Adolescentes, instrucciones de uso
Los adoramos y los odiamos al tiempo que hacemos lo imposible por evitar los supuestos errores que cometieron nuestros padres. ¿Cómo lidiar con ellos?
Para no sentirse absolutamente solos y para saber que todavía nos importan, nuestros hijos adolescentes necesitan que les impongamos ciertos límites, que les fijemos unas normas, que ejerzamos algún control sobre ellos. Eso les proporciona seguridad y tranquilidad; calma su ansiedad. “Los jóvenes no son más que personas que no saben dónde están ni adónde van. Lo único que intuyen es que tienen que llegar a alguna parte. Por primera vez han de hacerlo solos, sin ayuda de nadie. Y eso duele. Tanto duele que, aunque piden libertad a gritos, casi ninguno la desea totalmente”, explica la psicóloga Alejandra Vallejo-Nágera.
En su camino hacia la autonomía y la independencia, los adolescentes se sienten en guerra con el mundo en general y con su familia en particular. En muchas ocasiones a lo largo del día, los padres somos el enemigo. Nos atacan desde todos los frentes, en parte porque somos los adultos que están más a mano, aquellos con los que tienen más confianza, pero sobre todo porque están llenos de sentimientos contradictorios: nos quieren y quieren sentirse amados por nosotros, pero esa dependencia y vulnerabilidad les hacen sentirse infantiles, algo que rechazan de plano.
Para los padres ‘todos los frentes’ son demasiados territorios de batalla, teniendo en cuenta que apenas logramos que mantengan cierto orden en su cuarto. En cuanto intentamos fijar algún límite a sus exigencias, nos topamos con malas contestaciones, reacciones desmesuradas... Sabemos que no aceptarán una imposición que no sea razonada hasta el aburrimiento. Entonces pueden ocurrir dos cosas: o nos agotamos queriendo llegar a un acuerdo o acabamos imponiéndonos a la fuerza. Para evitar el desgaste de tanto roce continuo, los padres debemos eliminar las discusiones por asuntos que no sean esenciales, aunque nos resulten muy molestos. Uno de los sistemas más útiles para facilitarnos la vida como padres de adolescentes es analizar si la conducta que nos desagrada afecta sólo al joven o también a nosotros o al resto de la familia. En el primer caso, podemos eludir la cuestión, en el segundo, hay que intervenir.
Sea como fuere tenemos que ser firmes, debemos escuchar los argumentos del adolescente, ser flexibles mientras dialogamos, poner de nuestra parte hasta alcanzar un acuerdo que consideremos razonable... pero, una vez tomada una decisión, es preciso que la mantengamos hasta el fin. El cambio en las normas o la posibilidad de saltárselas a la torera desconcierta al adolescente y le crea inseguridad.



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