"Superar un ictus ha sido una lección de vida"

La actriz ofrece una valiosa lección de coraje y optimismo en ‘Todo un viaje’, el libro en el que cuenta cómo va superando las secuelas de su accidente cerebral.

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La vida de Silvia Abascal dio un giro de 180 grados el 2 de abril de 2011: momentos antes de celebrarse la gala de clausura del festival de cine de Málaga, ella estaba lista para salir a escena.
En aquella noche fatídica la actriz sufrió un infarto cerebral que durante casi un año la ha obligado a aprender a caminar, a coordinar sus movimientos, a seguir un objeto con la mirada... “Desaprender tantas lecciones es un trago; la posibilidad de continuar en el aprendizaje, un banquete”.
La recuperación y su vida desde aquel día hasta ahora es lo que ha decidido narrar en Todo un viaje, un libro que le ha servido para reflexionar y profundizar en una experiencia dura y a la vez enriquecedora. Pero Silvia es una mujer con empuje, fuerte y, sobre todo, valiente, así que fue incapaz de rendirse y luchó contra las secuelas del ictus. Por algo sus amigos la llaman ‘leona’, aunque ese carácter, asegura, “es herencia materna”. Afortunadamente, además de a su madre y a sus hermanos, Silvia tenía junto a ella a ‘Verdes’, como llama a su pareja, el fotógrafo Rubén Martín: “Él es el mejor de los compañeros que puedo soñar a la hora de emprender un ‘viaje’... el que sea”. 

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Y así pasó todo

“Estaba de pie, junto al maquillador que me había arreglado para la gala, y sentí un tremendo latigazo, desde los oídos hasta el mismo centro de la cabeza. No fui capaz de expresar nada. Sentí como si me inyectaran amoniaco en los oídos”, explica. En ese momento llegó Miguel Ángel Silvestre, pero ella no podía entender nada de lo que le decía: “Había desconectado por completo. Únicamente pensaba en una cosa: ¿Qué me está pasando?”. 

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El horror de aquel sufrimiento quedó reflejado en una imagen: ella tumbada en el suelo en posición fetal e incapaz de controlar el movimiento de sus brazos. Hasta que llegó la ambulancia.

Tengo que hablar contigo
Con estas palabras, que le dijo uno de los médicos que la trataron, comienza el viaje de Silvia. Había sufrido un ictus. ¿Por qué? A consecuencia de una malformación vascular congénita cerebral. A partir de ahí, comenzó a informarse de qué era aquello y qué suponía para su vida. “Disfruté muchísimo con el libro Un ataque de lucidez, de Jill B. Taylor. Es toda una historia de superación”. Justo lo que ella necesitaba en ese momento. “Siento que el regodeo en la desdicha genera solo atracción y permanencia en el malestar. La adversidad puede hacernos crecer o puede hundirnos, pero todas las onomatopeyas que hay entre medias prefiero evitarlas”, afirma.

Tras una complicada cirugía en el hospital Gregorio Marañón de Madrid, comenzó un proceso de rehabilitación para recuperar la audición y normalizarla, caminar y mantener el equilibrio, coordinar movimientos en los que jamás hemos reparado porque son automáticos, y dejar de ver doble o de escuchar ruidos dentro de la cabeza.  

Una travesía de casi un año en la que hubo días peores y mejores, pero Silvia confiesa que “ninguno de ellos lo he vivido desde el dolor emocional”. Se negaba a entrar en el bucle del ‘¿por qué me ha pasado esto a mí?’, así que decidió alimentar su mente solo con todas aquellas cosas que la hicieran sentir bien, que le dieran fuerzas y, sobre todo, ganas para seguir adelante: “Me hice con la mejor de las tiendas de campaña para el optimismo”.

Revelaciones
En un viaje como este hay mucho tiempo para pensar en lo que tenemos, en lo que de verdad es importante, en la de veces que perdemos el tiempo con asuntos banales. Una de las cosas más importantes que ha descubierto Silvia es que se le da bien querer a los demás: “Si me detengo a reflexionar se me hace evidente que mis momentos plenos de felicidad pasan por lo vivido y compartido con personas. Las películas y los premios no permanecen conmigo. En momentos como este, me ayudan y me alimentan las personas”.
Aún sigue en rehabilitación (para normalizar su sentido del oído), pero han pasado aquellos días en los que compartía solamente una meta con otros pacientes: recuperar su normalidad.
 “Por complejo que pueda resultar afrontar y vivir una enfermedad grave, no solo podemos superarla: también podemos rescatar de ella toda una lección de vida”, concluye.

“Miguel Ángel Silvestre activaba mi confianza”

El 19 de febrero de 2012 Silvia regresaba a los escenarios para presentar el galardón al Mejor Actor de Reparto en los premios Goya. Lo mejor, lo hizo junto a su gran amigo Miguel Ángel Silvestre, “un ser empático superior”.

Fue frente a él cuando sintió los primeros síntomas del ictus y sería junto a él cuando reaparecería ante el público. Y eso activaba toda su confianza: “Miguel posee el don, el sentimiento y la capacidad de situarse de un modo instintivo en la dificultad y necesidad de aquel a quien acompaña. Por este motivo, la decisión de entregar el premio con él fue para mí la garantía de un soplo de aire a favor. Sabía que para comunicarnos solo tendríamos que mirarnos a los ojos”.
Esa noche, Silvia recibió uno de los aplausos con más amor que jamás le hayan dado. Fue una noche “bella, mágica y significativa”.