Cuando las firmas de moda y el arte se dan la mano (y nos enamoran...)

Tras ver sus logos copiados hasta la saciedad, las marcas han encontrado en la colaboración con artistas el valor de la exclusividad. 
Una ola arty sacude las tendencias ¡y nos encanta!

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Creo que estos bolsos son arte, y espero que quienes los vean puedan sentir esa conexión". Así hablaba el artista Jeff Koons, el mediático creador de obras como el perro Puppy del Guggenheim de Bilbao, sobre su colaboración con Louis Vuitton. Se trata de Masters, el segundo trabajo que hace para la marca francesa homenajeando a los grandes maestros de la pintura.

Los lienzos de artistas como Manet, Monet o Turner se dan cita en las piezas más icónicas de la maison. Koons los interpreta en forma de bolsos y les impregna su sello más personal con pequeños símbolos de su universo creativo. El estadounidense vuelve a reconfigurar el emblemático monograma de la marca y su propia firma. Un hito histórico, ya que nunca se había concedido esta licencia a ningún otro artista. Además, incluye en cada uno de estos diseños un charm en honor a una de sus obras más exitosas, el conejo hinchable. Un guiño que se repite por los escaparates de las boutiques de medio mundo en las que se venden estas singulares y espectaculares obras de arte.

Imagen de la campaña 0/1 de Delpozo, trabajo de los fotógrafos Flip Custic y Kito Muñoz.
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No ha sido el único. Prada ha acudido al mundo de la ilustración en sus dos últimas colecciones. El pasado febrero revisitó las portadas de novelas de bolsillo de los años sesenta, diseñadas por el artista Robert E. McGuinis, creador del póster de la película Desayuno con diamantes. La colección mostraba a mujeres sofisticadas y llenas de fuerza. Un homenaje al mundo femenino que quiso enfatizar en su último desfile, celebrado el pasado mes de septiembre en Milán. Cómics con marcado acento femenista llenaron abrigos, faldas, vestidos y hasta bolsos. Detrás, ocho ilustradoras. Entre ellas, la española, Emma Ríos, quien ha trabajado en varios cómics de Marvel.

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Reaccionando a las copias

Pero ¿por qué las marcas han empezado a abrazar esta fórmula? ¿Y por qué nos enloquece vestir arte? "Para las firmas de lujo es una buena forma de posicionarse. Han sido reproducidas y falsificadas hasta la saciedad. Ahora buscan devolver al consumidor ese alto estatus que tanto codician", asegura Pilar Pasamontes, directora científica de Moda del IED de Barcelona (Istituto Europeo di Design). Tras unas décadas sumergidos en el imperio del logo, el comprador busca nuevas formas de diferenciarse: "Ya no compras el clásico Vuitton para ser alguien, sino porque estás inviertiendo en un bolso hecho por un artista". "Hay una supervaloración del cambio y la novedad. Lo anterior siempre tiene que ser superado", añade Juan Gutiérrez, responsable de indumentaria contemporánea del Museo del Traje de Madrid. El arte se ha convertido en una forma de dar valor añadido y, sin embargo, esta es una relación que lleva muchos años fraguándose.

Bolso de Louis Vuitton diseñado por el artista Jeff Koons para su segunda colaboración 'Masters'

Pese a que las conexiones entre ambos mundos pueden remontarse lejos, el punto de inflexión lo marcó la artista de origen ruso Sonia Delaunay: "Sonia establece una especie de paradigma de forma totalmente insconsciente. Equilibra la relación entre estos dos mundos", señala Gutiérrez.

Para Delaunay no había fronteras entre lienzo, vestido, zapatos o mantas para el hogar. De hecho, muchas de sus obras están relacionadas entre sí. La casualidad y el auge de las vanguardias hicieron que fuese coetánea de otra de las precursoras. Hablamos de Elsa Schiaparelli, enemiga acérrima de Gabrielle Chanel. Esta diseñadora italiana dejó importantes legados. Entre otros, un imponente vestido blanco con una langosta dibujada que diseñó junto a Salvador Dalí en 1934, un hito, porque era la primera vez que se introducía en un vestido un elemento completamente ajeno a los habituales bordados y florituras.

Una de las últimas propuestas vistas en los desfiles de Prada
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Con la llegada de los sesenta y el soplo de aire fresco del pop art, las fronteras se fueron difuminado. Los artistas y modistos se movían en los mismos círculos y no resulta extraño que las latas de Campbell coparan algunos de los diseños más variopintos. Y es que grandes casas como Dior, Versace o Moschino no han podido resistir la tentación de hacer su particular guiño warholiano. Calvin Klein presentó su primera colección inspirada en el artista el pasado septiembre y ahora acaba de anunciar una colaboración con The Andy Warhol Foundation for Visual Arts, lo que incluye absoluta libertad para utilizar sus obras en futuras colecciones: "Estoy segura de que si Warhol levantara la cabeza diría: '¡Basta!'", bromea Pilar Pasamontes. Estos explosivos sesenta fueron también testigo del nacimiento del famoso vestido Mondrian, creado por Yves Saint Laurent e inspirado en el cuadro Tableu II del pintor neerlandés.

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Los zapatos de McQueen

De lo que no hay duda es de que todas las disciplinas han influido en la moda. La arquitectura ha dado incuestionables obras de arte, como demuestran los famosos zapatos Armadillo de McQueen, que vistió en su día Lady Gaga, o los Nova de Zaha Hadid para United Nude. Eso sin olvidar los volúmenes que han coronado la obra de diseñadores patrios como Amaya Arzuaga o Agatha Ruiz de la Prada.

No obstante, si hay un arte por el que se ha sentido atraído el universo fashionista en los últimos tiempos es la pintura. Su facilidad de reproducción y su idoneidad para hacer infinidad de prints la convierten en el blanco perfecto. Desde el mundo artístico se miran con recelo este tipo de prácticas: "Estampar de esa manera no es ni mucho menos un homenaje al artista porque no se traslada su idea, sino la superficie. Es, sencillamente, lo más fácil", defiende Javier Lozano, artista y profesor del Centro Superior de Diseño de Moda de Madrid. De lo que no le cabe duda es que hay disciplinas como la fotografía o el cine que han dado lo mejor de sí en esta relación. La moda se ha retroalimentado tanto con el séptimo arte que no podemos borrar de nuestro imaginario "la rebeca de Hitchcok, el vestido negro de Gilda o los pantalones masculinos de Annie Hall", recuerda Pasamontes. A día de hoy, los cada vez más populares fashion films se han convertido en una moderna forma de videoarte que saca lo mejor de ambos mundos. Gucci sorprendía a principio de temporada con un corto donde se lucían las prendas de la nueva colección en un cuidado y divertido homenaje a la famosa saga de Star Trek.

Otra de las propuestas de Prada que hemos visto en las pasarelas recientemente

La fotografía, por su parte, ha ayudado a sacar el lado más artístico de la moda. Editoriales de prensa y publicidad firmados por fotógrafos como Eugenio Recuenco o Manuel Outumuro han entrado con fuerza en los museos de todo el mundo.

Y llegados a este punto cabe preguntarnos si el arte se ha visto igualmente influido por la moda. "Yo creo que no hay viceversa", sentencia Pasamontes. Sin embargo, como advierte Lozano, hay interesantes encuentros que se remontan a los años cincuenta y seesenta, con la irrupción de las mujeres en el arte. Después de haber sido relegadas a lo socialmente aceptado como femenino, utilizaron elementos como el croché o los stiletto para sus obras más combativas.

Furor en el museo

Desde hace algunos años las exposiciones de moda han tomado los museos. El pasado mes de octubre el MoMA (Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York) sorprendía a todos con la segunda exposición de esta temática en la historia del museo, Items: Is Fashion Modern? Una exhibición que se producía casi al mismo tiempo de que París y Marrakech acogiesen sendas muestras sobre el legado de YSL: "Este boom comenzó hace unos 15-20 años, pero se ha acelerado. Los museos están utilizando la moda como un arma comercial que atrae a muchos visitantes", señala Gutiérrez. Así lo demostró Savage Beauty, la muestra que el MET (Museo Metropolitano de Nueva York) dedicó en 2011 al fallecido diseñador Alexander McQueen. El evento causó auténtico furor, batiendo récords y convirtiéndose en la octava exposición más vista de todo el museo. Archiconocida y millonaria es la gala anual que organiza el MET coincidiendo con la apertura de cada nueva exhibición de moda. Un triunfo que no hubiese sido posible sin el trabajo pionero de Diane Vreeland, exeditora de Harper's Bazaar y Vogue, quien en los años setenta hizo una importante labor de comisariado para abrir los museos a este campo de la creación.

Un acto de vanidad

La labor de Vreeland no fue del todo sencilla debido al eterno debate que ha suscitado siempre esta cuestión: ¿la moda es o no es arte? La conclusión más clara es que no hay consenso. Coco Chanel fue una fiel defensora de separar ambos conceptos: "La moda no es un arte, es un oficio". Por otra parte, diseñadores como Viktor&Rolf han sido siempre señalados por la etiqueta de artistas. Ellos mismos reinvindican esta idea en sus desfiles. De hecho, en febrero de 2015 anunciaban su decisión de abandonar el prét-a-porter y centrarse en la alta costura con un objetivo claro: "Es en ese segmento donde están nuestras raíces, lejos del calendario de pasarelas, y donde los textiles funcionan como un vehículo de expresión artística". Ese mismo año sorprendieron con un desfile que intentaba borrar abiertamente estas fronteras. Las modelos lucían lienzos y se mimetizaban en su marcha con las distintas obras expuestas en el fondo de pasarela.

Sin embargo, este intento por reivindicar su papel de artista no es más que "un acto de vanidad y una manera de superar esa frivolidad que se ha asociado habitualmente a la moda", aduce Pilar Pasamontes. Pero quizás sea una cuestión mucho más ligada a una tradición cultural. De hecho, este debate no tiene cabida en Japón. En su cultura no hay jerarquías artísticas: el ceramista tiene el mismo valor que el pintor y que el creador de moda. Todo es arte para ellos. Y lo cierto es que a nosotros también nos cuesta desprender de esa faceta artística a diseñadores como Rei Kawakubo (Comme des Garçons), Issey Miyake o Kenzo. ¿O no?

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