¿Y si nuestra heroína fuera Marie Curie?

​​Olvidémonos de modas y looks y pensemos en las redes sociales como una forma de seguir a mujeres como la científica polaca Marie Curie. ¿Qué aprenderíamos si fuésemos sus followers?

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Cansadas de ver cómo las Kardashian inundan las redes con su talento para hacer no sabemos qué? ¿Hartas de que las peleas más bobas entre famosas se conviertan en trending topic? Pues vamos a imaginar un futuro posible en el que las mujeres valientes, inteligentes, las que contribuyen a mejorar nuestras vidas fueran las reinas de las redes sociales. Un mundo en el que la neurobióloga Mara Dierssen fuese objeto de virales gracias a sus investigaciones sobre el síndrome de Down. Y que también supiésemos que tiene un grupo de pop rock con el que recauda fondos para financiar ensayos clínicos. O en el que la bioquímica Margarita Salas tuviese millones de likes por ser la primera española en ingresar en la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos. Y, puestas a imaginar, imaginemos qué sabríamos de mujeres extraordinarias como Marie Curie, Emmy Noether o Maria Petrocini. Probablemente, sabríamos tanto de ellas como el periodista Jorge Alcalde, director de la revista Quo y autor del libro Arquímedes, el del Teorema (Planeta). Con él hablamos dispuestas a comenzar una revolución. Al menos, en nuestras mentes.

La ciencia más adictiva. Jorge Alcalde nos deleita una vez más con una entretenidísima e interesante lectura que nos hará amar la ciencia (Planeta)
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Soldado Marie

Fue la primera en muchas cosas: la primera mujer graduada en Física por la Universidad de La Sorbona, la primera en ganar un premio Nobel, la primera en ganar dos –porque ella tiene el de Física y el de Química–, la primera mujer miembro de la Academia Francesa de Medicina... Pero Marie Sklodowska-Curie, nacida en 1867, tuvo que enfrentarse a obstáculos muy importantes. Los dos más grandes: ser mujer en una época en la que ser científica no estaba bien visto. De hecho, tenían muy difícil acceder a los altos cargos de la universidad, a los puestos educativos de prestigio, incluso les estaban vedadas algunas licenciaturas. Y el segundo, al que se enfrentó al principio de su vida, fue haber nacido en una Polonia invadida por la Rusia zarista donde se le impidió acceder a una educación en su idioma y en buenas condiciones.

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Como no somos sus followers, tenemos la idea de que fue una mujer fría. La reacción que tuvo cuando supo que su marido, Pierre, había muerto atropellado fue decir: "Nunca fue un hombre cuidadoso. Ni cuando caminaba, ni cuando montaba en bicicleta... siempre iba pensando en sus cosas". Así visto, no parece que su relación fuera apasionada: "Pero vivieron felices juntos, probablemente porque lo que más amaban era el objeto que compartían, la investigación científica. Se amaban el uno al otro en cuanto que los dos amaban profundamente la ciencia", afirma Alcalde.

Sin embargo, Marie dio la vida por salvar a la humanidad. Algo en el fondo muy pasional. Y es que, como nos cuenta Alcalde, fue una mujer extremadamente valiente: "Como soldado durante la Primera Guerra Mundial, Marie viajó al frente en Francia con una pequeña porción del radio con el que había estado investigando con la intención de poder aplicarlo en rayos X para curar a los heridos en la batalla, acción que no solo puso en riesgo su vida, sino también la de su hija, de 17 años, que la acompañaba –posteriormente Irene Joliot-Curie se convertiría en una gran científica a la altura de su madre, y fue galardonada con el Nobel de Química en 1935–. De una manera más dilatada, dio su vida por la Ciencia. Ella sabía, igual que lo sabía su marido, que investigando con radio se estaban produciendo a sí mismos una gravísima enfermedad". De hecho, hoy sabemos que las radiaciones ionizantes producen cáncer y tanto Marie como su hija fallecieron como consecuencia de una leucemia.

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Y llegó el escándalo

Lo que pocos sabían, solo sus seguidores más acérrimos, es que esta mujer de ciencia a la que tanto le debemos se vio acosada por la prensa rosa de la época, tema que en gran parte centra la película Marie Curie, de Marie Noëlle, que acaba de llegar a los cines. Por cierto, si quieres ver otra faceta de la científica no te pierdas la excelente Madame Curie, de 1943, basada en la biografía que escribió su hija pequeña, Ève.

Tras la muerte de su marido, Marie mantuvo lo que parece ser un romance con el investigador Paul Langevin, un hombre casado, y fue castigada por ello. Eso una mujer no se lo podía permitir. Tampoco hoy es algo que nos perdonen fácilmente, cosa que no les sucede a ellos: "Podríamos decir que fue la primera víctima del acoso de la prensa del corazón, y eso que no sabemos hasta qué punto la relación que mantuvieron ella y Langevin fue apasionada o solo una gran amistad, pero aquello no gustó a la sociedad francesa de la época", señala Alcalde.

Portadas de periódicos que ponían en duda su honradez, comentarios poco afortunados que la tachaban de adúltera, el acoso de los que hoy son llamados paparazzi y cierta condena al ostracismo fueron algunos de los feos gestos que Marie, una mujer que tanto había hecho por el desarrollo de la salud y de la ciencia, tuvo que soportar. Pronto parecían haber olvidado a la científica y a punto estuvieron de no hablar del gran logro que supuso que ganase un segundo Nobel, esta vez el de Química, interesados solo por el morbo de su affaire. Afortunadamente, todo pasó y "la imagen de la científica se sobrepuso al escándalo", apunta Alcalde.

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Un señor llamado Emmy

Tampoco fueron las cosas fáciles para Emmy Noether, una prestigiosa matemática judía que tuvo que trabajar sin cobrar por el hecho de ser una mujer de ciencia. Albert Einstein, uno de las hombres que luchó por la igualdad en este campo, escribió tras su muerte: "Fue el genio más significativo y creativo que se ha producido desde que las mujeres tienen acceso a la educación superior. En el mundo del álgebra, en el que los matemáticos mejor dotados se han empeñado durante siglos, ella descubrió métodos que han resultado de enorme importancia para el desarrollo del pensamiento de las jóvenes generaciones de científicos. [...] Nunca logró el reconocimiento académico en su propio país, pero fue capaz de reunir a su alrededor a un grupo de brillantes profesores y estudiantes que ahora ejercen de distinguidos profesores e investigadores. Un trabajo generoso y valioso que fue pagado por las autoridades alemanas con el desprecio, lo que le impidió acceder a los mínimos requerimientos de su modesta forma de vida y continuar su carrera".

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Nacida en Erlangen (Alemania) en 1882, esta mujer que Alcalde describe como "ruda, entrada en carnes y generosa a la hora de alzar la voz" es otra de nuestras heroínas. "No existía una prohibición de facto para que las mujeres ingresaran en la universidad, pero los obstáculos eran casi insalvables. De hecho, cuando Emmy llegó a la Universidad de Erlangen-Núremberg, solo había otra chica entre los novecientos alumnos inscritos. Ambas debían asistir como oyentes, sentarse en las últimas filas y solicitar un permiso por escrito a cada profesor que impartía la clase", cuenta el periodista. Pero nada pudo parar a Emmy. Aun más, se forjó en ella el deseo de llegar a ser una prominente miembro de la comunidad científica, y lo logró. Aunque tuviera que convertirse en 'señor': "Así la llamaban, 'señor' Noether. Solo si firmaba los textos como un varón tenía alguna opción de que fueran leídos por el profesorado. Una vez más, por el hecho de ser mujer vio velados sus esfuerzos. Pero con su empeño, su inteligencia y la ayuda de unos amigos hombres, Emmy se permitió publicar artículos científicos en revistas muy prestigiosas, aunque siempre firmados con nombre de varón", explica Alcalde.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la matemática pudo volver a impartir clases y a usar ya su nombre, obteniendo un gran reconocimiento internacional, pero su origen judío la obligó a marcharse a Estados Unidos, donde murió a los 52 años.

Emmy no es una mujer muy conocida entre el gran público hoy en día, todo lo contrario que Marie Curie. Sin embargo, Einstein no hubiera llegado a enunciar su teoría de la relatividad sin los cálculos matemáticos de la científica a la que tanto admiraba, como él mismo reconoció.

La primera cirujana

Es probable que no hayas oído hablar de Maria Petrocini, pero su historia nos incumbe a todas. Nacida en 1759 en Rávena (Italia), ella se empeñó en ser cirujana en una época en la que esto era imposible siendo mujer: "El Colegio de Médicos de Florencia argumentaba, entre otras cosas, que las mujeres no tenían pulso, fuerza ni estado de ánimo suficiente para serlo", nos cuenta Alcalde. Pero María, casada con un cirujano con quien había estudiado a escondidas, sabía que no era así: "Ella sabía diseccionar un cadáver, abrir un órgano, quitar un tejido... Era evidente que tenía las mismas cualidades profesionales que un hombre".

Su marido, Francesco, que tanto la apoyó, no le solía contar a su mujer toda la verdad de lo que escuchaba por no desanimarla. No le decía que, en más de una ocasión, había dejado caer entre algunos colegas del hospital la idea de que una mujer practicara la cirugía. Y no le contaba tampoco que la opinión casi unánime de todo el que quería escucharle era la misma: las mujeres son buenas asistentes del médico, son cuidadosas en las curas, hábiles en el consuelo, reparan con eficacia una muela rota y ponen vendas primorosamente... pero el bisturí es otra cosa. No está hecho para ellas: "Pero tras superar las pruebas María logró practicar la cirugía, con una sola excepción: tuvo que jurar que no practicaría jamás una castración a ningún infante sin la aprobación previa de un doctor facultado para ello", señala divertido el autor de Arquímedes, el del teorema.

Por cierto, María no fue solo laprimera cirujana. También fue autora de un tratado esencial en el mundo de la pediatría que acabó con ciertas costumbre perjudiciales para los bebés, entre otras cambiar por ropas suaves y cómodas las vendas que les ponían y que podían provocar deformidades.

Cazadoras de estrellas

Reconoce Alcalde que las cosas han cambiado para las mujeres, pero queda camino por recorrer: "El mundo de la ciencia sigue siendo machista, aunque es un mundo en el que deberían estar las mentes más abiertas y cosmopolitas, menos sexistas, de las que, por supuesto, también encontramos muy buenos ejemplos". Y es que todas conocemos casos como el de Williamina Fleming, la cazadora de estrellas peor pagada de la historia. Ella fue una de las doce mujeres que se dejaban las pestañas en el observatorio de la Universidad de Harvard a principios del siglo pasado viendo placas fotográficas en las que distinguir estrellas de referencia. Una labor tediosa y ardua para la que eligieron a mujeres por el simple hecho de que ellas cobran menos. Algún día lograremos que esto cambie.