Benedetta Tagliabue: “Adoro los jardines selváticos”

Benedetta Tagliabue: “Adoro los jardines selváticos”

Esta arquitecta italiana, que ha hecho de Barcelona su hogar, triunfa como diseñadora de espacios verdes. Le proponemos el reto de hacerlo para cualquier tamaño.

Texto: Ana Sebastián. Fotos: Lander Larrañaga.
Benedetta Tagliabue

Dicen que la casa también es el espejo del alma. La de esta milanesa de nacimiento y barcelonesa de adopción es un edificio histórico en pleno casco antiguo de Barcelona, muy próximo al Borne, y en ella conviven en alegre camaradería los dos hijos adolescentes que tuvo con su marido –el también arquitecto Enric Miralles, fallecido hace diez años–, la boxer Tina, que después de olisquearnos decide tumbarse perezosamente al sol, y Pepe, un loro de color verde rabioso al que le gusta ver pasar las horas sobre el hombro izquierdo de Benedetta.
Las estancias, de techos altísimos y artesonados, están decoradas con un estilo ecléctico y muy personal, con estanterías repletas de libros y paredes forradas de cuadros y fotos. Sin duda, Benedetta es una mujer singular que reconoce la necesidad de tener cerca los objetos, las pinturas y los libros que le gustan para vivir de manera confortable.
Se formó entre las escuelas de Venecia y Nueva York antes de instalarse en Barcelona, donde en 1991 fundó, junto a Enric Miralles –“mi marido y mi maestro”, según sus propias palabras–, el estudio EMBT.
Tras la prematura muerte de Miralles, en 2000, Benedetta siguió al frente del negocio encarnando la excepción que confirma la regla: “Este es un mundo muy masculino. Somos pocas las que dirigimos un estudio de arquitectura”. La reforma del barcelonés mercado de Santa Caterina le valió, además del nombre de su hija pequeña, el Premio Nacional de Patrimonio Cultural, y en 2010 se hizo con el Premio Ciudad de Barcelona por su Pabellón Cesto, una rupturista y sensual construcción de mimbre que representó a España en la Expo de Shanghái.
El jardín es uno de los valores añadidos que se encuentran en su hogar.
Desde luego. Es un espacio lleno de magia. En 1800, su propietario acondicionó este rincón de 40 metros cuadrados como jardín. A mí me cautivó porque en pleno centro neurálgico de la ciudad, tener este reducto verde y silencioso es un verdadero lujo. Cuando llegamos estaba muy descuidado, hacía años que nadie se ocupaba de él y solo había una higuera y un melocotonero.
Y en esos pocos metros crearon una especie de Jardín del Paraíso.
Sí. A Enric y a mí nos gustaba mucho la idea de convertir este rincón en un espacio poblado de árboles frutales, ya que poder comer fruta recién cogida del árbol nos parecía muy sugerente y atractivo. No hay nada tan rico como una fruta nacida de un árbol cuidado por ti.
¿Qué pasos siguieron para ello?
Lo primero que hicimos fue añadir capas y capas de tierra, hasta conseguir un espesor de cinco metros. Fue como convertir ese espacio en un jarrón gigante. En cuanto empezamos a regar la tierra, la higuera, que era antiquísima, estalló y se puso preciosa. Empezó a dar higos sin parar y sus raíces se hicieron con el espacio hasta acabar con el antiguo melocotonero.
Y entonces plantaron más árboles.
Sí: perales, caquis y granados. Todos producen muchísima fruta, pero no tanta como la higuera. Hacemos pasteles y mermeladas con nuestra superproducción de higos. El caqui es el más complicado, ya que sus frutos crecen tan arriba que es difícil llegar a ellos, y cuando caen suelen estar tan maduros que estallan al chocar contra el suelo. Plantamos también unos magnolios que nos sirven como pantallas protectoras de los vecinos. Se han hecho enormes y dan unas flores blancas, muy bonitas y elegantes.
¿Cómo se adaptan los frutales a la ciudad?
Muy bien, ya que el estar en un jardín rodeado de casas por los cuatro costados crea un efecto invernadero, una especie de microclima muy benigno y protector. Lo más emocionante es ver crecer los árboles buscando la luz: sus troncos y ramas hacen curvas pronunciadísimas.
También hicieron una ampliación.
Sí. Creamos un segundo espacio verde, de 30 metros cuadrados, al que se accede por una escalera desde el Jardín del Paraíso. En la parte de arriba creamos un jardín tropical con plantas muy variadas. La idea nació en una época en que viajábamos mucho al Caribe. La vegetación allí es de una exuberancia extraordinaria y abundan las flores de colores fuertes y potentes, que a mí me encantan. En este jardín tropical tenemos palmeras plumero, plataneros, marquesas y una planta australiana muy simpática que da unas bolas redondas llenas de pinchos a modo de flores.
¿Cuál diría que es el elemento más singular de este jardín urbano?
El muro verde del espacio superior. Nos inspiramos en los jardines verticales de Patrick Blanc. Nosotros hicimos un muro casero, bastante grueso, y creamos unas bandejas de tierra que se van superponiendo y que permiten el crecimiento de una especie de selva tropical muy frondosa y decorativa.
¿Qué rutina de jardinería practica en su casa?
A mí me encanta disfrutar del jardín, vivirlo día a día, pero dirijo un estudio de arquitectura, cuido de mis hijos y de mi casa y cocino todo lo que puedo porque me encanta. Con todo esto, tengo poco tiempo para ocuparme de él. Por eso tengo riego automático y un jardinero que viene una vez al mes y lo mantiene. Lo que sí le pido es que conserve ese aire selvático y salvaje que se respira en él, porque es así como me gusta verlo.

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