuentran en los pescados azules y en los grasos como el salmón. Y todo ello sin olvidar los polifenoles, esos antioxidantes que contienen las verduras, los frutos rojos, la piel de la uva negra y las legumbres y que convierten a algunos alimentos en anticancerígenos".

La otra 'cándida'

Con este nombre tan inofensivo se denomina a una de las bacterias más importantes que pueblan nuestro organismo. Es una especie de hongo, exactamente una levadura, que vive con nosotros y cumple la función de 'barrendera'. Se encarga de eliminar los tóxicos que ingresan en el organismo, incluidos los metales pesados. Pero para que exista un equilibrio, como en cualquier otro ecosistema, los miles de tipos de bacterias que pueblan el intestino, el hígado, los pulmones, los riñones, el cerebro, la sangre... tienen que estar en la proporción idónea. Pues bien: hay sustancias que introducimos en el cuerpo, como corticoides, antidepresivos, exceso de azúcar, alcohol, quimioterapia o antibióticos, que provocan que este microcosmos se altere con un crecimiento descontrolado de la cándida, que pasa a provocar la candidiasis, afección que hasta ahora conocíamos con más frecuencia en el terreno ginecológico. La candidiasis intestinal consiste en el desplazamiento de toxinas al torrente sanguíneo, por eso comienza en el sistema digestivo pero puede migrar a cualquier órgano. Sus síntomas van desde mareos, flatulencia, alergias o afonía hasta depresión y baja autoestima: "Y es que intestino y cerebro están conectados mediante el nervio vago, una especie de autopista bidireccional por la que, si nuestro intestino está alterado, las bacterias intestinales afectan negativamente al cerebro", afirma el doctor Sears.

"La candidiasis es una de las afecciones más frecuentes del intestino y que mayores consecuencias psicológicas tienen sobre nosotros", asegura el doctor Miguel Ángel Ruiz, naturópata alimenticio del Centro Solnatura: "Los síntomas son cansancio, hinchazón o malas digestiones...", asegura. En su centro inician un estudio de vitalidad celular capaz de mostrar en una pantalla el estado exacto de cada órgano, tejido, célula y microorganismo del cuerpo humano, y a partir de ahí el especialista diseña un programa de mejora dietética para reforzar y reequilibrar el cuerpo. Con pautas de alimentación y complementos alimenticios (los mejores son el jengibre, los aceites de orégano, de clavo, de romero y el extracto de semilla de pomelo), el problema revierte en tan solo unos días.

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Cada bacteria en su sitio

"Todos y cada uno de los órganos que forman el aparato digestivo tienen su propia flora en una proporción matemática", explica el doctor Gonzalo Guerra y fundador de Centro Médico Quirúrgico de Enfermedades Digestivas (CMED): "Por ejemplo –prosigue–, los bebés cuando nacen no tienen ni un solo germen en sus intestinos. A los tres años ya tienen la flora completa, aunque si sus padres les higienizan todo, les cuesta mucho más", concluye.

¿Cómo hacer entonces nuestros menús? El doctor Sears insiste en el poder de las 3 P y relaciona la función de cada una de ellas con su función en un jardín.

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Probióticos. Son las flores del jardín. Preciosas, pero muy necesitadas de cuidados. Los encontramos en los alimentos fermentables como el yogur, el queso, el kéfir y la col fermentada (chucrut).

Prebióticos. Representan el abono para las flores. Están en frutas y verduras, pero en algunas más que en otras: alcachofa, achicoria, ajo, cebolla, puerro, espárrago, salvado de trigo, banana o legumbres los tienen en abundancia.

Polifenoles. Son como los jardineros que arrancan las malas hierbas y permiten que las buenas bacterias sobrevivan. Dan color a frutas y verduras, se encuentran en los cereales integrales de baja carga glucémica, y también en el café y el chocolate.

Optimismo en la nevera

Mucha fibra. Cuando el objetivo es fortalecer la flora intestinal, conviene buscar alimentos ricos en inulina. Es una fibra vegetal con una enorme carga probiótica que estimula además el crecimiento de la llamada 'microbiota' Un probiótico importante es el yogur, más eficaz si es natural. También los espárragos y las alcachofas.

Enzimas de lujo en la papaya. No hace mucho que se descubrió el extraordinario poder de la papaína, la enzima digestiva de la papaya. Su función es, ni más ni menos, la de digerir las proteínas. Su concentración es más elevada en frutos muy maduros. Así que procura elegirla en color naranja intenso.

A vueltas con los omega. Cuando hablamos de los ácidos grasos omega 3 y 6 nos viene a la cabeza el atún o el aceite de pescado que nos daban nuestras abuelas. No estaban equivocadas, porque reducen la inflamación y los niveles de triglicéridos en sangre. También se encuentran en frutos secos y verduras.

Fácil de entender

Las teorías científicas que desde 2011 demuestran que es el cerebro el que está subordinado al intestino y no al revés, son complejas. Pero no necesitas un máster en bioquímica para tener que entenderlo, conviene hacerse con los libros más divulgativos. Aquí tienes algunos de ellos.

La zona mediterránea. Las teorías de Barry Sears sobre la relación entre comida y estado de ánimo y la necesidad de reducir la inflamación del intestino han dado lugar a su famosa dieta de la Zona. Este libro incluye recetas del chef Iñigo Urrechu para una semana.

La digestión es la cuestión. Un libro muy entretenido que nos acerca al intestino desde una perspectiva supernovedosa. De Giulia Enders, la jovencísima científica cuya conferencia en YouTube sobre el intestino fue un fenómeno mundial (Urano, 15 €).

El segundo cerebro. Partiendo del descubrimiento de que existen más neuronas en el intestino que en cualquier otro órgano, este libro desvela las claves para mejorar la salud a través de la dieta, con siete menús. De Miguel Ángel Almodóvar (Paidós, 15,20 €).

¿Quieres saber más?

La teoría científica que prueba que 'somos lo que comemos', ha abierto decenas de líneas de investigación diferentes. Si has ingresado ya en el club de las obsesionadas por la alimentación saludable, estos libros pueden satisfacer tu curiosidad.

Alimenta tu cerebro. Habla de la mayor revelación médica del siglo XXI: cómo el intestino y la flora intestinal tienen relación directa con enfermedades como el autismo y el TDA. Del doctor David Perlmutter y Kristin Loberg (Grijalbo, 17 €).

Nutrición energética. Una lectura de corte científico que descubre cómo mejorar la digestión, asegurar la ingesta adecuada de los nutrientes básicos y aplicarla a trastornos como el insomnio, la ansiedad, la obesidad o la hepatitis. Escrito por el doctor Jorge Pérez-Calvo (Edaf, 15 €).

Cerebro de pan. Incluye un plan de 30 días para evitar los efectos del trigo, el azúcar y los carbohidratos en el cerebro. ¿Los resultados? Más memoria, mejor estado de ánimo y más energia. Del doctor David Perlmutter y Kristin Loberg (Grijalbo, 9,45 €).