¿Por qué somos infieles en realidad?

Sabiendo lo duro que puede llegar a ser superar una traición, y a pesar de que la mayor parte de las veces las personas son infieles sin la intención de llegar nunca a romper con su pareja (o necesitando incluso de la estabilidad que esa relación les proporciona), ¿qué es lo que nos lleva a ser infieles?

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¿Por qué la infidelidad ha sido y seguirá siendo una conducta tan recurrente? ¿Es que no podemos ser sencillamente fieles?

Según los datos estadísticos de los que disponemos gracias al CIS, el 46% de los hombres y el 17% de las mujeres que en 2008 no tenían pareja reconocían haber protagonizado una historia de infidelidad en el pasado. El 50% de las personas que en el año 2008 estaban en pareja reconocían que, en esa u otra relación anterior, habían sido infieles. ¡El 50%! Has leído bien, y estas nada desdeñables cifras reflejan a los valientes que confiesan. Pero ambas sabemos que son muchas más las personas que, por el juicio social que conlleva, jamás se reconocerán infieles a pesar de haberlo sido.

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¿Por qué nos cuesta tanto mantener la fidelidad en pareja? Estos son los 4 tipos o perfiles de infidelidad que habitualmente se observan en terapia:

La infidelidad accidental. Casi siempre la mas fácil de entender o de perdonar, dentro de la gravedad que toda situación de este tipo conlleva para la pareja. Es más fácil de gestionar porque verdaderamente no existía un plan trazado para traicionar a la pareja ni se habían cultivado sentimientos previos hacia otra persona. En un estado de exaltación o de desinhibición asociados a unas circunstancias bien concretas la persona se deja llevar por un impulso que sin raciocinio de por medio le resulta incontenible. Aquí caen tanto hombres como mujeres, y también es la infidelidad que más a menudo se confiesa.

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La infidelidad en busca del eterno romanticismo. Esa que lleva a la persona a buscar el amor hasta debajo de las piedras. Es propia de un perfil enamoradizo que necesita de forma casi continua experimentar la sensación de tener mariposas en el estómago y el corazón encogido. Suelen ser personas que no han llegado a estabilizarse en relaciones de largo recorrido porque pasada la fase de enamoramiento no les resulta nada atractivo convivir al lado de quien no idealizan. En cuanto están dejando atrás el amor romántico con una pareja ya están buscando fuera la intensidad del siguiente flechazo. Aquí las mujeres -especialmente un perfil de mujer romántica y soñadora, inmadura y eternamente insatisfecha- suelen protagonizar alguna que otra historia más que los hombres.

La infidelidad por la conquista. La del rebelde sin causa justificada, la del que necesita sentirse vivo a través de las emociones que despierta en los demás, pero que acaba siendo egoísta, insincero y desconsiderado con quien tiene al lado. Y hablo en masculino porque este tipo de traición es mas frecuente en ellos. En este perfil se encuentran a menudo trazas de una personalidad tan narcisista como atractiva. El Don Juan refinado y habilidoso, con labia, que hace de la seducción una forma de vida. Por desgracia la conquista pierde valor cuando culmina y de manera casi adictiva el seductor explora y encuentra nuevos y apasionantes retos con los que alimentar su autoestima inflada.

La infidelidad derivada de arreglos conyugales. Matrimonios de conveniencia, parejas que han acordado no separarse de acuerdo a ciertas variables personales o convencionalismos sociales pero que, de facto, consideran que su pareja está rota. La infidelidad se convierte una especie de mecanismo tácito de supervivencia que no por obvio deja de ser hiriente para el otro. Por eso se respetan las formas y se cuida la discreción. El miedo a la soledad, las convicciones morales, el mantenimiento del patrimonio o las presiones familiares pueden conducir a una pareja a este tipo de situación que no está exenta de malestar y que rara vez es eternamente sostenible.

Ahora bien si te ha ocurrido a ti y estás planteándote cómo hacer para pasar por este duro varapalo, empieza por desterrar algunos falsos mitos sobre la infidelidad que a menudo nublan nuestro criterio cuando tenemos que enfrentarnos a ella. La infidelidad no es una conducta universal, ni es previsible o normal. No es esperable que ocurra al menos una vez en la vida, porque puede llevarse una vida absolutamente plena siendo fiel y consistente con las emociones propias.

La mayor parte de las veces la responsabilidad no la tiene solo el infiel, sino que la pareja en su conjunto ha permitido que se llegara a cierto nivel de deterioro a base de no resolver sus conflictos ni poner sobre la mesa sus necesidades.

Ser infiel no significa que se haya dejado de amar a la pareja o que se haya encontrado a alguien más atractivo. Pero sin duda la pareja en la que aflora una traición sexual o sentimental está avocada a la crisis que, en función de cómo se gestione, dará o no lugar a la separación.

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