El editorial de Ana Rosa Quintana: Mi puesta a punto

Nos quedan como mucho un par de meses para el impactante momento de enfrentarnos con los estragos del invierno, y un año más comprobar que no hemos cumplido ninguno de los buenos propósitos del año nuevo.

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Dieta sana, vida activa, gimnasio... Las de voluntad férrea lo han llevado al pie de la letra, y otras, entre las que me encuentro, lo han intentado.

Este año he cambiado de década y por primera vez me he sobresaltado. Es verdad que mi tardía maternidad me hizo sentir como una veinteañera, y por primera vez he mirado mi carnet, después al espejo, y algo no me ha cuadrado. No puede ser: el DNI debe de estar equivocado porque, sinceramente, ni por carácter, ni por actividad, ilusión, vida o físico creo que aparento lo que dice. También es verdad que a todos nos debe pasar lo mismo, así que me he puesto manos a la obra.

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Creo que a partir de los cincuenta es importantísimo intentar no abandonarse porque es mucho más difícil recuperar la piel, las formas y la gravedad. El tiempo y las hormonas hacen que, si no se está alerta, de repente, un día empieces a preguntarte dónde está tu cintura, por qué aumenta tu talla de sujetador o qué es eso que te sale por ahí detrás, encima del vaquero. Sí, se llaman 'michelines' y se instalan en tu espalda sigilosamente.

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Ya no vale dejarlo para mañana, porque como te mantengas en estos años será como estarás siempre: más mayor, pero tú. Si te dejas llevar, un día no te reconocerás y a lo mejor es demasiado tarde.

El día de mi cumpleaños decidí quitarme de encima los siete kilitos que uno a uno y sin que aparentemente se me notara demasiado había ido acumulando. Se habían hecho fuertes en lugares que no eran los habituales. Empecé a sentirme más incómoda con la ropa y a poner algunas prendas al fondo del armario: vamos, que no me abrochaban. Luego pasé a comprar una talla más... pero no era cuestión de talla, sino que sentía que mi cuerpo empezaba a ser diferente.

Lo mejor que he hecho es visitar a una doctora especialista en nutrición, y empezar a tomar colágeno y omega 3. Y no de vez en cuando, sino seriamente. Y yo, que siempre me he cuidado la cara y he sido muy constante con mis cremas y tratamientos, ahora lo soy mucho más: intento visitar a mis médicos y a la esteticista con más frecuencia, pero con mesura, y lo que es más importante, intento seguir sus consejos. Además, camino todos los días a paso rápido e intento ir al gimnasio (mi asignatura pendiente, no por gusto sino por falta de tiempo). Si te lo planteas como una nueva rutina, al final descubres que no es tan complicado, sino cuestión de planificarse.

No pienso ser esclava de una dieta, ni vivir obsesionada con una arruga o el paso del tiempo. Quiero envejecer de forma sana, tener una piel luminosa, un cuerpo ágil y tonificado, que no es lo mismo que delgado. Quiero seguir disfrutando de un buen vino y una buena mesa y de los días de pereza y siesta. Tampoco quiero mirarme al espejo y ver a otra persona, no reconocerme, porque en el afán de conservar eternamente la juventud tu cara ya no es tuya, ni tu sonrisa, ni tu mirada.

En definitiva: mente sana en un cuerpo sano, y saber asumir el paso del tiempo sin que los años te destruyan.