Araceli Segarra: "Tenía pánico a la oscuridad, incluso a la del pasillo de mi casa"

​La alpinista nos cuenta cómo consiguió superar sus mayores miedos, esos de los que un buen día te das cuenta que lo único que hacen es impedirte crecer y ser feliz. Y se puede. Ella es un gran ejemplo.

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Fue la primera española en alcanzar la cumbre más alta del mundo, y además lo hizo en terribles circunstancias. Días antes de su proeza sucedió la gran tragedia del Everest, llevada al cine el año pasado, donde ocho escaladores perdieron la vida. ¿Miedo?: "Sí, de esos que te salvan la vida", afirma Araceli Segarra. Lo que no sabíamos hasta que hemos hablado con ella es que, por aquel entonces, Araceli ya había superado su primer gran miedo, el que le enseñó que hay temores absurdos que debemos afrontar y vencer.

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Siempre hay un primer miedo en el que nos damos cuenta de que somos valientes. ¿Cuál fue el tuyo?

Fue el primero que vencí. De pequeña, debía de tener entre cinco y siete años, tenía pánico a la oscuridad, incluso al pasillo de mi casa, que era muy largo, con mi habitación al fondo. Recuerdo que yo encendía la luz al entrar en el pasillo y cuando llegaba a la habitación gritaba para que alguien fuera a apagarla. Y si no había nadie, encendía la luz de mi habitación, dejaba la puerta abierta, apagaba la del pasillo y volvía corriendo a mi habitación. Pero aquella oscuridad que tanto miedo me producía dejó de ser un problema cuando empecé a practicar la espeleología. En aquellas cuevas verticales y profundas pude vencer ese temor. Cuando bajé a una sima por primera vez, con 15 años, y vi que podía superarlo pensé que había hecho el imbécil todo ese tiempo.

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¿Han ido cambiando tus miedos con el tiempo?

Sí. Como te he comentado, empecé a practicar espeleología porque por un lado me daba miedo la oscuridad, pero por otro me atraía. El deseo de descubrir, esa pasión por la aventura, hizo que me olvidase y superase aquel miedo de la infancia. Luego vinieron otros miedos que, como dices, han ido cambiando con el tiempo.

¿A qué temes ahora realmente?

A mí esa nada que hay tras la muerte no me hace ninguna gracia, pero no la puedo evitar, aunque haré lo que pueda por retrasar el momento. Si me llega con 117 años, pues mejor, y a ser posible con dientes [risas]. Y luego hay cosas que me generan una mezcla de miedo e incertidumbre y entonces me pregunto inquieta: "¿Qué va a pasar si llego a los 117 años y solo tengo una pensión de 500 euros al mes, si es que la tengo?". Hay cosas que son muy prácticas que me provocan ese mezcla de sentimientos. Y poco más. Los miedos subjetivos pueden planear, pero cuando los tengo delante los analizo e intento cambiarlos sin dejar que se enquisten. Eso sí, hay que trabajar en ellos, poner energía en vencerlos o en prepararse bien para tener esa confianza necesaria que hace que el miedo desaparezca. Las cosas no son gratis, pero, trabajando con energía, si sabes a qué te enfrentas puedes solucionarlo.

Has hablado de esos terribles miedos subjetivos...

Que son absurdos, además. De ellos hay que librarse. Esos miedos no aportan nada, únicamente nos limitan. Son los que hacen que se nos escapen tantas oportunidades... Recuerdo cuando me plantearon formar parte de esa expedición IMAX con la que alcancé el Everest. Yo apenas hablaba inglés y tenía que ir a hacer un casting a Londres. Me lo tuve que gestionar todo: ir al aeropuerto, buscar el hotel, hacer la prueba... Desde casa, pensar en todo aquello se me hacía una montaña, y solo por no saber un idioma, pero di el primer paso, que era comprar el billete de avión, y eso me llevó a dar un segundo paso, y un tercero... Cuando te das cuenta, has llegado mucho más lejos de lo que pensabas. Además, la primera vez que superas un miedo así se te queda un as en la manga, y cuando vuelves a estar en una situación parecida piensas: "Si una vez pude, otra también".

En la expedición IMAX, días antes de la gran tragedia del Everest, vuestro equipo había intentado subir, pero cambiasteis de idea. En estos casos, ¿es el miedo el mejor consejero, el que te dice que vuelvas a la base, o no se trata de miedo?

Sí, un poco sí. Nosotros nos dimos la vuelta dos días antes porque el viento nos indicaba que había una tormenta en altura. En ese mismo momento no tienes miedo porque sabes que estás a salvo, pero también sabes que si sigues subiendo lo vas a pasar mal. Yo creo que esos son los mejores miedos que podemos tener, porque esos miedos objetivos son los que te salvan la vida. Para mí la aparición de uno de esos temores es una alarma muy evidente para darme la vuelta e intentarlo otro día.

Cuando ya decidisteis subir, en tu ascenso pasaste junto a los cuerpos de compañeros que unos días antes habían sido tus vecinos de tienda de campaña. ¿Cómo se supera ese horror y se logra seguir adelante pese a todo?

Hay muchos ingredientes que te ayudan. Uno es la motivación que tú tienes, en este caso alcanzar la cumbre. Creo que si consigues una razón para hacer algo, por muy mal que te vayan las cosas siempre vas a tener ese motivo para seguir adelante. Y hay otro ingrediente que para mí es muy importante, que es con quién hago las cosas. Cuando estás en un grupo, rodeado de una serie de personas con las que tienes muy buen rollo y una compenetración muy fuerte, te llegas a sentir tan orgulloso y afortunado por estar con ellos que de ahí sale gran parte de la energía con la que cargas tu batería personal, y eso te ayuda a seguir. Estar con esa gente es un regalo, y de alguna manera te quitan las penas, el miedo, y no quieres desaprovechar esa oportunidad que tienes ahí y en ese momento.

En algunas ascensiones, como la del Gasherbrum I, has tenido que abandonar estando solo a setenta metros de la cima. ¿Por qué y cómo se toma una decisión así tras haber subido casi ocho mil metros?

Ahí sí que corríamos peligro. En este caso estábamos escalando solamente dos, mi compañero y yo, y esto no tiene nada que ver con las expediciones que se hacen, porque el límite de seguridad es mucho más fino. Son casos en los que hay que ser muy rápido y tener muy claras las decisiones que se toman. Hay que saber muy bien cuándo darse la vuelta. Y es una decisión que duele, sí, pero con el tiempo y con la experiencia te va doliendo menos, porque vas aprendiendo que esas decisiones son siempre correctas. También ayuda el esfuerzo, saber que has hecho todo lo posible, aunque no lo hayas logrado. Yo no estoy de acuerdo con el concepto de fracaso, pero sí con el de decepción, que es como te puedes sentir contigo mismo cuando no logras algo y en tu interior sabes que no te has esforzado lo suficiente.

Para acabar, ¿cómo sabes cuándo estás ante un peligro de verdad o cuándo ante un reto?

Creo que en el fondo es una cuestión de experiencia. Los niños pequeños todavía no tienen miedo a muchas cosas porque no han experimentado una caída, por ejemplo, pero en el momento en que se caen van tomando conciencia. A nosotros nos pasa lo mismo: vas aprendiendo en qué lugares te vas a encontrar con un miedo real. Pero, en mi caso, me pesa más no haberme atrevido a intentar hacer algo que quiero. Siempre y cuando, claro está, esto no traspase los límites del peligro. Volver a casa sabiendo que no me he atrevido a probar algo, sin duda me dolería mucho más.

Lecciones de altura

La montaña es una gran maestra. En ella, Araceli ha aprendido que la vida "es muy corta, muy frágil y que la desaprovechamos muchísimo. Perdemos el tiempo invirtiendo energía en cosas que ni nos van a llevar a ningún lugar ni tienen sentido. Lo único que importa es el ahora y yo voy a intentar aprovecharlo lo mejor que sé, divirtiéndome lo máximo posible, cabreándome lo menos que pueda y evitando ese mal rollo de los demás que no necesito, no lo necesitamos nadie".

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