Fernando Grande-Marlaska: "Mi madre estuvo quince días en cama al saber que era gay"

​El juez bilbaíno ha dictado sentencia en lo que a su vida personal se refiere. Su libro de memorias, 'Ni pena ni miedo', es una declaración de intenciones, una oda a la valentía para encontrar el propio camino sin miedo.

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Bajo un sol de justicia recorro las calles de Madrid para conocer a un juez que ha ocupado cientos de portadas, pero que siempre ha sido poco dado a conceder entrevistas. El cargo impone, ya que actualmente es vocal del Consejo General del Poder Judicial y presidente de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional. Pero al llamar al timbre, quien me abre la puerta es un hombre de 54 años elegante y encantador. Grande-Marlaska es tan conocido por haber ocupado la primera línea de batalla contra el terrorismo como por ser el primer juez en hacer pública su homosexualidad, una experiencia personal que ha decidido contar en Ni pena ni miedo (Ed. Ariel). En su mirada percibo la ilusión casi infantil que tiene puesta en sus memorias, así que nos acomodamos en este salón, decorado con buen gusto y muebles clásicos, de la casa en la que reside con su marido, Gorka, para hablar de esa vida intensa que se refleja en el libro.

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La travesía del desierto

En este relato autobiográfico nos traslada sus reflexiones más íntimas tratadas con exquisitez. Gira en torno a lo que él considera el argumento de su vida: "Ni pena ni miedo". Un lema de resistencia que el juez tiene tatuado en su brazo y que habla de que el miedo a las consecuencias de nuestros actos no puede paralizar nuestras decisiones.

Se trata de una obra, plagada de informaciones inéditas y reflexiones personales, en la que habla de su infancia, su familia, su trabajo como juez y su orientación sexual, hecho este último por el que ha afrontado situaciones dolorosas que le han convertido en alguien más duro de lo que le hubiera gustado ser.

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¿Cómo crees que van a reaccionar las personas de tu entorno cuando lean este libro?

El entorno más cercano me conoce, creo que saben lo que pienso de cada cosa de la que hablo en este libro. No se van a encontrar a un desconocido.

¿Escribirlo ha sido un deseo que viene de lejos?

No. Me lo ofrecieron, y en un principio me pareció un proyecto complejo y muy serio, y lo dejé pasar. Pero meses después lo volví a pensar y decidí aceptar el reto.

Hace diez años, en una entrevista con la periodista Rosa Montero, saliste públicamente del armario hablando de tu homosexualidad. ¿Fue una decisión difícil de tomar?

No, para nada. Tenía totalmente asumida mi condición, pero no solo yo personalmente, sino también mi alrededor. Lo que yo llamo "La travesía del desierto", ese momento de descolocación personal, ya había pasado. Creo que la entrevista fue un 'regalo', en cierta medida. Cuando ya tienes todo superado y te ofrecen una entrevista con una gran periodista, es un regalo.

¿Te consideras un referente?

No. En alguna ocasión, cuando alguien se me ha acercado diciéndome que me tiene como referente, me ha producido cierta satisfacción. Pero luego te hace reflexionar: es una responsabilidad.

¿Sigue habiendo prejuicios por la orientación sexual?

Sí, pero cada vez menos. Los prejuicios han existido siempre y siguen existiendo en la actualidad, pero porque a la sociedad le ha gustado más un tipo de gay o un tipo de lesbiana. A la sociedad de hoy en día le da más miedo un gay médico, bombero o futbolista de primera división que lo que tienen interiorizado: el modelo clásico de hombre con pluma que se dedica al espectáculo, más mujer que hombre. Y en el caso de las lesbiana pasa igual: resulta más fácil aceptar a la mujer camionera con apariencia de hombre.

¿La sociedad mira diferente la homosexualidad femenina que la masculina? ¿Puede cambiar a referentes como Sandra Barneda?

Naturalmente, cuando haya más. Aún así, es la pescadilla que se muerde la cola: para que haya más referentes la sociedad debe evolucionar y ser un poco más amable, porque al salir del armario puedes pagar un peaje muy alto. El concepto de mujer lesbiana todavía está muy estereotipado.

Hablas en tu libro de que hay diferentes tipos de presiones.¿Cómo fue la que tú viviste?

Yo no viví una presión social porque no dejé que eso me ocurriese. Nunca he dado un paso hacia atrás y he vivido mi vida con una coherencia lógica. En mi libro hablo de esas presiones familiares o sociales que puede haber, pero yo en ese aspecto, ya me había enfrentado a mi familia por este tema. No dejé que nadie más me influyera.

¿Siempre fuiste consciente de tu orientación sexual?

Sí. Cuando eres un preadolescente intentas obviarlo, intentas pasar por alto esos sentimientos o atracciones. Y con 17 o 18 años empiezas a intentar reprimirlo.

¿Cómo lo llevó tu familia?

Primero lo supieron mis hermanas y todo fue muy bien. Cuando se enteró mi madre, sin embargo, fue un clic que transformó a mi familia más cercana. Nadie entendió que se lo tuviese que decir a ella.

Cuentas en el libro que estuvo en cama durante quince días después de decírselo. ¿Cómo viviste aquellos días?

Yo creo que para ella fue un trauma. Con el tiempo, cuando lo he reflexionado con cierta frialdad, he llegado a la conclusión de que ella tenía miedo a los prejuicios sociales y al miedo a lo que me podían hacer a mí. Pensaba que mi orientación podía enfrentarme a la sociedad, que me podía hacer la vida más difícil. Como si yo estuviese en un precipicio y ella no pudiese evitar que yo cayese.

¿Y cómo se resolvió?

Esos quince días estuve fuerte, entendí que su reacción era aguda y no podía durar mucho tiempo. Iba siempre a la hora del café y sentí que era mi penitencia. Hasta que dejé de ir. Ella al final se levantó de la cama, y tras unos desencuentros, sentí que la relación se había suspendido. Me vi privado de mi madre y, en consecuencia, de mis hermanas y de mis sobrinas. Viví un auténtico castigo por ser como era. Todo esto acabó construyendo quien soy: fue un punto de inflexión en mi vida afectiva. Ya no pido nada en mis relaciones personales, porque no quiero llevarme batacazos.

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En el último capítulo del libro hablas de la muerte de tu madre. ¿Cómo lo viviste?

Cuando murió mi madre, sentí que me amputaban un órgano. Con los años, la tengo cada vez más presente.

¿Qué persona te ha marcado más en la vida?

Mi madre.

El juez disciplinado

Grande-Marlaska ha llevado una intensa carrera en la judicatura. Comenzó en Vizcaya y fue trasladado a Madrid, donde instruyó causas contra Arnaldo Otegi, paralizó algunas manifestaciones de la izquierda abertzale y ordenó la acción policial en el caso del Forum Filatélico. Su caso más relevante fue la instrucción de la causa del Yak 42, en la que no dudó en citar como testigo al que había sido ministro de Defensa, Federico Trillo. Una vida entregada a su trabajo.

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¿Eres un apasionado de tu profesión?

Sí, y eso que yo no era uno de esos estudiantes vocacionales. Me he hecho con el tiempo. A mí me hubiese gustado ser funcionario de la Unión Europea y practicar el derecho internacional.

¿Cómo has resistido en los casos de especial presión?

El trabajo es un entrenamiento, y el día a día es el que te ayuda a encarar cualquier desafío. Si te preocupas por hacer bien tu trabajo y por no paralizarte, puedes afrontar cualquier caso. Cuando te pones la toga, tienes que ser totalmente profesional.

¿Cómo viviste la época en la que estabas amenazado por ETA y tenías que llevar seguridad personal?

Nunca he discutido si la seguridad era necesaria o no. Compaginé aquella circunstancia de la mejor forma que supe. Al principio no supe llevarlo, pero luego fui aprendiendo. Gorka lo llevó mejor que yo: él es más resistente a la frustación.

¿Cómo ves ahora Euskadi?

No tiene nada que ver el Euskadi de 2016 con el de 2008, 2009, 2010 o cuando ETA declaró el cese definitivo de la violencia. Ahora se vive de una forma más sana y la gente se preocupa de los problemas reales.

¿Está politizada la justicia?

No, esto preocupa mucho a la sociedad, pero tenemos que diferenciar dos planos. Por un lado, los 5.400 jueces que ejercen su jurisdicción de forma profesional a diario sobre desahucios, divorcios, hurtos, etc. Por otro, cuando se habla de la politización de la justicia va más encaminado a lo que es el Consejo General del Poder Judicial, que es el gobierno de los jueces, elegidos por el Parlamento. Es muy difícil luchar contra la idea generalizada de que está politizada la justicia porque este órgano lo eligen los partidos políticos, pero no quiere decir que haya una influencia indebida.

¿Cómo vives los casos de corrupción?

Con una desazón como cuando el terrorismo en España nos azotó con gran fuerza. Estos casos corrompen el estado de derecho, lo que hace que la sociedad viva una profunda desconfianza. Es la máxima deslealtad que se puede tener hacia la institución.

De tu libro podemos extraer esta frase: "Soy ciudadano europeo y creo en el porvenir de la unión que 27 países hemos emprendido juntos". ¿Qué opinas de movimientos como el brexit?

Me acosté el día del referéndum con la convicción de que saldría la permanencia y cuando me levanté y vi que había ganado la opción de salir, me cambió el cuerpo. Creo que es un golpe importante para la Unión. No se puede entender una Europa democrática sin el Reino Unido.

Tratas la violencia de género en tu libro. ¿Cómo valoras el índice creciente de agresiones?

Nuestra ley sobre violencia de género es un referente para el resto de países, pero, incluso así, las denuncias y las mujeres fallecidas no descienden. La educación es la clave.

¿Cómo es un día en la vida de un juez?

Muy sencilla: me levanto a las seis y media de la mañana, desayuno, saco a alguno de los perros, el que me toca a mí; compro el periódico, me voy a nadar durante 45 minutos y, ya después, juicios, reuniones, etc. Ya no vengo a comer a casa y no lo llevo muy bien, puesto que no puedo descansar y relajarme. No llego a casa hasta las nueve de la noche.

¿Cómo te cuidas?

Simplemente nado, no hago ninguna otra cosa.

¿Qué podrías decir de Gorka, tu marido?

Me complementa, y aunque le fastidien mucho cosas mías, defiende que haga lo que yo pienso en cada momento. No me intenta modificar en mi comportamiento. Eso es lo que más valoro.

¿Te gustaría tener hijos?

Sí, pero ya a estas alturas es difícil, y la pareja también debe querer.

De cerca

Un lugar para perderse: Mi casa de la sierra de Madrid.

Un plato: Pasta.

El rincón de tu casa donde pasas las horas: En mi despacho.

Un libro que hayas leído y releído: Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar.

Una canción que no te cansas de escuchar: La chica de ayer, de Antonio Vega.