¿Es normal discutir tanto cuando llega un bebé?

Si, olvídate de ser una 'supermujer' y pídele ayuda.

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La llegada del primer hijo supone un antes y un después en la vida de la pareja; en la mayor parte de los casos, el primer gran y verdadero hito. Los cuidados, las atenciones y los esfuerzos de todo tipo que un bebé requiere copan con creces la disponibilidad de los padres, alejándolos de su vida de pareja. El niño pasa a un primer plano de una panorámica en la que todo lo demás queda muy lejos y muy difuso.

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Si bien las mujeres (y, para ser justos, cada vez más los hombres también) tendemos a volcarnos más en las nuevas responsabilidades sin que ello nos importe, los conflictos en esta primera etapa suelen derivar de la percepción de falta de equidad en cuanto al reparto de obligaciones y tareas. Surgen las primeras diferencias al tiempo que los dos en la pareja nos dejamos de lado, olvidamos viejos roles como el de amantes o el de compañeros de vida para ocupar el inmenso rol de padres. Y, pasado el desbordamiento inicial, las desavenencias continúan pues no es fácil que ambos estemos de acuerdo todas las decisiones que vaya siendo necesario tomar con respecto a la educación de los hijos.

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Así visto, pudiera parecer que los hijos, necesariamente, separan a la pareja. Pero no tiene por qué ser así. Ante las primeras dificultades surgen también las primeras soluciones: horarios equitativos y ajustados a los ritmos de vida de cada uno de los dos, de modo que se simplifique al máximo el día a día y pueda sacarse tiempo (cuando el cansancio lo permita) para dedicárselo al otro o para, al menos, relajarse conjuntamente. Olvídate de ser unasúper mujer: no tienes nada que demostrarle a nadie. Acepta tus límites físicos y psíquicos, pide ayuda y déjate ayudar.

Para lo que viene después, lo ideal es que la pareja tuviera ya un buen nivel de ajuste antes de la llegada del bebé de modo, una vez surjan decisiones que tomar, los dos sean ya capaces llevar a cabo negociaciones y llegar a acuerdos. No es posible olvidar que la educación de los hijos depende de ambos padres y que ambos son figuras de autoridad y fuentes de afecto igualmente importantes por lo que no es adecuado que en la educación de los hijos se imponga repetidamente la visión de uno de los padres por encima de la del otro. Para ello es importante negociar pero también es importante fijarse en las necesidades del niño y tomar las decisiones sobre su educación en base a lo que vaya a resultar mejor y más adaptativo para el hijo, no necesariamente para los padres.

Es importante no perder de vista que es el niño quien llega a la vida de la pareja, y no al revés; lo que significa que el hijo puede ser integrado en la vida de pareja sin poner patas arriba todo su mundo y sin que el hijo pase a ser el único centro gravitatorio en base al que todo gira.

No existe pareja alguna que se haya construido sin haber superado, por el camino, más de una dificultad, y sin haber sorteado más de un diferencia. De hecho, cuando elegimos a la pareja, lo hacemos tanto por nuestras semejanzas como por nuestras diferencias; por lo que, al surgir nuevas discrepancias y nuevas realidades, no parece razonable esperar que éstas separen a la pareja por necesidad.

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