"La ambición es el reflejo del ego del escritor, pero también la medida de su valentía”

Alessandro Mari es un novel que se ha convertido en la revelación del año con su primer libro, “Tan humana esperanza”. Con su opera prima no solo ha conseguido el reconocimiento de crítica y lectores, además ha obtenido tres premios, entre los que destaca el Viareggio.

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Una novela épica que nos trasladas a la primera mitad del siglo XIX para narrarnos las aventuras de cuatro jóvenes que persiguen su ideal de un mundo mejor.
¿Cómo te sientes al ser la revelación literaria del año en tu país?
El éxito siempre es halagador, pero me hace feliz especialmente porque “Tan humana esperanza” es un acto de amor por la novela como forma de expresión y un acto de confianza de aquellos lectores que, a pesar del ritmo frenético de nuestros días,  quieren historias de peso, que requieren tiempo y que, después de haber leído la última página te dejan cierta nostalgia. Es abrumador que tanta gente quiera saber lo que tienes que decirles y te den lo más valioso que tienen, que es su tiempo.

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Para ser una opera prima es una novela muy ambiciosa, ¿imagino que no habrá sido fácil abordarla?
Como lector siempre me han gustado los trabajos más ambiciosos. La obra narrativa de lo que es lo más importante: la imaginación y las habilidades de cada uno en el ámbito emocional y sentimental. Los maestros que admiro, de Ernesto Sábato a Charles Dickens, Alejandro Dumas, de José Saramago a Salman Rushdie o Maurizio Maggiani, son todos autores ambiciosos. Escribían desafiándose a sí mismos, no conformándose con derivar sus historias de un imaginario ya existente: lo construían de nuevo escribiendo. Los hijos de la medianoche ¿no es un debut ambicioso? Sobre héroes y tumbas, ¿no es audaz? ¿Y El Evangelio según Jesucristo?
La ambición es el reflejo del ego del escritor, pero también la medida de su valentía: es indicativo de cuán profunda quieren que sea su impronta en el imaginario y la memoria colectivos. Así que, sí, Tan humana esperanza es ambicioso y no ha sido fácil llevar a  cabo su escritura sin perder nunca el coraje necesario.
¿De dónde viene la idea de escribir esta historia ambientada en la primera mitad del siglo XIX?
Sobretodo la escribí por saldar una deuda con mi abuelo, quien me regaló la misteriosa fascinación por las historias con el poder de sus relatos orales. Cuando era niño le escuchaba contar su Segunda Guerra Mundial, hablar de las peladuras de patata para calmar el hambre y de los ideales, de los amores clandestinos, de la risa de los muchachos obligados a hacerse hombres dolorosamente… Él, un genio iletrado, me enseñó el gusto tan humano por la narración de historias empáticas, memorables.

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En tu historia recreas a ciertos personajes históricos, como Garibaldi, ¿es más fácil crear un personaje de cero o ‘novelar’ una vida real?
Si por facilidad entendemos la exaltación que un escritor puede tener ante una idea, ante una “masa de materia”, diría que  da lo mismo.  Personajes históricos como Garibaldi, aunque bien conocido, sufren de la retórica de la celebración y el polvo del tiempo. Los conocemos como fetiches, estatuas, pero para que vivan en una novela hay que restituirles su ser en carne y hueso, con sus sentimientos, sus torturas y sus maravillas. La operación es la misma que cuando se crea un personaje de ficción, con la salvedad de que la trayectoria de un personaje totalmente inventado viene determinada por el escritor y la de Garibaldi ya está delineada, así que el desarrollo de la novela debe adaptarse para acogerla. En Tan humana esperanza Garibaldi, Colombino el huérfano, o el mulo Astolfo son tratados como iguales porque están hechos de la misma materia: la carne de la imaginación.
De los cuatro personajes principales —Colombino, el campesino huérfano y enamorado; Leda, la fugitiva de un convento reclutada como espía; Lisander, el pintor deslumbrado por el nuevo arte de la fotografía, y Giuseppe Garibaldi—, ¿con cual se queda y por qué?
Con Colombino. Es él, este idiota, el alma de la novela. Dentro de él habita el más brillante ingenio y la terquedad de la juventud. Él es la voz más aguda, el grito que habla. La encarnación de un sueño. Su odisea es la historia de cómo su ejemplar obstinación, movida por un sentimiento de autenticidad, es una fuerza que puede sacudir el mundo.
Hay quien asegura que al leer su novela ha recordado “El Gatopardo”, ¿qué opina usted de esto?
La crítica me ha adjudicado padres putativos ilustres: de Alessandro Manzoni, cabeza visible de la novela histórica italiana, a Tomasi de Lampedusa, porque “El Gatopardo” fue la primera obra narrativa que se enfrentó brillantemente a un periodo tormentoso como el Renacimiento italiano. Sin embargo no contiene esa “providencia” católica de Manzini y en sus páginas no hallan lugar ni el desencanto ni la resignación. Repito:  mi novela es un canto a la juventud, al “sentido común de la carne”, a la justicia de hacerse con el propio futuro. Me inspiré en la literatura latinoamericana y en algunos maestros en lengua inglesa como Don DeLillo y Thomas Pynchon. Pero soy italiano y “El Gatopardo” forma parte de mi ADN. De hecho, fue mi mismo editor quien lo publicó 50 años antes del mío.