Tu madre tiene un pasado (aunque te cueste admitirlo)

​Amantísimas, discretas, de sólidos principios y con un currículum intachable. Divertidas, lo justo. Ambiciosas, sin pasarse. Humanas, pero casi perfectas. Deseamos que nuestras progenitoras hayan tenido una existencia libre de episodios salvajes y, si no es así, que la oculten. ¿Para qué saberlo? Una historia que se repite de generación en generación... ¿sin remedio?

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Somos seis hermanos. Cuando nació la pequeña yo tenía 12 y el mayor 21. Recuerdo que me daba mucha vergüenza contar a mis amigas que mi madre, de 42, estaba embarazada. Entonces no sabía muy bien por qué, pero ahora creo que, consciente ya de que los niños no venían de París, era como admitir públicamente que mis padres, además de trabajar y criarnos, también eran una pareja. ¡Qué sacrilegio! Nunca he hablado sobre esto con otras hermanas, aunque tal vez ellas ya eran lo suficientemente adultas como para aceptar con naturalidad que los padres no solo no eran los Reyes, sino que tenían una vida paralela: un pasado, un presente y un futuro al margen de nosotros.

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Años más tarde, era fácil intuir que a mi hermana pequeña no le gustaba demasiado que su madre fuera tan mayor –en aquella época no era lo habitual–, ni que mucha gente creyera que su hermano era su padre. Solo deseaba tener una mamá como la de las demás, y eso suele incluir un ser neutro que ni siente ni padece, que siempre está feliz, que no lleva una mochila sobre los hombros, sea lo que sea lo que esta contenga. En definitiva, lo mismo que anhelaba yo.

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Tres décadas después mi progenitora, viuda y casi octogenaria, tiene novio. Qué alegría, ¿no? Sí, claro, él es encantador y se adoran, pero en el fondo la incógnita que me ronda la cabeza sigue siendo la misma que tanto tiempo atrás: "¿Acaso ella necesita otras cosas para ser feliz más allá de cuidar a su gran familia?". Ni siquiera me atrevo a formularla en alto, porque sé que es ridícula y se responde por sí sola, pero tengo que reconocer que en mi fuero interno persiste esa idea de que una madre es básicamente solo eso: una madre. O, al menos, que prefiero ignorar todo lo que no gira en torno a ese rol. ¿Egoísmo? Sin duda. Y otras cosas, supongo.

Sexo y rock & roll

El detonante de que vuelva a cuestionarme todo esto –lo cierto es que lo hago de vez en cuando– ha sido un reportaje que he escrito recientemente sobre Justin Trudeau. El primer ministro canadiense, el gobernante de moda, el político que parece una estrella del show business –atractivo, feminista, marido y padre ejemplar, solidario y divertido–, no tiene unos padres cualquiera. Él, Pierre Trudeau, primer ministro de Canadá durante 16 años y toda un mito en aquel país, tenía 51 y fama de playboy cuando se casó con su madre, Margaret Sinclair, hija de un ministro y un bellezón de solo 22. Juntos formaron una de las parejas más cool de la década de los setenta. Pero Margaret nunca se adaptó a las exigencias de ser primera dama –"Desde el primer día, un panel de vidrio fue suavemente colocado a mi alrededor, como si ya no pudiera estar expuesta a una luz intensa", escribió en sus memorias, tituladas Beyond reason ('más allá de la razón')–, y se entregó a los placeres del sexo, las drogas y el rock & roll. Sonados fueron sus idilios con el stone Ron Wood y el senador Ted Kennedy, y también sus desenfrenadas noches en la legendaria discoteca neoyorquina Studio 54 –con fotos comprometedoras incluidas–. El matrimonio se prolongó 13 años y tuvo tres hijos: Justin, Michel y Sacha. Al separarse, Pierre consiguió su custodia mientras Margaret, que volvió a casarse y divorciarse, luchaba contra el trastorno bipolar que ha padecido a lo largo de toda su vida y que se agravó con la pérdida de su hijo menor a causa de un alud.

¿DESDE CUÁNDO LAS MADRES TIENEN SECRETOS PARA SUS HIJOS?

Con semejante escenario, trato de imaginar lo que sintió el joven Trudeau con una madre, además de ausente, expuesta a los comentarios y las críticas de todo un país. Qué pasaría por su cabeza al contemplar cómo ella prefería pasearse por el lado salvaje de la vida que hacer lo que se espera de una madre, permanecer al lado de su prole: "Me dejó con la autoestima muy baja el comprobar que yo no había sido razón suficiente para que mi madre se quedara", revela Justin en el libro Common ground ('terreno común'): "Su salud mental se deterioró a medida que yo crecía, y hubo momentos en que sentí que debía cuidar de ella más que lo contrario", reconoce. Incluso, recuerda la escena que desencadenó una de las habituales crisis sentimentales de Margaret: "Entró en clase de gimnasia llorando y gritando: '¡Jimmy me ha abandonado!'. La consolé lo mejor que supe, la abracé, le di golpecitos en la espalda y le dije que las cosas mejorarían. Yo tenía 11 años".

Margaret Sinclair, la que fuera mujer del primer ministro de Canadá Pierre Trudeau (y madre del actual primer ministro del país, Justin Trudeau), escandalizó al mundo entero cuando se alejó de sus hijos y de su papel de primera dama para entregarse a los placeres de la vida.
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Pero parece que Trudeau, además de llegar a liderar el país, está en paz con su pasado: "Si su enfermedad hubiera sido física, y no mental, todos, incluidos su familia y sus amigos, hubieran sido más comprensivos con ella", afirma. Su madre es hoy una entregada abuela que dedica su vida a la divulgación de las enfermedades mentales.

Una doble vida

Es imposible no recordar la película Los puentes de Madison. Basada en la novela homónima de Robert James Waller, cuenta el romance que mantienen Francesca, un ama de casa italiana (Meryl Streep), y un fotógrafo de National Greographic (Clint Eastwood), durante el largo fin de semana que la familia de ella está ausente de la granja de Iowa. Tras la muerte de Francesca, sus dos hijos descubren, a través de cartas y revistas, el pasado de su madre. Fue un episodio inimaginable en la vida de una mujer aparentemente modélica que trataron de asumir con desconcierto e incredulidad. Porque ella ha sido infiel a su padre, sí, pero eso quizá no sea lo peor, sino aceptar que su madre tuvo que renunciar al amor por ellos, que era profundamente infeliz y que ocultó un secreto a quienes la rodeaban. Porque ¿desde cuándo las madres tienen secretos? ¿Desde cuándo pueden arrepentirse de algo? ¿Desde cuándo les está permitido tener una doble vida?

¿Y SI SUPIERAS QUE TU MADRE RENUNCIÓ AL AMOR DE SU VIDA POR TI?

Esto me recuerda una apasionante historia que me contó hace muchos años un compañero de la facultad. Un día su madre recibió una llamada telefónica de una chica que estaba preparando una tesis doctoral sobre el estraperlo durante la Guerra Civil y quería que ella le contara, de primera mano, la historia de su madre: "¿De dónde ha sacado su nombre? Creo que se está confundiendo: ella no tenía nada que ver con eso", le vino a decir la madre de mi amigo. Tras varias conversaciones, conoció con pelos y señales un capítulo en la vida de su progenitora que ella ignoraba. Esa señora dulce y aparentemente frágil fue en realidad una implacable estraperlista. Pero su hija lo aceptó sin rencor, sin juzgar, solo sorprendida. Al revés que una colega periodista que esperó diez años para contarme, a modo de confesión, que su madre se había metido monja en cuanto murió su padre. Una mezcla de rabia y vergüenza le había hecho ocultarlo. "¿Una madre monja? ¡Pero si es una contradicción!", recuerdo que me dijo. Y yo pensé que tenía razón.

En Los Puentes de Madison, protagonizada por Meryl Streep y Clint Eastwood, dos hijos descubren que su madre fue infiel a su padre y renunció al amor verdadero por ellos.

Como abducidas

Siempre me ha sorprendido que muchas de mis amigas estén obsesionadas con que sus hijos sepan lo menos posible de su pasado. Como yo soy la típica tía soltera, indisciplinada y con tendencia a irme de la lengua, ellos suelen bombardearme a preguntas: "¿Sacaba mamá buenas notas en el colegio?" "¿Ligaba mucho?" "¿Se portaba mal?" "¿Tuvo otros novios?" Son interrogatorios aparentemente inofensivos que ellas boicotean mirándome con cara de asesinas en serie y cambiando rápidamente de tema. Y, digo yo, una cosa es ser como el padre que interpreta Viggo Mortensen en la película Capitán fantástico (un anticapitalista convencido que cría a sus seis hijos aislados en el bosque y no duda en contarles, entre otras cosas, que su madre se suicidó), y otra que te empeñes en ocultar que copiabas en los exámenes o que estuviste a punto de casarte con otro. Como si hasta que ellos llegaran a este mundo tú hubieras vivido abducida en otro planeta.

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Reflexión mayor merece el caso del noruego Karl Ove Knausgård. Hace años, durante la Feria del Libro de Madrid, compré sin referencia alguna su libro Un hombre enamorado (Ed. Anagrama) exclusivamente atraída por la fotografía de la cubierta –solo más tarde supe que era un retrato del atractivo autor– y el sugerente título. Cuando lo terminé, tras dos días sin poder soltarlo, lo primero que pensé fue: "Supongo que Knausgård y su mujer se habrán separado nada más publicar el libro". Y lo segundo: "¿Qué pensarán los hijos cuando lean lo que su padre cuenta de su madre en este libro?". Porque a lo largo de 640 páginas, Knausgård narra con pelos y señales la relación entre ellos dos: cómo se conocieron, enamoraron y pelearon –incluidos episodios sobre su vida íntima y la frágil estabilidad de la madre–, y en la que él, por supuesto, sale bastante mejor parado. Y respecto a la primera pregunta, sí, Karl Ove y Linda siguen juntos y han tenido un cuarto hijo. En cuanto a la segunda, media familia del escritor le ha retirado la palabra pero habrá que esperar a que los niños puedan leer esta 'egografía' para saber hasta dónde llega la onda expansiva.

UNA MADRE QUE NO SE AJUSTA AL GUIÓN PUEDE SER EXCITANTE, SI NO ES LA TUYA

Un hombre enamorado y los otros tres volúmenes que completan la tetralogía se han convertido en un fenómeno editorial mundial. Como Nada se opone a la noche (Ed. Anagrama) en la que la francesa Delphine de Vigan narra su experiencia junto a una progenitora deslumbrante, o Tú no eres como otras madres (Ed. Periférica), de la alemana Angelika Schrobsdorff, que reconstruye la existencia de su inconformista madre, una mujer adelantada a su tiempo que cumplió las dos promesas que se hizo a sí misma cuando era joven: vivir la vida intensamente y tener un hijo con cada hombre al que amara. Tuvo tres. Y no desvelaré nada más. Porque tener una madre que prefiere improvisar en vez de ajustarse al guión establecido puede ser muy excitante. Sobre todo, por qué negarlo, cuando no es la tuya.

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