¿Por qué nos engañan los hombres?

A veces es tan sencillo como una cuestión de ego, de frustración, o quizás por divertimento, para liberar adrenalina. La escritora Ángela Becerra nos ayuda a repasar a los casanovas del siglo XXI.

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Un perfume de mujer que no es el tuyo. Dos reuniones que se alargan más de la cuenta. Tres camisas caras. Cuatro llamadas a escondidas. Cinco noches rehuyéndote en la cama. Infinitas razones para dudar de tu pareja. ¿Te estará engañando? Y aún peor: ¿por qué lo hace, si aparentemente todo va bien entre vosotros?

La infidelidad es uno de los pilares argumentales de la nueva novela de la escritora colombiana afincada en Barcelona Ángela Becerra. Memorias de un sinvergüenza de siete suelas (Ed. Planeta) es el repaso a la vida de un casanova del siglo XXI... inspirado en un caso real. “El embrión de esta novela nació en una fiesta de carnaval en Venecia. Junto a mí se sentaba un hombre disfrazado de Giacomo Casanova y completamente metido en el papel. Todos nos rendimos a su encanto, a pesar de que yo misma vi cómo enviaba el mismo mensaje a todas las mujeres a las que quería seducir... ¡Era siempre el mismo! Y lo peor es que todas terminaban cayendo a sus pies –cuenta la escritora–. Un tiempo después contacté con él y le convencí para que me contase qué le llevaba a seducir con artimañas a cualquier mujer que se encontrase”, relata Ángela.

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¿Y la respuesta fue...?
Que sentía la necesidad de conseguir efímeras conquistas femeninas para alimentar su ego y para olvidar su soledad y su vacío. Como explica el protagonista de mi novela, Francisco Valiente, esa soledad “era como un ave de rapiña que se mantenía al acecho, agazapada en mi corazón. Una especie de enfermedad que me llevaba a enfermarme más, pues su remedio consistía en buscar compañías que no conducían más que a buscar compañías y compañías y compañías: un pozo negro sin fondo”. Pero aquel casanova de Venecia también me confesó que cuanto más seducía y engañaba, más repugnancia sentía hacia sí mismo; es decir, que al final la mentira termina convirtiéndose en una tremenda bola de nieve que te destruye.

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Engañar para superar nuestros problemas... ¿Hemos cambiando la consulta del psicólogo por la cama?
Pues en parte sí. Ante la soledad caben dos maneras de actuar: asumirla y rumiarla o superarla comprando amistades o amantes y haciendo de la vida una mentira. Muchas de las personas que engañan lo hacen para saciar ciertas carencias, y no precisamente de sus parejas, sino suyas personales.

¿El engaño es solo una cuestión de ego?
En este caso real, sí; en otros, el engaño viene desencadenado primero por una frustración, por un amor imposible de la infancia, un amor ideal que se convierte en lo único que no puede tener. Ese querer y no tener le lleva a intentar hacerse valer, hacerse desear, y una de sus estrategias para librarse de sus carencias es lograr que las mujeres caigan rendidas a sus pies.

¿La infidelidad puede tener su origen en una frustración que viene de lejos?
Claro que sí: hay hombres que, a raíz de no poder alcanzar a la persona que en su día creyeron que era el amor de su vida, terminan yendo de flor en flor a pesar de estar en pareja, como si con esas infidelidades pudieran vengarse de no se sabe qué. Para muchos la seducción es una manera de cubrir carencias; su autoestima debe de estar muy baja y para combatirlo necesitan controlar la situación por la vía de la seducción, en este caso conquistando a cuantas más mujeres mejor.

Típico de la crisis de los cuarenta: ‘Renovarse o morir’, aunque haya que renovar también a la compañera de viaje.
Es que en algunos matrimonios, pasado un tiempo, la atracción física del principio ha desaparecido por completo y ni siquiera los hijos en común son un lazo suficientemente fuerte para llevar una vida feliz en pareja. Es el desamor, que en la novela se representa en la relación entre Francisco y Morgana. Y también se da el caso de ser infiel por querer escapar de la rutina, de ese amor cotidiano que va pasando los días resolviendo problemas prácticos, sin alicientes que le hagan feliz a uno mismo, cuanto menos al de al lado. En muchos casos se reproduce el modelo de la mujer que quiere ser la esposa y madre perfecta, pero su corazón es de otro hombre y se convierte en una auténtica infeliz. Ante eso, la salida es para muchos (y para muchas) buscar cariño, diversión o excitación en otra parte.

Es verdad que nosotras también engañamos, pero, según las estadísticas, mientras las mujeres buscamos el amor en una relación extramatrimonial, ellos son infieles por pasatiempo, simplemente buscando sexo y diversión.
Francisco dice que “el hombre sigue siendo hombre” a pesar de la liberación de la mujer y los cambios sociales, a pesar de que todo ha evolucionado y que, supuestamente, hombres y mujeres somos iguales. Él afirma que a los hombres les cuesta unificar entrepierna y corazón. Es decir, que pueden querer a una y tener sexo con otra.

Y todo ello arropados, en muchas ocasiones, por la doble moral de la sociedad que retratas en tu novela.
En Memorias de un sinvergüenza de siete suelas la doblez social está llevada al extremo, pero sí sucede que el “qué dirán” se les suele perdonar a ellos bastante más.

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Algunos estudios afirman que cuanto más ganan y mejor puesto tienen, más proclives al engaño son ellos. ¿Será que engañando se sienten más hombres?
Puede que, como en el caso de Francisco, el engaño les dé adrenalina: para los infieles, seducir a las mujeres es algo que les mueve por dentro y les hace sentir más grandiosos. Les excita la conquista, saber que manejan la situación y que tienen el control.

El propio Francisco confiesa que tenía “el ego en la bragueta”. ¿Crees que los hombres engañadores sitúan su ego en el mismo lugar que este personaje?
Francisco, como hombre, se siente orgulloso de haber nacido muy bien dotado... y no es el único: la bragueta es una auténtica vara de medir para muchos hombres, y exhiben a modo de trofeo las conquistas femeninas que consiguen con lo que tienen dentro del calzoncillo. Para este tipo de hombres ese ego de entrepierna es lo único seguro de su identidad, porque basan su masculinidad en su capacidad de seducción. El sexo es para ellos una forma de alimentar el ego. Pero ojo, el mismo Francisco advierte que esas conquistas no son más que “trofeos para tu estúpida gloria”, “historias que no te atraen lo más mínimo y a  las que tú les vendes tu atención”, pero que al final no compensan. O sea, que en realidad no engañan para sentirse más completos.

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De ahí también la metáfora del pavo real que ilustra la portada de tu novela: un ave todo fachada, como los engañadores que nos conquistan con su banalidad.
El plumaje del pavo real, tan vistoso y magnífico, es como la metáfora de todo lo que un hombre ha conseguido (o cree haber conseguido). Para demostrar a los demás quién es y dónde ha llegado lo que hace es abrir el penacho y desplegar las plumas en todo su esplendor... aunque luego no sepan hacer otra cosa más que cacarear y pavonearse delante de todo el mundo.

En esta actitud también hay un componente importante de diversión: seducir es para los infieles una forma de pasar el rato. El protagonista de tu novela lo dice: “Me hacía feliz coleccionar mujeres”.
Por supuesto que se divierten engañando y seduciendo. Les excita la estrategia, calcular cómo pueden conquistar a cada una, sentir el perfume de una piel nueva y moverse en ese tira y afloja de llevarnos a su terreno con una cena romántica, una botella de champán francés, regalos caros, una noche en el mejor hotel de la ciudad... En cada mujer buscan un nuevo reto: desde las jóvenes en busca de príncipes azules hasta las solteras empedernidas, pasando por mujeres cansadas de los hombres... que van a caer en la trampa de otro peor. A todas las conquistan haciéndolas creer únicas. Y todo con la premisa del compromiso cero, “pañuelo usado, pañuelo tirado”.

Teniendo en cuenta esa facilidad que tienen algunos especímenes del género masculino para ser infieles, ¿qué es lo que puede llevar a un hombre a engañarnos?
Los conquistadores se mueven por la emocionalidad, los deseos, las ambiciones, el poder de conquista... y eso es inherente al ser humano. Todos sentimos en algún momento la curiosidad por probar cosas nuevas, por el misterio. El problema comienza cuando no somos capaces de dominar ese sentimiento y caemos en la trampa de engañar.

Es bastante común creer que un hombre es infiel porque su mujer no le satisface en la cama. Sin embargo, hay varios estudios que demuestran que cuanta más actividad sexual tiene una pareja, más sube el porcentaje de infidelidad.
Así es. Es lo que le pasa a los personajes de mi novela: cuando se conocen hay una atracción fatal entre ellos que les lleva a practicar sexo continuamente, pero llega un punto en el que él, por castigarla, empieza a ignorarla. Le da igual que le excite con la lencería más sexy o con un cuerpo escultural: él lo que quiere es seducir a otras, no dejarse seducir por su mujer. Es un caso llevado al extremo, sí, pero muchas veces sucede en la vida real, con hombres que tienen lo que quieren en casa pero necesitan la adrenalina de la mentira, el subidón de ser ellos quienes conquisten y lanzarse a la conquista de lo prohibido.

¿Y la amante? ‘La otra’ también acaba siendo engañada al final, aunque la mayoría de las veces se justifique pensando eso de: “A su mujer ya no la quiere, pero a mí me ama de verdad”.
Los infieles siempre encuentran a una persona que cree que los puede redimir: “A este lo voy a cambiar yo”, piensa la amante redentora. Caemos en la trampa porque nos cegamos, porque a pesar de que tenemos pruebas fehacientes de que ese hombre no es trigo limpio, en el fondo de nuestro corazón nos convencemos de que el motivo de que nuestro amante sea infiel a su mujer es porque ella no es el amor de su vida. ¡Pero nosotras somos diferentes! Y por eso, por más que vemos su comportamiento, por más que nos demuestra que nunca va a dejar a su mujer, seguimos creyendo en él. Porque, algún día, gracias a nuestro amor, cambiará.

Se trata entonces de personas manipuladoras, expertas en jugar con los sentimientos de los demás.
Exacto: juegan a todo, tienen la amalgama de todos los sentimientos y, como si se tratase de un poliedro, los van moviendo a su antojo en función de sus objetivos. Manipulan a sus conquistas hasta que consiguen de ellas lo que desean y, sobre todo, hasta que sacian su ego o su necesidad de superar soledades, vacíos, frustraciones o bajones de autoestima varios.

¿Hay alguna manera efectiva para evitar caer en las trampas de ese engañador?
Todo el mundo tenemos sentimientos y queremos alcanzar el amor en la vida, sentirnos deseados... Cada uno tenemos nuestro corazoncito y el caradura apela a eso, a tocar el corazón para luego romperlo. Hay que ser más listas que ellos.

¿Cómo se debe actuar cuando te toca un infiel? ¿Pagándole con más engaños?
No... El sentimiento de odio creciente que una mujer puede desarrollar hacia su marido puede terminar por esclavizarla y destruirla casi más que la propia infidelidad. “Tu odio es tu propio asesino”, llega a decir la protagonista de mi novela. Así que yo creo que cuando uno se encuentra con un personaje infiel hay que dejarlo inmediatamente, nada de intentar copiarlo. Debemos aprender: todas hemos conocido sinvergüenzas alguna vez, y son experiencias que te marcan y te ayudan a no volver a tropezar con la misma piedra. Si vuelves a caer es porque tienes que tropezar varias veces para aprender la lección.