Marta Robles: confesiones de una mujer insegura (aunque no lo parezca)

​Si pusieran en una rueda de reconocimiento a cien sospechosos de no tener confianza en sí mismos, nadie señalaría a Marta Robles. Pero ella ha decidido dar un paso adelante y confesarlo todo en su último libro.

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Fotos: Juanjo Molina / Fernando Roi / Getty Images / GTRESONLINE/ D.R.

Estilismo: María Álvarez / Maquillaje y peluquería: Leyre Sanz, de Franck Provost

Agradecimientos: Hotel Westin Palace

Por un momento, imaginen la típica escena de una comedia romántica en la que la protagonista se prepara para una primera cita probándose todo lo que cuelga del armario para, al final, acudir con el mismo modelo que llevaba por la mañana. Esto es, más o menos, lo que ocurre con Marta Robles en la sesión de fotos para AR. Incluso en esta ocasión el guión se complica y, unos segundos antes de posar frente a la cámara, la periodista y escritora vuelve a dudar sobre su estilismo y da comienzo un nuevo desfile de pantalones. Si Marta hubiera planeado una performance para presentar su nuevo libro, Haz lo que temas. Una reflexión sobre la inseguridad en primera persona (Ed. Planeta), es probable que no le hubiera salido tan bien, porque tras esa apariencia de mujer fuerte y arrolladora se esconde una insegura de manual, de las que se atormentan con casi todo lo que hacen o dicen (y con lo que no también). Pero ella ha superado sus propios temores y ha decidido 'salir del armario': "¿A que no te lo esperabas?", pregunta. "¡No, en absoluto!". "Es que llevo toda la vida ocultándolo, y no he debido de hacerlo mal porque tengo que jurar sobre la Biblia que soy insegura para que me crean", reconoce.

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Tienes buena imagen, llevas media vida delante de las cámaras, publicas tu duodécimo libro, estás felizmente casada y tienes tres hijos estupendos. Pareces la viva imagen del éxito, pero, sorprendentemente, afirmas ser una mujer sin confianza en sí misma.

Estamos anclados en estereotipos y cuando vemos a una persona con un físico rotundo, alta y con una voz grave, ya pensamos que es segura sí o sí, pero todos tenemos nuestras propias inseguridades físicas, intelectuales, sociales o de carácter. Aunque en mi caso nadie tiene por qué saberlo, porque viene marcado por mi infancia, que es cuando se forja la personalidad. Las causas de la inseguridad pueden ser innumerables, pero hay dos fundamentales: la falta o el exceso de protección. Yo viví ambas, pero sin duda, la mía proviene de la ausencia de protección por parte de mi padre. Él era el prototipo de hombre de su época, estaba completamente centrado en su trabajo y no le gustaban mucho los niños. Y menos yo, que era la típica niña desgarbada y no muy agraciada físicamente. Nunca me dijo que hiciera nada bien y, por ejemplo, yo tuve que pagarme la universidad porque a mi padre le parecía que estudiar la carrera de Periodismo no servía para nada y escribir era algo absurdo e innecesario. En mi casa solo había libros de economía y derecho porque mi padre era una persona práctica y yo una romántica. Él no comprendía nada de lo que yo hacía.

"No he aprendido a quererme mucho, pero sí lo bastante para poder querer a la gente que quiero"

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¿Llegaste a reconciliarte con él en algún momento?

Nuestra relación siempre fue muy complicada, pero el hecho de haber llegado a una determinada edad y poder hablar de ello sin rencor, sin ajustar cuentas, y tratando de comprender a mi padre, que también era víctima de su propia historia, me ha sido de gran ayuda. A mi y a mucha gente, porque he conocido personas muy valiosas y con cargos importantes que han tenido muchos problemas con sus progenitores. La figura del padre y lo que vives en tu infancia marcan mucho, y en mi casi especialmente.

Seguramente hacías todo buscando su aprobación.

Completamente, no lo dudes. Cuando murió hubo gente que me contó que él estaba orgulloso de mis logros y presumía de hija, pero yo nunca lo escuché.

¿Ni siquiera pasar de patito feo a cisne tuvo un efecto terapéutico?

Tenía unos 12 años y ocurrió de repente. Lo más chocante fue que los mismos chicos que me querían muchísimo cuando era feúcha porque era la perfecta compañera de juegos, de pronto decidieron que me había convertido en la rubia tonta. Desde ese momento toda mi vida he tratado de demostrar que detrás de mi aspecto había otras cosas más interesantes, pero te diré que a partir de los cincuenta ya no me importa. Como dice la escritora y amiga Carmen Posadas, hay que aprender a vivir con el "piropo terrorista", ese que te alaba lo físico para ignorar lo intelectual.

¿Sentías la necesidad de escribir este libro como catarsis?

Unas amigas, que sabían que yo era bastante insegura, me propusieron que diera una conferencia sobre el tema en un foro de mujer y liderazgo. Yo no lo tenía nada claro, porque sería la primera vez que iba a hablar de este tema, algo que siempre había estado ocultando, pero pensé: "¡Bueno, quizás de esa manera pueda ayudar a los demás!", y me aferré a la máxima de mi admirado filósofo Ralph Waldo Emerson: "Haz siempre lo que temas hacer". Y fue muy curioso porque, cuando terminé, muchas personas estaban emocionados y tenían los ojos llorosos, colgaban la conferencia en Internet, me llamaban y me contaban sus problemas… Entonces decidí que sería muy bonito compartir mis experiencias en un libro con el fin de ayudar a personas que están ancladas en sus propias inseguridades. Eso no significa que yo haya superado mi falta de confianza, sino que he aprendido a convivir con ella, que no es poco.

"Me he intentado analizar a mi misma, para no hacer con mis hijos lo que a mí me ha causado tantos problemas"

¿Hace todo lo posible para que tus hijos no sufran lo mismo que tú?

He intentado analizarme a mí misma para no hacer con mis hijos lo que a mí me ha causado tantos problemas. Porque una inseguridad controlada y comedida hace que estés alerta, que dudes de las cosas, que te pongas retos y, por lo tanto, que avances. Pero cuando se trata de una desconfianza enorme, no te permite crecer, te paraliza y, además, vuelves loca a la gente que te rodea. Por ejemplo, mi madre, que siempre me sobreprotegió, se pone enferma: "¡Cómo dejas que tu hijo se tire con un skate desde una roca!" Y yo le digo: "Que haga lo que quiera y si se tiene que romper una pierna, que se la rompa". ¡Qué le vamos a hacer! Yo he tratado de dar la suficiente protección a mis hijos, para que se sientan capaces de hacer cualquier cosa y dejarlos lo suficientemente sueltos para que se atrevan con cualquier reto. Además, saben que les quiero de forma incondicional, me da igual si son más o menos listos o guapos, y les incito a que prueben, a que hagan cosas. No he aprendido a quererme mucho, pero sí lo bastante para poder querer a la gente que quiero.

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La excesiva protección de tu madre tampoco ayudó mucho, ¿no?

¡Nada! Ella es maravillosa y nos adoramos, pero me protegió tanto que no me permitía enfrentarme a mis propios miedos. Recuerdo que de niña no sabía montar en bicicleta porque ella quería evitar que me cayera, así que aprendí de adolescente, y mal, a base de trompazos. A partir de entonces, aunque fuese una tortura, me atrevía con todo, pero siempre se lo ocultaba a mi madre para que ella no lo pasara mal. Hoy en día hay muchos niños que no aprenden a masticar o a ir al cuarto de baño cuando les corresponde, por ejemplo, porque sus padres quieren evitarles ese 'sufrimiento', y eso es terrible.

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Además de a tu marido, Luis Martín de Bustamante, medidas Haz lo que temas a Ricardo, "la primera persona que creyó en mí, pese a mí", señalas.

Ricardo fue mi primer novio y es un gran amigo. En mi familia pensaban que mi trabajo de secretaria era suficiente para alguien como yo, pero él, cinco años mayor y muy generoso, me transmitió el afán de superación y me hizo ver que yo podía hacer algo más, que valía para comunicar y escribir. Y gracias a él soy universitaria, periodista y escritora.

Ser insegura en el amor es terrible. Estás permanentemente pidiéndole a tu pareja que te muestre que te quiere; nunca estás convencida de su amor"

Hay muchas clases de inseguros. ¿De qué tipo eres tú?

Yo soy una insegura cotidiana, en el día a día. Dudo con el correo que envío, con el whatsapp que escribo, con las conversaciones que mantengo, con mi aspecto… Le doy mil vueltas a todo lo que hago. Obviamente, el que más lo sufre es mi marido, que además de ser un hombre atractivo, inteligente y encantador, es un santo. Le enseño mis artículos ochenta veces y él siempre me dice: "Ya lo has escrito, olvídate, no seas tan insegura", pero yo sigo y sigo, y llamo a mi amigo, el escritor Fernando Marías, que es mi salvador, y vuelvo a la carga…

Pues no me quiero imaginar lo que debe ser enfrentarse a la cámara…

Paradojas de la vida, como muchos actores que son unos tímidos enfermizos… Recuerdo especialmente una entrevista con Gary Kasparov: yo era muy joven, me sudaban las manos y tenía sudores fríos, pero salió muy bien. Y otra con Camilo José Cela que me puso en una situación muy incómoda. Se negaba a contestar a mis preguntas diciendo "eso ya estaba en el libro", pero me sobrepuse y le planteé una cuestión sobre época de censor. Desde entonces, siempre que nos veíamos me respetaba muchísimo.

Entre sus buenas amigas, Mabel Lozano y Juncal Rivero

¿Y cómo llevas las críticas?

¡Fatal! Las televisivas, las literarias… Además, soy de las que las leen todas, me regodeo y me torturo. Si por mí fuera, llamaría al que la ha escrito y le daría toda clase de explicaciones de por qué he hecho las cosas de esa manera. También es cierto que llevar tanto tiempo en los medios, pues empecé en televisión en 1988, me ha hecho más fuerte. Me acuerdo de cuando debuté como presentadora y subdirectora del informativo de la noche en Antena 3: estuve todo el día de reuniones y no tuve tiempo para pensar en cómo vestirme. En el último momento, salí con un blazer rojo y me pusieron a parir porque decían que lo único que me interesaba era estar guapa. ¡Y ahora las presentadoras van de coctel! Lo pasé fatal y estuve varios días sin dormir, pero, bueno, mi profesión me gusta mucho y me encanta escribir, sobre todo ficción, porque ahí me parapeto detrás de los personajes, así que hay que vivir con ello… De hecho, no hay un solo creador que no sea inseguro, pero es una tragedia porque te pasas la vida dudando y dudando.

Dices que es muy difícil amar a los inseguros.

La inseguridad en el amor es un infierno, sobre todo cuando te matan los celos. Yo no soy especialmente celosa, porque cuando dejo de confiar en una persona ya no me interesa. Como decía Nietzsche, "no el que tú me hayas mentido sino el que yo te haya dejado de creer ha sido lo que me ha hecho estremecer", pero, como buena insegura, mientras quiero a alguien lo considero perfecto, que sabe más que yo, que hace todo mejor que yo, que me puede mostrar el camino… Ser insegura en el amor es terrible porque hace que estés permanentemente pidiéndole a tu pareja que te demuestre que te quiere; nunca estás convencida de su amor. ¿Y por qué no lo estás? Porque piensas que eres muy poquita cosa y que no te mereces el amor de esa persona tan maravillosa…

Con su perro, su fiel compañero
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Eso también es falta de autoestima, ¿no?

Cuando caes en barrena y la inseguridad te genera una enorme falta de autoestima, cuando no te quieres a ti misma, te haces mucho daño, incluso puedes llegar a castigarte físicamente. Mira los adictos a la cirugía estética o las consecuencias de los desórdenes alimenticios. Todos queremos que nos quieran, pero lo importante es que sepamos que para conseguirlo no necesitamos cambiar, sino aceptarnos. Y si la inseguridad empieza a ser patológica y uno es incapaz de tomar decisiones, debería recurrir a un psicólogo para que le diera herramientas suficientes para enfrentarse a ella.

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¿Somos las mujeres especialmente inseguras?

Para empezar, somos una hormona con dos piernas. Nuestro propio ciclo hormonal hace que cambiemos de carácter con mucha frecuencia, y eso nos convierte en más vulnerables, ansiosas e inseguras. A eso hay que sumarle que vivimos en una sociedad en la que a la mujer se le exige ser una superwoman: lista, alegre, seductora y siempre dispuesta. Incluso nos lo exigimos a nosotras mismas. Si no tenemos hijos, nos cuestionamos si seremos unas buenas madres, y si los tenemos nos acecha un sentimiento de culpa permanente; y cuando estamos trabajando pensamos que los descuidamos y viceversa. Todo esto hace que seamos especialmente proclives a la desconfianza, pero ellos también lo son.

"Toda mi vida he intentado demostrar que detrás de mi aspecto había otras cosas. A partir de los cincuenta, ya no me importa"

Entre un inseguro y uno muy seguro de sí mismo, ¿con quién te quedas?

Las personas con exceso de confianza suelen tener una soberbia y una arrogancia difíciles de soportar. Y aunque ellos crean que saben mucho y lo hacen todo bien, a mí me resultan unos hiperignorantes y un poco imbéciles. Yo no creo que una persona inteligente pueda tenerlo todo tan claro, porque es imposible. Con lo cual, ya puestos, prefiero a un inseguro como yo.

Al estilo de Dorian Grey, ¿qué hubieras dado por ser una mujer segura de ti misma?

¡Diez centímetros de estatura!

Mis claves para luchar contra la inseguridad (o para convivir con ella)

1. Aceptarme a mi misma. Porque, por mucho que me empeñe, no voy a cambiar drásticamente. Además, mis rasgos físicos e intelectuales son los que me hacen única. Si yo fuera como Claudia Schiffer sería más mona, pero no sería yo. Aceptarme ha sido uno de los grandes retos de mi vida.

2. No compararme con los demás. Cuando lo haces siempre sales perdiendo. Puede que haya alguien peor que tú, pero siempre habrá cincuenta mil que son mejores. De pequeña siempre me comparaba con mi hermana, que era cinco años mayor, mucho más guapa y estudiaba lo que quería mi padre. Curiosamente, de mayor ella reconoce que me envidiaba porque yo era la protegida de mi madre.

3. Ser capaz de decir que no. Yo estoy aprendiendo a hacerlo y es fundamental. Buscamos la aprobación de todo el mundo, que nos reconozcan y nos quieran, y pensamos que haciendo lo que nos piden vamos a conseguirla, pero, a veces, pasa justamente lo contrario.

4. Crearme mi propia coraza. Porque la inseguridad, en definitiva, es miedo y esto te permite defenderte del mundo exterior. Hay quien piensa que es malo llevar máscaras, pero yo creo que, utilizadas de la forma adecuada, funcionan. En mi caso, una de mis armaduras es la sonrisa. A mí es difícil verme seria. Todos los que me conocen me imaginan sonriendo porque, aparte del efecto sonrisa, que te hace ver el mundo de otra forma y ser más feliz, de alguna manera me protege. Detrás de mi sonrisa estoy yo, pero ya le enseñaré mis lágrimas y todo aquello que me hace más vulnerable a quien a mí me dé la gana. Otra de mis corazas son los tacones. Yo mido 1,73 y cuando me subo a unos tacones de diez centímetros parece que me he tragado un palo y me da cierto aplomo. Por ejemplo, nunca jamás he ido a una entrevista de trabajo sin llevar tacones. De hecho, ya no sé andar cuando voy con calzado plano. Es curioso, pero, en ocasiones, eso me hacía parecer altiva y borde.