Elvira Lindo

La escritora publica ‘Noches sin dormir’, un diario sentimental y sincero en el que se convierte en nuestra confidente y amiga.

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Dice Elvira Lindo que se ha pasado la vida sufriendo vergüenza: “Diplomada en nada, amateur en todo, me he sentido secretamente una más de la picaresca española”. Escritora, guionista, actriz, locutora, periodista y fotógrafa ocasional son algunos de los oficios que convergen en esta amante de la vida que confiesa que esta siempre se le va a quedar corta. Quizá por ello se ha convertido en una de sus mejores cronistas, como demuestra de nuevo en Noches sin dormir (Ed. Planeta), un diario sentimental sobre la ciudad de Nueva York, sobre sus gentes y sobre ella misma.
Dedicas el libro a tu padre, que “nunca me quiso tener lejos”. ¿Has heredado de él la pasión por conversar? ¿Y la de polemizar?
La de conversar sí, aunque él hablaba todo el tiempo y yo he aprendido a estar en silencio. La otra no. Él era muy discutidor y yo prefiero huir de la confrontación. Siempre trato de llegar a un acuerdo.  
Y te fuiste a Nueva York a vivir durante once años, una ciudad en la que hay días que desearías que te saludasen tus vecinos. ¿Llegaste a sentirte sola en algún momento?
Sí. También creo que se me quedó grabada una costumbre muy española que me inculcó mi padre. Él creía que había que partir el día, que lo que viniera antes o después podías vivirlo en soledad, pero que la comida debía hacerse acompañado. He tenido muchas comidas solitarias, pero la ciudad me ha cambiado. Creo que cuando aprendes a estar solo  ya no piensas en cómo te ves desde fuera o en cómo te ven los demás: disfrutas absolutamente de ese momento. Yo ahora tengo que viajar a Nueva York y estaré una semana sola, y voy a disfrutar de esos momentos porque ya sé convertirlos casi en unas vacaciones. También es cierto que me siento bien sola porque sé que estoy acompañada en la vida.
¿Cómo recuerdas tus primeros vagabundeos por esa gran ciudad?
Pues ahora creo que me resultaba falsamente familiar. Nueva York es una ciudad engañosa porque su cultura es tan universal que realmente tienes una especie de ilusión de que la conoces, y para nada es así.  Poco a poco me di cuenta de que hay muchas cosas que no percibes, como su sistema de valores, lo que para ellos realmente está bien o mal... Todo aquello que vas aprendiendo con el tiempo y que hace que tú estés en un lugar como ciudadano y no como turista, porque este último parece que tiene pasaporte para hacer un poco lo que le dé la gana.
Fruto de tu estancia en Nueva Yok surge este diario íntimo, ‘Noches sin dormir’. Intuyo que el compromiso de sinceridad que requiere este género no ha sido un problema para ti. ¿Me equivoco?
No, la verdad es que no. Es un ejercicio de sinceridad que no me cuesta porque creo que soy una persona sin trampa ni cartón, tal vez eso sea lo más peculiar en mí. Aunque me hubiera gustado profundizar más, forzar la maquinaria, pero soy una persona discreta y he querido que fuera sutil.
¿Habías escrito ya diarios antes? Me refiero a esos que guardamos en la intimidad.
De pequeña, pero es un género que aunque me gusta leerlo no me gusta mucho escribirlo. ¡Ya le doy muchas vueltas a la cabeza como para darle más vueltas a mi propia vida escribiendo! Este oficio es muy liberador, pero también es solitario e individualista: todo sucede en tu cabeza. Algo que a mí me ayuda mucho, por ejemplo, es mirar la vida, tener contacto con ella. Normalmente es de lo que escribo. Por eso este diario también es el diario de una persona que pasea, que observa a la gente, la ciudad... Más que otra cosa, soy una cronista.
Confiesas que rumias tus penas en silencio. De ellas no te gusta hablar, ¿verdad?
No. Creo que porque tengo un sentido muy acusado de la dignidad, y provocar pena es algo que no me gusta. También hay veces que no sé compartirlas. Puede que eso tenga que ver con mi infancia, con que soy la pequeña y me tocó el papel de niña alegre y lo he seguido de manera disciplinada. Sé que es una obediencia inconsciente, pero cuando estoy seria o tomo una posición grave, enseguida me siento incómoda y tengo que aligerar las cosas.
No me resisto a preguntarte si finalmente has encontrado una fórmula para apaciguar esa extraña melancolía infantil que a veces nos invade la víspera del lunes.
Pues creo que sí, y en parte esa melancolía la superé en Nueva York. Aprovechando que los domingos siempre ponían algún capítulo nuevo de las series que veía, como Mad men o Downton Abbey, preparaba cenas temáticas acordes con la serie. Ahora los domingos me gusta más hacer un plan casero, porque a veces deprime un poco ver cómo las calles se van quedando vacías. También procuro no entregarme al trabajo un domingo por la tarde, y eso es algo contra lo que lucho con mi marido, que por inercia lo acaba haciendo.
Ahora que hablas de Antonio Muñoz Molina, recuerdo la ternura que desprenden tus palabras cuando te refieres a él. ¿Qué es para ti, además de tu marido?
Creo que estar con una persona y quererla mucho es un milagro. Es una suerte encontrar a alguien que entienda tus peculiaridades y viceversa, y más aún seguir así a lo largo de los años. Nuestras vidas no han sido fáciles, pero siempre nos ha podido el amor que nos tenemos. Antonio es muchas cosas para mí, y él me necesita mucho, algo que me resulta muy agradable.

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