Isabel Muñoz: "La vida es un baile"

​La última Premio Nacional de Fotografía ha recorrido el mundo buscando la belleza, incluso la que se esconde tras duras realidades que no duda en denunciar. Una mirada que, como ella dice, siempre debe pasar por el corazón.

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Nacida en Barcelona, aunque desde muy joven vive en Madrid, Isabel Muñoz tiene la mirada de una mujer sensible y fuerte. Por sus ojos han pasado historias hermosísimas y otras de una crueldad heladora. Pero ella no se detiene. Comprometida con su trabajo, no tiene miedo a mostrar la realidad, aunque siempre busca la luz al final del túnel, esa belleza escondida que muchas veces cuesta encontrar. Por todo eso y por su trayectoria, ha recibido el Premio Nacional de Fotografía, un galardón que reconoce haber recibido "con mucha ilusión". Hoy, a sus 65 años y tras todo lo vivido y todo lo que presume que le queda por vivir, dice no tener miedo a la muerte, pero, reconoce, "no estoy preparada para sufrir".

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Cuentas que un maestro te dijo: "Lo importante es ver". ¿Cómo es la mirada del fotógrafo?

Creo que hay muchas formas de ver y que es importante no hacerlo solo con los ojos, sino con la piel, el tacto... La mirada tiene que pasar siempre por el corazón, no solo por el cerebro. Cuando se consigue ver de esa forma es algo muy especial.

¿Qué huella te gustaría dejar en quien ve tu obra?

Depende de los temas, pero siempre me gustaría que esa persona sintiera algún tipo de emoción ante mis fotografías. También está el hecho de compartir y de entablar una complicidad con quien mira, esa persona que termina, en cierto modo, el trabajo que tú has hecho.

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Al repasar tu trabajo da la impresión de que prefieres el blanco y negro al color. ¿Por qué?

Sigo viendo la vida en blanco y negro, aunque me encanta el color. A lo mejor es porque me gusta poner orden en la vida, y sobriedad. Y me encantan las sonrisas y la alegría, no te creas. La nota de color... [se queda pensando]. Es una buena pregunta, creo que debería pensar más en por qué el blanco y negro. Me ha dado el misterio y la intemporalidad, que para mí son importantes. A veces, la realidad es tan real... Y es curioso, porque hay temas en los que no puedes jugar con la distancia que te da el blanco y negro. Ahora mismo estoy investigando sobre el color porque, a través de las nuevas tecnologías, puedo conseguir esos tonos que antes no podía alcanzar. Un color más misterioso, más onírico. Estoy en ese momento de descubrimiento.

Una de las fotografías de Isabel Muñoz de la muestra Tango

Tu serie sobre las drag queen no se resistió al color...

Sí, y es curioso, porque lo empecé en blanco y negro. Hacía fotos y más fotos y no acababa de conseguir lo que quería: "Le falta algo", me decía. Y lo que le faltaba precisamente era el color. No puedes hablar de las reinas de la noche sin el color.

El cuerpo humano, la piel, el movimiento son algunas de las constantes de tus fotografías. ¿Qué nos cuentan?

Nos hablan de nosotros, de cómo somos. Somos como libros. Me gusta contar cosas a través del cuerpo, pero tienes que tener mucho cuidado al observar lo que cuenta y cómo lo cuenta, y por eso es fascinante. No hay ninguna fórmula a la hora de fotografiar, la única que yo conozco es la de amar. Cada ser humano es distinto, cada tema es distinto y lo tienes que contar de diferente manera.

Forma parte de ese universo, pero creo que la danza merece una atención especial, porque te apasiona.

Creo que nací bailando. ¿Sabes? Hubo un momento antes de las fotografías en que me hubiera encantado bailar de una forma seria, pero en aquella época no me lo permitieron. Es algo que siempre está presente. Yo no puedo bailar como lo haría una profesional, pero he podido disfrutar de la danza con mi cámara.

Es otra forma de bailar.

Así es. Creo incluso que la vida es un baile. Cuando estoy detrás de una foto y no la consigo, digo: "Isabel, báilala".

Increíble imagen de la serie Etiopía, primates
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¿Cuando comenzó tu compromiso con la denuncia y el reflejo de realidades tan duras como el tráfico de niños en Camboya o las esclavas sexuales?

Pues fue precisamente en Camboya. Iba buscando la belleza y me encontré con otra realidad que me mostraron Gervasio Sánchez y el jesuita Quique Figaredo. Un día me dijeron si quería ir con ellos a visitar a un niño amputado. Acepté. Entonces me di cuenta de que no estaba contando la verdad: estaba hablando del cielo sin hablar del infierno. Y me sentí mal. Luego la vida te va mostrando cosas y evolucionas, ¿no crees?

Después de aquello has fotografiado temas muy duros. ¿Alguna vez has tenido ganas de tirar la cámara?

Muchas veces, por eso digo que no soy una buena reportera. Ha habido cosas que no he querido fotografiar por la dignidad de las personas. Y he sentido esa rabia que dices, pero a veces hay realidades duras que se deben más a un tema cultural, no hay ni víctimas ni victimarios. En ese caso, aunque sientes mucha rabia, Quique me enseñó que no somos quiénes para juzgar.

¿Un ejemplo?

El tema de las maras. Con ese trabajo solo pretendía ser testigo de una realidad. Es un tema que toca a las familias más desfavorecidas, a mujeres que tienen que cuidar de varios hijos con un sueldo de 50 euros al mes, niños que se crían en las calles. Quizás si yo hubiera nacido en esas circunstancias también habría sido marero. Por eso este trabajo me costó mucho: quería que fuera el espectador el que pensara en ello. Y con el tema de las esclavas sexuales en Camboya... Con ese lo pasé realmente muy muy mal. Tengo que confesarte que me costó horrores: sentía muchísima rabia cuando fotografiaba a los clientes, a los proxenetas.

"Ha habido cosas que no he querido fotografiar, y veces en que he sentido muchísima rabia al hacerlo"

Las maras, una Etiopía en guerra, ese tren de la muerte que lleva a inmigrantes desde Centroamérica a EE.UU. y en el que la vida no vale nada... Todos han sido objetivos tuyos. ¿Has pasado miedo alguna vez o no se piensa en ello?

Sí, muchas veces. He pasado mucho miedo, pero no lo puedes demostrar ni lo dices. Eso sí, tengo muy claro que el miedo no me va a impedir hacer un trabajo si yo creo que tengo que hacerlo.

Has viajado por casi todo el mundo con tu cámara, y quizá has podido tener problemas en algunos lugares por ser mujer. ¿Es así? ¿Te has visto obligada a abandonar algún trabajo?

Sí, y, como dices, he tenido que 'posponer' algunos trabajos, que la palabra 'abandonar' no me gusta. De hecho, desde 1992 llevo detrás de uno que se resiste, pero esperaré lo que haga falta: pienso seguir intentándolo [risas]. Por otro lado, ser mujer es un privilegio, porque eso me ha acercado a otras mujeres que nunca hubieran mirado a un hombre como me miraban a mí. Y gracias a eso he podido tener una complicidad con ellas y hablar, y conocer su historia... Cosas a las que no habría tenido acceso de haber sido un hombre.

¿Qué proyecto es ese que se te resiste?

Uno sobre el sumo, fíjate.

Uno de tus trabajos más especiales es Infancia, realizado para Unicef para mostrar la realidad y los derechos de los niños en el mundo. ¿Qué aprendiste de todo aquello?

Aprendí muchas cosas sobre los niños, sobre su generosidad, sobre el poder de soñar... ¡Fue un trabajo tan bonito y tan duro a la vez!

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A pesar de que a muchos les han robado la infancia de modos terribles, ¿aún sueñan?

Sí, ese es el poder que tienen los niños. Pueden estar pasando por el momento más duro y siguen siendo capaces de soñar, de ser generosos. Creo que eso es algo que los adultos muchas veces perdemos.

Isabel, ¿cómo sales de todo lo vivido?

Aprendiendo de la fuerza con la que muchos salen adelante, de la que tienen las mujeres en el Congo, totalmente desprotegidas, para afrontar cada día... Y amando, porque amando se sale de muchas cosas. La vida es fascinante.