David Cantero: "Soy un romántico un tanto sinvergüenza"

​El presentador de informativos con más sex appeal regresa a la novela con una romántica historia que se lee como se ve una película.

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Lo ha conseguido. Tras el éxito de El hombre del baobab y El viaje de Tanaka, David Cantero quería escribir una novela ágil, sencilla y que se leyera de un tirón, y el resultado es El destino era esto (Ediciones B). Eso sí, para un hombre que reconoce que sus mayores defectos (y sus mayores virtudes) son "la cabezonería, la constancia y la tenacidad", todo era proponérselo.

Con esta nueva novela cambias de registro, te metes de lleno en el género romántico. ¿Cómo ha surgido este cambio?

No he cambiado de registro, no exactamente. Todas mis obras tienen un trasfondo que es puro romanticismo, en el mejor sentido de esa palabra. El cambio en esta novela tiene mucho más que ver con la sencillez del tono narrativo, mucho más fluido. Quería viveza, no enredarme en lo superfluo, no liarme en excesivas descripciones, ir al grano. La historia está simplificada con toda intención. Buscaba que se pudiera leer del tirón en muy pocas horas y creo que lo he conseguido. Es una película que se lee, un libro que se proyecta en la mente a medida que lees, de forma muy cinematográfica.

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Sabemos que eres un romántico, pero ¿qué se esconde de verdad tras esta palabra, a veces tan vacía de contenido? ¿Qué clase de romántico eres tú?

Soy un romántico extremadamente escéptico y cínico, un tanto sinvergüenza. Ya no soy tan romántico. Creo que el romanticismo más puro es algo que vas derrochando y perdiendo a medida que pasan los años, a base de decepciones, de realidades... En cualquier caso, a eso me refería al decir lo de "en el mejor sentido de la palabra romanticismo". Vivimos tiempos difíciles en los que ese concepto ha quedado completamente desvirtuado, casi vacío. La gente confunde la maravillosa carga creativa, artística, emocional y vital que hay en el sentimiento romántico con absolutas gilipolleces. El verdadero romanticismo es como un día lluvioso y otoñal en una playa solitaria del norte, con el rumor de las olas y los pájaros lejanos de fondo, con tonos ocres, grises y verdes. Lo que hoy muchos entienden por romántico es una playa atestada de gente bajo un sol de justicia en pleno mes de agosto, llena de sombrillas, de griterío, de colores chillones, de culos y tangas, con reguetón de fondo. Lo hortera, banal y obsceno es romántico para mucha gente hoy en día.

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Con esto que me dices y sabiendo que escribías poesía –recuerdo tu poemario Caudal de ausencias–, ¿has usado alguna vez tu pluma para conquistar a una mujer?

Alguna que otra vez, claro [ríe]. Creo que esa ha sido siempre mi herramienta favorita a la hora de conquistar o confesar amor o deseo de amar o deseo simplemente. La belleza de unas palabras bien empleadas puede ser muy seductora, muy conmovedora y eficaz, muy sexual también. Ahora funcionan más los mensajes de Whatsapp muy breves y directos al asunto: "¿Lo hacemos?".

Hablemos de amor y de flechazos como el que vive Damián, el protagonista de El destino era esto. ¿De verdad existe el amor a primera vista o son solamente enamoramientos?

En muy pocas ocasiones. A veces sucede, pero la mayoría son simples enamoramientos ramplones. Es muy sencillo enamorarse y es muy complejo llegar a amar de verdad. Enamorarse es un catarro más o menos pasajero. A amar se aprende, se debe aprender. De esto te das cuenta después de muchos años de estúpidas y fugaces pasiones que no conducen a nada o que no debieron conducir a más que un par de noches de sexo. Tendemos a confundir el amor con el simple deseo de meter a alguien en nuestra cama. Hay mucha gente deseando amar y ser amada, dispuesta a enamorarse a cualquier precio, de cualquiera... Hay mucha gente confundida y mucha confusión entre el amor y el sexo.

Escribes que un hombre enamorado es muy perseverante. ¿Lo es?

Un hombre o una mujer 'enajenados' por el sentimiento amoroso pueden ser muy persistentes, muy cansinos. De hecho, me fascina comprobar cómo se transforma Damián, el protagonista de esta novela. También cómo mutaron otros protagonistas de mis libros, como Luis Vaissé (El hombre del baobab), Víctor Próspero (Amantea) o incluso Mei Tanaka (El viaje de Tanaka). Ninguno de los cuatro quieren, en el fondo, amar y los tres terminan amando, enloquecidos por eso. No creo que el enamoramiento nos haga ni más libres ni más inteligentes, pero sí nos aporta grandes dosis de astucia y tenacidad a la hora de conquistar a la persona deseada. Luego viene lo de amar, amar de verdad.

Y del amor al crimen, porque, además de romántica, tu nueva novela es en parte un thriller.


Sí, quería escribir una novela policiaca de forma muy intencionada. A punto estuve de ser policía, me hubiera encantado ser inspector, y algo de aquella insólita y frustrada vocación juvenil queda en estas páginas. No lo fui por poco, por el destino o por la casualidad. Me faltó literalmente un centímetro: no di la talla [ríe].

"A veces cuesta mucho librarse de la carga de los estereotipos, de los juicios gratuitos y precipitados, de la pelusa y la ojeriza de mucha gente, aún más en un país como España", dices en tu novela. Imagino que esto te gusta bien poco...

Detesto ese tipo de actitudes. Es complicado cambiarlo. Somos una sociedad un tanto anómala, bastante maleducada, muy extraña a veces. Nos creemos avanzados, modernos, europeos, pero nos queda mucho. Este es un país en el que la genialidad y el éxito parecen penalizar y el fracaso del otro genera cierta malsana satisfacción. Hay mucho recelo y mucha mediocridad.

Para acabar, una curiosidad. ¿Estarías dispuesto a dejar el periodismo si pudieras vivir de tus novelas?

Si pudiera vivir de mis habilidades artísticas, de mis pasiones creativas, de escribir, dibujar, pintar, tocar la guitarra, sería maravilloso, pero eso es solo una utopía.

De amor y muerte

Un romance y un crimen se dan la mano en una historia que gira en torno a la fama y los prejuicios. Para leer en una tarde (Ediciones B).