Helen Mirren: la nieta del carnicero de la reina

​A punto de estrenarse Belleza ocular, su último filme, nos sumergimos en la vida de una actriz de talento y una mujer con coraje que tuvo que justificarse por tener un físico 'generoso'. Hoy, con sus 71 años, es la reina absoluta de los escenarios.

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Dicen que por sus venas corre sangre gitana, heredada de su bisabuelo por parte de madre, que era el carnicero de la reina Victoria. Un oficio que pasó a su abuelo y del que Helen siempre se ha sentido especialmente orgullosa. Quizás sea esa la primera reina que aparece en la biografía de una mujer que debe mucho a la realeza. O quizás sea al revés, que la realeza le debe haber sido tan magníficamente representada en tantas ocasiones. Cómo no recordar a aquella reina Carlota de La locura del rey Jorge, que le valió el premio a la mejor interpretación femenina en Cannes en el año 1995. O la Isabel I que encarnó para la miniserie de televisión del mismo nombre y que le dio un Globo de Oro. Por no hablar de su famosísima representación de Isabel II, tanto en teatro como en cine. De hecho, Helen Mirren es una de las pocas actrices que ha ganado cuatro de los grandes y más populares premios del cine –el Óscar, el Bafta, el Globo de oro y el del Sindicato de Actores– y el Tony de teatro por un mismo rol, el de la reina de Inglaterra, un personaje al que la actriz pone en valor también fuera de la ficción: "Esta mujer no solo ha sido nuestra reina. Su imagen, su presencia, ha sido una parte esencial de la vida de mucha gente. Todo el mundo conoce su rostro, pero es una mujer a la que muy pocos conocen", afirmó durante la presentación del regreso de la obra The Audience a los escenarios londinenses el pasado año. Y tras ello se reconoció pro Isabel II, a pesar de sus muchas dudas sobre la monarquía como institución. Y es que Helen no se calla nada, como se puede comprobar echando un vistazo a su vida.

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Una infancia pobre

A pesar de todo este bagaje como reina, Helen habla siempre con humildad, como si no fuera una estrella. Y eso que su familia paterna desciende de la condesa Kaminsky y perteneció al círculo íntimo de los zares. Su abuelo, el coronel Piotr Vasílievich Mirónov, fue enviado a Londres en 1917 para negociar una compra de armas cuando estalló la Revolución rusa: "Al final él pudo traerse a su mujer y a su hijo Vasili, mi padre", afirma la actriz. Así, para cuando Helen llegó al mundo en 1945 con el nombre de Ylyena Vasílievna Mirónova, el pasado aristocrático de su familia era solo eso, un recuerdo del pasado.

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Su padre, que había tocado la viola con la Orquesta Filarmónica de Londres, trabajaba como taxista, y su madre, una niña del East End que no había tenido acceso a la educación y que después vivió el racionamiento, la hambruna y la escasez nacidas de la guerra, no quería oir hablar a su hija de esos deseos suyos de convertirse en actriz: "Mi familia cayó en la pobreza. En mi casa no había televisión, ni lavadora ni automóvil", ha confesado la actriz en alguna ocasión. De hecho, afirma que tuvo que llegar a robar en tiendas para poder comer. Eso sí, pese a todo, sus padres les enseñaron, a ella y a su hermana mayor Kate, que era "muy importante" para una mujer ser independiente: "Por eso no querían que fuese actriz, porque les parecía inestable en el plano económico. Y por eso no estudié teatro. Ellos querían que fuese maestra, y a eso me dediqué durante tres años estudiando Pedagogía. Ahora que tengo una buena posición económica me hace sentir orgullosa, porque todo lo que tengo me lo he ganado yo. Y soy consciente de que la suerte ha tenido un papel importante, pero también he trabajado muy duro para llegar hasta donde estoy", confiesa.

De su madre heredó, además de esta buena educación, el feminismo que siempre la ha caracterizado: "Mi madre fue una mujer muy valiente que llegó a casarse en aquella época con un extranjero cinco años menor que ella. Y le amó muchísimo. Ella era una mujer que tenía que probarlo todo. De hecho, cuando fue mayor y pudo viajar lo hizo conmigo. Siempre la recordaré cuando me acompañó al set de la película Calígula. Allí estaba ella, sentada junto a una extra italiana desnuda y con un pene gigante de oro", recuerda divertida.

"Quitarse la ropa ante la cámara es tan fácil como beberse un vaso de zumo de naranja"

Pero ni su carrera universitaria ni los deseos de sus padres pudieron arrebatarle su auténtico sueño: ser actriz. Tenía 14 años la primera vez que vio una obra de teatro de Shakespeare y el flechazo fue instantáneo: "Me quedé absolutamente maravillada. A partir de ese momento comencé a interpretar pequeños fragmentos de obras de teatro en mi escuela de secundaria. No teníamos un profesor de escena, pero hacíamos esos pedacitos de obras como parte de nuestras clases de Literatura inglesa. Yo lo disfrutaba mucho, siempre quería participar. Ya entonces me di cuenta de que era algo que me salía muy bien, y así fue como empecé a fantasear con la posibilidad de convertirme en actriz", explica Helen.

Isabel II, el mejor papel de su carrera, en teatro y en el cine. Le valió el Oscar a la Mejor Actriz en 2006 por The Queen.
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Con 20 años debutó con Cleopatra en el National Youth Teatre. Después, una a una llegarían las demás damas clásicas: Lady Macbeth, la Hermia de El sueño de una noche de verano, Ofelia en Hamlet... No había duda: el sueño se había cumplido.

Pero su popularidad le llegó tras protagonizar algo muy diferente a una obra de Shakespeare: el Calígula de Tinto Brass (1979), donde Helen interpretaba a la cuarta esposa del emperador, Cesonia, y mostraba su pecho desnudo, "esas almohadas que hoy solo están visibles para mi marido", comentaba divertida tras cumplir setenta años. Aún hoy se la sigue preguntando por la falta de vergüenza y la naturalidad con la que parecía lucir su generoso busto. Ella, como todo, lo tiene muy claro: era joven. Y, aunque se la criticó mucho, la película es hoy objeto de culto. Además, "todo el mundo estaba desnudo, así que era como estar en una zona nudista cada día. En realidad se hubiera sentido más avergonzado alguien que llevara ropa en ese contexto", ha comentado en diversas entrevistas. Y es que, al final, y según dice ella, "quitarse la ropa ante la cámara es tan fácil como beberse un vaso de zumo de naranja". Visto así, complicado no parece, no.

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Con las ideas claras

Sin embargo, sus pechos ya se habían convertido en protagonistas unos años antes, cuando, en 1975, Helen acudió al talkshow del presentador Michael Parkinson para hablar de su papel como Lady Macbeth, uno de los más difíciles para cualquier intérprete. Su sorpresa fue mayúscula cuandó escuchó al presentador cuestionar en voz alta si no pensaba que "sus generosos atributos", dijo mientras señalaba descaradamente su escote con la mirada, podían distraer a los espectadores que fueran a verla al teatro. Afortunadamente, Helen era una joven inteligente y consiguió salir airosa de la difícil situación, quedando muy por encima del presentador: "¿Atributos? ¿A qué te refieres, a mis manos, quizás?", bromeó. En 2011 confesó en una entrevista que concedió a The Telegraph: "Era el primer talkshow al que iba y estaba muerta de miedo. Pero he vuelto a ver aquella entrevista y, qué coño, lo hice bastante bien. Era muy joven e inexperta, pero él era un viejo verde sexista que a día de hoy niega ser así, pero lo es. Por supuesto que lo es". Toda una lección de feminismo contra un gesto que no queda justificado por aquello de que fuera hace 40 años, como algunos pretenden.

Con la Royal Shakespeare Company, en Stratford, el trabajo se mezclaba a menudo con el ocio y los buenos momentos.

Y es que la libertad, ese tesoro que a veces parece patrimonio de la juventud, ha sido siempre su seña de identidad. También su elegancia y su punto extravagante. Es así como se ha embarcado en proyectos tan criticados como provocadores, excesivos y estimulantes –que a algunos nos encantan y recomendamos fervorosamente–, como El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante. También es genial verla en El diabólico plan del doctor Fu Man Chú interpretando una divertidísima versión de Daddy Wouldn't You Buy Me a Bow Wow. Así que, ¿qué nos puede sorprender de ella? Sus memorias. Publicadas cuando cumplió 62 años, Helen explicaba en In the Frame la vida que llevó cuando actuaba con la Royal Shakespeare Company, cuando "visitaba frecuentemente una casa en Stratford –no da más datos sobre qué tipo de casa era, aunque es fácil hacerse una composición de lugar–. Era un cruce entre un fin de semana campestre para pijos, artistas y excursionistas", y añade: "A los chicos les encantaba vestirse de mujer y a las chicas de monjas o fulanas. Y había, por supuesto, drogas, sobre todo marihuana", explica. Sin embargo, su experiencia más terrible con las drogas fue tras un 'mal viaje' de LSD, esa droga alucinógena que causó furor en los sesenta y que destrozó tantas vidas. Reconoce que la sensación inicial fue maravillosa, pero que luego fue horrible, por lo que juró no volver a tomarla jamás.

"Tomé LSD y noté cómo caía al suelo. No sabía qué iba a pasar después. Fue algo terrorífico"

Otro exceso, esta vez provocado por el alcohol, fue el culpable de que desde aquel día luzca un tatuaje en forma de estrella en su mano izquierda. Y no está orgullosa de ello, pero no por lo que podríamos imaginar, sino porque ahora todo el mundo se tatúe: "Yo me lo hice cuando solo los llevaban los marineros y los ángeles del infierno". Pero el tiempo todo lo cambia, y lo calma, y ahora Helen, esa mujer excesiva, es la cara visible de campañas como la de Budweiser, que durante la última Super Bowl apelaba sin piedad a no beber alcohol cuando se va a conducir: "Si conduces borracho eres, en pocas palabras, una persona corta de miras, un completo inútil, una especie de contaminación humana que malgasta el oxígeno que respira".

Aunque siempre ha tenido las cosas claras, no le importa confesar que, aunque hasta ahora siempre había confesado públicamente que no quería ser madre, se arrepiente de no haber tenido hijos: "Siempre he dicho que no, pero mentía. La verdad es que mentía. Tras ver la película Dulce hogar... a veces lloré. Lloré durante veinte minutos seguidos y fue por todo lo que se ve en la cinta: por el hecho de no haber sido madre, y también porque creo que es un sentimiento y una sensación que nunca termina, incluso cuando eres abuela. Me di cuenta de que nunca iba a experimentar nada parecido a eso", explicó el año pasado al The Sunday Times. Su rechazo de la maternidad no fue nunca porque no le gustaran los niños, "son muy graciosos y dulces", explica. El problema fue que "nunca los quise para mí".

Pasión por su familia

Pero más allá de aquellos hijos que no tuvo, Helen tiene una familia a la que adora: su hermana Kate, con la que dice tener una magnífica conexión, dos hijastros "maravillosos" y un marido que es "el amor de mi vida". A Hackford Taylor le conoció durante el rodaje de Noches de sol (1985), esa película en la que actuó junto a uno de los más grandes bailarines rusos, Mijaíl Baryshnikov. Y hasta hoy. También conoció durante un rodaje a su anterior pareja, Liam Neeson. Fue en 1980 grabando Excalibur. Él era un joven de 28 años que pasaba de ser un aspirante a boxeador a un actor de cine. Ella, una mujer de 35 ya reconocida y con fama de liberada y algo escandalosa para algunos. Pero todo acabó cuando Mirren conoció a Hackford.

Es entonces, cuando habla de la familia que tiene, cuando recuerda con tristeza a su hermano menor, Peter, que murió de un cáncer de piel: "En Filipinas, donde él vivía, no saben ni lo que es esa enfermedad. Si hubiera vivido en Australia seguiría vivo". Por cierto, su hermano falleció mientras ella rodaba Las chicas del calendario. El mismo día que se lo comunicaron, Helen debía grabar una secuencia en un funeral, pero en lugar de cancelarla decidió incoporrar ese dolor real a su personaje. Quien haya visto el filme sabe que lo consiguió.

Ahora, Helen se prepara para presentar su último estreno, Belleza oculta, una película en la que este mes la veremos junto a Will Smith, Keira Knightley y Kate Winslet. ¿Volverá Mirren a brillar como solo ella saber hacerlo? No nos cabe ninguna duda.