Manuel Francisco Reina
Texto: Cristina Planchuelo
Rumaiquiya, lavandera de Al Ándalus, recitaba versos mientras hacía su trabajo. El rey de Sevilla Al Mutamid se enamoró perdidamente de ella al escucharla y, como en los cuentos, le pidió que se casara con él. Juntos vivieron felices en el paraíso de la lírica: el sur de España del siglo VIII, un lugar en el que la creación literaria se convirtió en el centro de su identidad. Y de esta cultura nos habla uno de sus estudiosos más apasionados: Manuel Francisco Reina, autor de Poesía andalusí (Biblioteca Edaf).
¿Por qué un libro sobre este género?
Me parece increíble indagar en el pasado: me sorprende cómo, a pesar del tiempo, el ser humano ha cambiado tan poco. Ahora y antes nos mueven las mismas pasiones: el amor, el odio, la envidia, la ambición, la vanidad... Como andaluz, el tema del legado de la cultura andalusí me tiene fascinado. Y ahora que vienen unos tiempos tan complicados con el integrismo islámico, hace falta decir que hubo un momento en que el islam fue completamente revolucionario: en la cultura andalusí, del siglo VIII al XV, la mujer gozaba de unas libertades sorprendentes.
¿Como, por ejemplo, escribir?
Había grandes poetisas. Algunas eran esclavas que sus amos educaban en las artes, como les pasó a Mut’a y a la rebelde As-Silbiyya. Otras eran hijas de califas, como mi favorita, Walada, del siglo XI. Era una mujer culta y revolucionaria que se negaba a contraer matrimonio. Llevaba tatuado sobre su hombro derecho: “Estoy hecha por Dios, para la gloria, / y camino, orgullosa, por mi propio camino”. Y en el izquierdo: “Doy poder a mi amante sobre mi mejilla / y mis besos ofrezco a quien los desea”. Era exquisita: hacía bordar, cada día, un verso de amor en sus vestidos.
¿Siempre solían inspirarse en el amor?
No sólo, también utilizaban la poesía para hacer denuncia y enfrentarse al mundo. Pero el tema principal es el amor, sí. Me emocionan mucho los versos que se intercambian la poetisa Hafsa y su amado, A Abû Ya’Far. Ese fuego que te llega a través de las palabras después de diez siglos: “Mi corazón siempre se inclina a tus deseos...”, le escribe ella. Y él: “Me han llegado tus versos y parece / que el cielo se ha cubierto de luceros para honrarme”.
Otro ejemplo de modernidad andalusí: la tolerancia de la homosexualidad.
Era considerada síntoma de refinamiento, entre otras cosas porque esta cultura admiraba a los clásicos. Uno de los poetas más importantes del amor homoerótico, Ibn Sahl, es de una tremenda modernidad. Escribía en árabe unos poemas maravillosos: “Cuando me ve el amado esclavizado por su amor, / de su poder se da cuenta y coquetea”.
El libro es un viaje por el pensamiento de seis siglos en la Península Ibérica.
La literatura más filosófica se asienta en Zaragoza y Toledo. La poesía profunda, en Córdoba y la sensual, en Sevilla, Granada, Valencia...




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