Finlandia se mueve
Amantes de la naturaleza
Texto: Constanza Belda
Es hora de hacer mi primera parada. Mikkeli inaugura el recorrido por esta región tan singular. En concreto paro en Tertinkartano, una antigua finca agrícola que data de 1894 y que ahora se ha convertido en un encantador hotel, restaurante y tienda. Allí descubro la gran influencia rusa en sus platos y en su decoración, y me cuentan que todo lo que veo es ecológico, ya que los fineses tienen un alto grado de respeto y admiración hacia la naturaleza que les rodea. Un hábitat que pude recorrer en mi primer contacto con la tierra blanca: se trataba de un paseo con raquetas sobre la nieve virgen; suena muy complicado, pero es fácil, seguro y muy bonito... Después del ejercicio, me esperaba una reconfortante cena en una bonita cabaña de madera. La comida en Finlandia es sorprendente, está repleta de alimentos, para nosotros, exóticos: arenques, reno, salmón, sabrosos platos de setas, sopas de verduras y deliciosos postres con frutos silvestres.
Por la mañana no hay mejor manera de empezar el día que haciendo deporte y, para eso, estoy en el país ideal.
Las actividades blancas que voy a practicar tienen lugar en un lago helado en el Parque Natural de Kolovesi (no hay riesgo, porque cada día miden el grosor de hielo para nuestra seguridad). Primero, patinaje. Al principio cuesta mantener el equilibrio, pero luego es como si estuviera navegando entre islas; la sensación es divertida.
Después toca pesca helada y, tras comprobar su sistema de redes bajo el hielo, mi recompensa es un lucio y una perca que, como manda la tradición, hay que probar en una ‘cocina refugio’. Se trata de un lugar en medio del lago que está habilitado para cocinar; hay leña y utensilios, y tu único deber es dejar todo como lo has encontrado. Allí, en medio de una fogata y un universo de nieve, preparo una sopa de pescado y patata, que me da energías para seguir el viaje.
Cuando el sol se despide, es hora de probar otro de los mitos escandinavos: la sauna. Pero no una cualquiera; se trata de la sauna de humo en el pueblo medieval de Järvisydän. Este baño de vapor es todo un ritual que relaja mente y cuerpo. Para ello, lo primero es hacerte con una rama de abedul; no es para abanicarse, sino para golpearte espalda, piernas y brazos, lo que activa la circulación. Después de un rato a una temperatura de 72ºC, toca un poco de frío; aquí se estila un baño en el lago helado, o rebozarse en la nieve. Yo no soy tan valiente como para experimentar la primera opción, pues sólo salir a la calle supone un cambio brusco de temperatura. Sin embargo, tirarse a la nieve en biquini es estupendo: al principio no se nota el frío, aunque, después de hacerme una foto testimonial, me vuelvo a meter en la sauna. No es cuestión de quemarse la piel, ¿no?
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