Carmen Halffter y Victoria Rodríguez: dos diseñadoras valientes que decidieron cambiar de planes (y acertaron en su decisión)

Todos los días tomamos decisiones, la mayoría dentro de nuestra zona de confort, pero ¿qué pasa cuando vamos más allá? Estas dos diseñadoras nos cuentan cómo vivieron sus momentos más trascendentales y supieron sacarles ventaja.

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Sabes cómo se llama técnicamente cuando un ordenador se queda pensando y no avanza (ni retrocede)? Parálisis del análisis. Y ese es precisamente el término que se utiliza también en psicología cuando una persona se queda inmovilizada en la fase de reflexión y nunca llega a tomar una determinación. Porque tan peligroso es tomarse ciertos asuntos a la ligera como darle a todo demasiada importancia.

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La periodista y empresaria Suzy Welch se ha hecho famosa gracias a su fórmula 10-10-10 para tomar buenas decisiones. La idea se le ocurrió cuando tuvo que compaginar su faceta como empresaria de éxito y la de madre de cuatro hijos. "¿Voy a un evento social o me quedo en casa descansando?". Antes de decantarnos por una opción, Welch propone que pasemos el filtro del tiempo. Si me voy al evento, ¿me sentiré mal en los próximos 10 minutos? ¿Me repercutirá en los siguientes 10 meses? ¿Me acordaré dentro de 10 años?

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Ocurre que nuestra mente tiende a exagerar los dilemas. En muchos casos, las opciones son claras, pero no siempre. Hay momentos clave en que, bien porque lo hemos buscado, bien porque ha venido así, tenemos que reajustar nuestros planes y salir de la zona de confort.

Y no es malo. Tenemos que dejar de ir siempre con el piloto automático y atrevernos con nuevos retos y experiencias. "Pagamos un precio muy alto por nuestro fracasos y es un obstáculo enorme en nuestro crecimiento", asegura John Gardner en su libro, Auto-renovación. "Esto provoca que nuestra personalidad no se desarrolle y no permita la exploración y la experimentación. No hay aprendizaje sin dificultad".

Salir de la zona de confort es complicado por su propia definición, aunque también aporta muchas cosas buenas. Un estudio publicado en Applied Cognitive Psychology analizó a un grupo de estudiantes que había pasado un semestre fuera de su país. Los resultados mostraron que obtuvieron una puntuación más alta en diferentes ejercicios de creatividad, superior a la que habían demostrado antes y a la de otros jóvenes que no habían pasado esa experiencia.

Superar una situación de estrés nos hace más fuertes. Sentir nervios es algo natural, en vez de llamarlo 'inseguridad' puedes llamarlo 'emoción'. Lo lógico será que busques mil excusas para no hacerlo: "Mi vida está bien como está", "Para qué me voy a meter en ese lío", "Ya soy demasiado mayor". Es solo miedo. Las resoluciones arriesgadas no tienen que ver con la edad. Piensa que, según Forbes, la edad promedio de las personas más poderosas del mundo es 61 años. Personas que están siempre tomando grandes decisiones y explorando los límites de la zona de confort. ¿Por qué no atreverse a soñar con otra vida o a mejorar la que tienes?

Carmen Halffter, diseñadora de moda nupcial

"Cuando nació Sergio decidí convertir una casa en mi taller y en mi hogar"

Aprendió junto a Felipe Varela, presentó sus propias colecciones encima de la pasarela y tuvo un gran showroom cerca del Museo del Prado. Trabajaba de diez a diez y nunca pensó que pudiera vivir lejos del centro de Madrid. Pero cuando Carmen Halffter decidió que sería madre soltera ya sospechaba que le iba a tocar adaptarse a lo que se le venía encima: "Con el embarazo cambiaron muchas prioridades, y la primera era la que estaba en mi vientre. Si te quedas embarazada sin tener pareja y has de sacarlo todo adelante, tienes que replantearte tu vida. De hecho no tenía ni coche: me saqué el carné de conducir embarazada de siete meses".

Lo hizo poco a poco. Primero comenzó buscando un taller justo enfrente de donde vivía porque quería pasar todo el tiempo posible con su hijo. "Cogía las medidas a una novia y un minuto después estaba dándole el pecho a Sergio, todo el día de arriba para abajo". Cuando el pequeño comenzó a ir al colegio lejos del centro, se mudó a su primera casa en las afueras "para facilitarle a él su vida y ser yo la que se moviese", pero entre trayecto y trayecto se dio cuenta de que no le daba la vida. "Coincidió con un exceso de trabajo durante dos años seguidos que incluso puso en riesgo mi salud. Los grandes salones de mi showroom impresionaban a las clientas, pero estaban acabando conmigo".

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Y encontró una tercera vía: buscar una casa que le sirviera para vivir con su hijo, pero que también fuera un buen sitio para tener un taller de costura. "Lo hice por mi cuenta, sin consultar a nadie, porque al final todo el mundo te da consejos pero tienes que buscar dentro de ti lo que realmente quieres. Me puse a buscar en los portales de alquiler y la primera vivienda que vi resultó ser la elegida".

Ahora vive y trabaja en Pozuelo de Alarcón (Orlando Agudo, 32) y hasta ahí van sus clientas a hacer el vestido de su gran día. "El trato es completamente diferente, mucho más familiar. A mí siempre me ha gustado recibir a la gente, y ahora soy la anfitriona de mis novias, mis madrinas… nos tomamos un café y hablamos como si estuviéramos en el salón de casa, porque en realidad es donde estamos".

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Donde nace la moda

Las grandes casas de moda siempre lo han hecho así. De ahí viene su nombre, de hecho. De Fortuny a Lanvin, los grandes diseñadores recibían a sus fieles en sus maisons, donde, además de tomar medidas, organizaban desfiles y servían de puntos de encuentro de la alta sociedad. Entrar en esas casas era una experiencia única que completaba el maravilloso proceso de hacerse un vestido de noche o un traje de cóctel.

En esas casas de moda trabajaban cientos de empleados, desde patronistas a costureras o modelos. En la casa-taller de Carmen Halffter son tan solo seis personas. "Para mi equipo fue un cambio complicado. De repente, dejas de trabajar en el centro de Madrid y te tienes que trasladar todos los días a Pozuelo a trabajar en casa de tu jefa. Está claro que es un shock. Cuando llegaron y vieron que la rutina era más sencilla, ya empezaron a sentirse más a gusto. En primavera, si hace un día bonito, salimos a comer al jardín, y la verdad es que es un auténtico placer".

También Sergio ha tenido que aprender a vivir con el equipo de mamá. "Al principio fue el que más sufrió el cambio, pero es un niño muy bueno y ahora me ayuda mucho. Hay sábados en los que tengo que trabajar y él se queda jugando con unos amigos o va a clase de piano (Carmen es sobrina del compositor Cristóbal Halffter). Siempre tengo el control y no esa sensación de que si estás en casa desatiendes tu taller y si estás en el trabajo no pasas tiempo con tu familia".

En cambio constante

Carmen descubrió su amor por la moda viendo cómo su abuela se hacía maravillosos vestidos de fiesta con los mejores modistos de la época. La ilusión infantil se convirtió en su trabajo, por el que ha luchado, y en el que se ve siempre. "Cuando sufrí esa crisis de estrés sí que llegué a pensar: "¿Y si me dedico a otra cosa?". Con el tiempo me he dado cuenta de que no hubiera podido, que en realidad la pregunta que debía hacerme era otra: "¿Qué puedo hacer para seguir con mi pasión en esta nueva situación que se me presenta?'".

"Ahora mismo me gusta cómo está mi negocio. No siento que haya renunciado a mi carrera. Al contrario, mi trabajo y mi dedicación son los mismos, mis ideas de moda se mantienen y ahora tengo la tranquilidad necesaria para plasmarlas. No me compensa tener que hacer 150 vestidos al año. Con 60 vivo fenomenal".

¿Volvería a cambiarlo todo? "No lo descarto. De hecho, me gustaría vivir fuera un tiempo junto con mi hijo, dentro de unos años". Carmen mantiene intactas sus ilusiones como diseñadora, está pensando en nuevas líneas de negocio y no descarta hacer que su marca crezca en el sector nupcial. Siempre con Sergio a su lado como fiel escudero.

"He aprendido que no hay grandes errores. Las cosas se hacen como crees que es mejor en ese momento. No hay que lamentarse con lo que pudieras haber hecho, hay que tirar siempre adelante y disfrutar del presente".

Victoria Rodríguez, diseñadora de joyas

"Pensaba que solo me quedaba jubilarme y ahora quiero comerme el mundo"

Quizás no sea de buen gusto comenzar a hablar de alguien citando su edad, pero la propia Victoria Rodríguez nos ha dado permiso para decir que tiene 57 años y que hace tan solo dos años cambió su vida por completo. El mejor ejemplo de que nunca es tarde. "Estaba apalancada en mi puesto como asesora jurídica en una de las principales inmobiliarias de Europa. Tenía un buen sueldo, una vida muy tranquila, con mis hijos ya mayores... y de repente las joyas se cruzaron en mi camino".

No había tradición familiar, ni una afición especial por las manualidades: la casualidad hizo de las suyas. "Dejé de ir a trabajar por las tardes y me puse con mi hija a hacer pulseritas que vendíamos en la piscina de la urbanización, sin más. A la gente le empezaron a gustar y cada vez vendíamos más. Con el primer dinero que ganamos nos fuimos las dos juntas a Londres. El siguiente objetivo era ganar lo suficiente para irnos a Nueva York y también lo conseguimos".

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Lo dice con una gran sonrisa y con la maleta preparada para irse a Las Vegas, donde le espera una nueva feria de bisutería para mostrar los diseños de Kolokoline. "No paro de viajar, no paro de trabajar. Vendo en México, en Costa Rica, en Puerto Rico, en Chile, en Panamá y tengo representación en todo Estados Unidos. Tengo 150 puntos de venta en toda España y ahora mi reto es Europa: quiero exponer en Milán y vender en Francia".

"Esto no ha sido una decisión premeditada: ha sido 100 % casual, pero he puesto toda mi energía, toda mi ilusión y he tenido el apoyo total de mi familia", nos cuenta Victoria.

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Comerse el mundo

Kolokoline son piezas de bisutería de alta gama, sobre todo collares de gran tamaño cuya peculiaridad es que se pueden 'colocar' de infinidad de maneras (y de ahí su nombre), para así tener una joya diferente en cada ocasión.

La primera vez que presentó su firma en Bisutex, la feria de bisutería española, "casi muero de éxito: lo vendimos todo. Ahí es donde me di cuenta de que no podía compaginar mi trabajo con esto. Con el apoyo de mi marido y de toda mi familia me decidí y conseguí salir de mi zona de confort".

Ahora no para ni un segundo. "Cada año saco 80 modelos diferentes, 40 en primavera-verano y otros 40 en otoño-invierno, y sé que son muchos, pero no puedo guardarme nada, no vaya a ser que pase algo y se queden ahí. El diseño me da mucha vida. Como yo digo, es lo que 'me mueve los líquidos'", comenta la empresaria desde su taller.

Su discurso no puede ser más entusiasta, y es que asegura que la decisión que tomó hace dos años "me ha rejuvenecido por completo. A veces no me creo la suerte que tengo. Estaba convencida de que a mi edad ya lo tenía todo hecho y lo único que me quedaba era jubilarme en la empresa donde estaba. Ahora no solo no me quiero jubilar, sino que quiero comerme el mundo", asegura con ilusión.

Victoria, que ya era una mujer de negocios, reconoce que los comienzos fueron muy duros. Asegura que pecó de ingenua y dio demasiada información a la gente equivocada. "No me di cuenta que tenía entre manos un auténtico filón hasta que empezaron a copiarme". Aunque el proyecto comenzó siendo una cosa de dos, se ha quedado al frente de la empresa en solitario: "Mi hija con el tiempo se ha desentendido de Kolokoline porque tiene 19 años, está haciendo su carrera y está viviendo su historia", aunque no descarta que un día ella sea su sucesora en esta aventura empresarial y enseñarle todo lo que ha aprendido en estos años. "Me he formado un poco pero casi todo ha sido de manera autodidacta", afirma la diseñadora, que asegura que hay que aprovechar los recursos que hay al alcance de la mano gracias a las nuevas tecnologías y no tener miedo a cometer errores al principio. Y sobre todo tener una gran dedicación: "Kolokoline me llena todas las horas del día. He renunciado incluso a las vacaciones porque llegó un gran pedido. Pero la verdad es que, a la larga, siempre me compensa. Me da mucho motor, me da mucha vida".

Ilusiones de futuro

Cuando no está comprando piedras preciosas en Asia, resina en Italia o cerámica en Grecia, Victoria Rodríguez pasa horas y horas en su pequeño taller. "Al principio echaba de menos trabajar con más gente y me sentía muy sola, pero ya tengo equipo y no echo nada de menos de mi anterior vida profesional", aunque su corazón de abogada sigue latiendo debajo de sus vistosos collares: "Cuando tomé la decisión pensé que, con la edad que tenía, si me iba de la empresa nunca más me iba a dedicar al Derecho. La profesión de abogado es algo muy serio y muy bonito, pero ya no es para mí".

Gestionar cada uno de los aspectos de su marca le lleva gran parte de su tiempo aunque también ha aprendido a hacer la página web de la firma y "me encanta ser muy activa en redes sociales". Su ambición es hacerse fuerte en el mundo online para ampliar horizontes, pero reconoce que el gran reto en el mundo de la joyería es mantenerse. "Siempre pensé que mi capacidad creativa tenía un límite, y me he dado cuenta de que cada vez tengo más ideas y quiero hacer más cosas. Trabajo más que en toda mi vida pero soy feliz".

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