Andrea Casiraghi: así es el miembro más desconocido de la dinastía Grimaldi

Lacónico, de inteligencia ágil, habitual de Ibiza, hippie posmoderno, millonario con ramalazos de austeridad y desinteresado por el protocolo. Así es él: Andrea Casiraghi.

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Su eterna cara de efebo adolescente, su porte y melena de surfero californiano y su expresión lánguida, como de modelo atribulado, le acercan más a la estética instagramera o a una campaña de ropa interior masculina que a la de una de las dinastías más longevas y controvertidas de Europa. Andrea Casiraghi (Montecarlo, 8 de junio de 1984) es uno de los miembros más desconocidos de los Grimaldi, esa portentosa familia que en 700 años de historia jamás ha visto tambalear el trono de Mónaco, pero de la que se habla más de si hay un topless en verano o un perrito nuevo paseando por palacio que de su coqueteo con los nazis o sus pulsos con De Gaulle en la década de los cuarenta. Por ese savoir-faire que tienen los aristócratas, hay algo inherente en el guapísimo primogénito de la princesa Carolina que le hace lucir altivo un esmoquin en el baile de la Rosa del principado con la misma naturalidad que unas alpargatas con pareo por Ibiza. Él es la viva imagen de lo que supone ser un Grimaldi: la defensa a ultranza de un país diminuto y de su título, deberse a su pueblo en las fechas señaladas, sin excepciones ni excusas y, el resto del tiempo, 'living la vida loca'.

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Agente inmobiliario de lujo

Herederos de los negocios inmobiliarios de su padre, Andrea y Pierre Casiraghi han promovido la construcción de La Petite Afrique, uno de los edificios más lujosos de Mónaco, a 1000.000 euros el metro cuadrado y construido con materiales ecológicos.
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Que el hijo mayor de la princesa Carolina de Mónaco y Stefano Casiraghi no se prodiga en medios ni en hacer declaraciones es un secreto a voces. Alejado del protocolo y de la vida oficial de la familia (apenas se le ve en actos públicos, más allá del Día Nacional, el de la carrera de Fórmula 1), de sus negocios se sabe menos aún. Formado en artes visuales y política internacional por la Universidad Americana de París y Máster en Management por el IE Business School de Madrid (donde vivió entre 2014 y 2015), ¿a qué se dedica en realidad?

Más de una obviedad parece indicar que no necesita ganarse la vida. No tanto por lo que pueda heredar por la rama Grimaldi, sino por lo que ya ha heredado de la opulenta familia italiana Casiraghi. Accionista mayoritario, junto a su hermano Pierre, de la prestigiosa constructora de su padre, Engeco, hace meses los negocios millonarios de los dos hermanos saltaron a las primeras páginas de los diarios económicos cuando su compañía cerró un ingente negocio en la milla de oro de Mónaco –si es que en Mónaco hay un centímetro que no sea de oro–. Son promotores de un edificio de viviendas de lujo de 700 metros cuadrados llamado Le Petite Afrique. El proyecto, cuyo concurso ganó el prestigioso estudio brasileño Isay Weinfeld, se elevará junto a los jardines del casino y se tasó en un valor de 100.000 euros el metro cuadrado. Todas las viviendas volaron al poco de salir a la venta (el ático puede haberse vendido por casi 200 millones de euros) gracias a la labor de los hermanos Casiraghi como 'agentes inmobiliarios'.

Andrea no ha hecho declaraciones sobre el proyecto, pero su hermano Pierre, menos parco en palabras, se aventuró a decir: "Los clientes ya no quieren materiales caros ni las ideas extravagantes de los arquitectos estrella. Prefieren convertirse en el centro del proyecto y que su calidad de vida mejore". Los hermanos han puesto especial interés en un concepto new age ecologista con jardines verticales, muros acristalados y un spa. La presencia del agua es clave en la creación de los ambientes: "Quizás, a base de preocuparnos por el individuo, podamos convertirlo en tendencia", añadía un orgulloso Pierre sobre uno de los proyectos más modernos y ambiciosos de la Costa Azul.

Matrimonio millonarioy hippy

Mucho más se ha sabido de sus juergas de adolescente y sus viajes por el Mediterráneo que de una vida medianamente ordenada. Hay quien cree que su extrema delgadez y sus ojeras interminables no podían ser sino la consecuencia de una vida disipada. Hasta que, eso sí, en 2004 conoció a Tatiana Santo Domingo: una joven de origen colombiano, millonaria, cosmopolita, algo extravagante, poco sonriente y temperamental. Amiga íntima de su hermana Carlota, con quien estudió en el Liceo Fontainebleau de París, se formó en Suiza, Londres y París mientras viajaba por todo el mundo con el exceso propio de las fortunas más rocambolescas. Los poderosos negocios de su familia están en las telecomunicaciones, la cerveza y los rascacielos. Su suegra la describió en su momento a sus más allegados como "rica, guapa y educada", por ese orden; Forbes la ha calificado como una de las mayores herederas de menos de 40 años. Las revistas de moda de todo el mundo la señalan desde hace un tiempo como una de las mujeres más elegantes por su impecable estilo 'hippie chic bohemio'.

En el verano de 2012, y tras siete años de noviazgo, la casa real monegasca anunciaba el compromiso de Andrea y Tatiana, pero el embarazo de esta atrasó la fecha de la boda, que no sería hasta agosto de 2013, momento en que se casaron por lo civil en el palacio de Grimaldi ante 400 personas, ninguna de ellas de las casas reales europeas. En enero de 2014 hacían lo propio por la Iglesia, como dinastía católica que son, en la localidad suiza de Gstaad, que Tatiana adora especialmente, y con la petición expresa a los 300 invitados de no difundir fotos a través de las redes sociales. La boda fue como de cuento de hadas: la iglesia decorada con flores blancas colgantes, nevando en la noche invernal de los Alpes, la novia vestida de Valentino con capa de cachemir ribeteada de piel y tocada con la tiara Fringe, de Cartier, que perteneció a la princesa Carlota de Mónaco, madre de Rainiero.

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En marzo de 2013 ya había nacido el primer hijo de la iconoclasta pareja, Sasha, que no vino al mundo en el hospital Princesa Gracia, en Mónaco, sino en Londres, donde residen. Dos años después nacería allí su segunda hija, India. Los niños ocupan, respectivamente, el quinto y sexto lugar en la línea sucesoria.

Desde entonces, son poquísimas las ocasiones en que se ha visto a los cuatro reunidos, salvo en algunos de los citados actos señalados. Y así son Andrea y Tatiana, más proclives a dejarse fotografiar a bordo de Pachá III en el Mediterráneo que de paseo por las calles de Londres. Atípicos y reservados, son, desde luego, únicos.

Andrea y Tatiana posan junto a la familia real de Mónaco en el último Día Nacional del Principado

El trono perdido

Desde la muerte de su padre en un accidente náutico cuando Andrea tenía seis años, el mundo ha tenido la mirada puesta en el bello príncipe de ojos azules, aunque sin tomarle demasiado en serio. Pero también es cierto que el mundo –y, sobre todo, los monegascos– le ha mirado siempre con mucha indulgencia, ya que, según los más supersticiosos, los Grimaldi son una familia "desgraciada". Mientras fue veinteañero, se habló más de sus trabajos como modelo y de las pintas que llevaba saliendo de marcha que de su papel en la familia, mientras la revista Forbes seguía nombrándole, de año en año, uno de los 50 hombres más guapos del mundo. Pero ya.

¿Era, de verdad, un heredero a tener en cuenta? En 2011 pasó a un segundo plano cuando el impertérrito Alberto de Mónaco se casó con la sudafricana Charlene Wittstock. Así lo explicaba Mª Eugenia Yagüe en su libro Los Grimaldi: "Por imperativo legal, debe tener hijos, porque si no, el heredero será su sobrino Andrea (nombrado por el propio Rainiero heredero de la Corona si el príncipe Alberto no tenía hijos dentro del matrimonio) y este tiene una imagen de juerguista que no es apropiada para el principado". Aquella boda, en la que un frío príncipe Alberto solo se dirigía a su reciente esposa con uno lacónico "deja de llorar", dio por resultado un heredero en 2014, cuando nacieron su hijo Jaime y su melliza, Gabriela. Andrea perdió así su futuro como monarca del principado, tras lo cual solo ostenta el título de carabinero del príncipe de Mónaco. ¿Lo lamentó? ¿Se sintió liberado en el fondo? Los que le conocen afirman que "jamás habla de esa cuestión". Es un libro cerrado.

Sin ser impecable en el trato como su hermana Carlota, ni tan simpático ni hablador como Pierre, parece ser el más tímido y sensible de los tres. De hecho, lleva siempre una foto encima de su padre, aunque desde los nueve años no ha participado en un solo acto oficial en su memoria. Quizá por eso está implicado en una serie de compromisos filantrópicos y benéficos a los que dedica tiempo y dinero. Durante los años 2008 y 2009, por ejemplo, fue cooperante en Senegal con la Fundación AMADE (Asociación Mundial de Amigos de la Infancia), creada por la princesa Gracia, una entidad con la que colabora visiblemente siempre al lado de su madre.

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Pocos le conocen bien, y los que lo hacen se muestran reticentes a hablar de él con los medios. ¿Es culto? ¿Le gusta viajar? ¿Cuántos idiomas habla? ¿Qué aficiones tiene? ¿Por qué vive en Londres? ¿Qué hizo durante el año y medio que vivió en Madrid? Aseguran que le gusta hacer bromas sobre sus antepasados plebeyos, como su abuela Gracia, una de las actrices fetiche de Hitchcock, o la abuela y la bisabuela de Rainiero, que fueron cabaretera y lavandera turca, respectivamente. O, sin alejarse tanto en el tiempo, su padre, Stefano Casiraghi, empresario, millonario, pero plebeyo hasta las cejas. También sabemos que no abandona nunca ese rictus de díscolo oficial de la familia. Es opaco en lo referente a su vida personal y su único vicio conocido es el tabaco. Le gustan los deportes de nieve, el fútbol y la hípica.

Una familia muy particular

Nada o casi nada parece típico o predecible en ningún miembro de la familia Grimaldi. Yagüe se ha referido siempre a ellos como una familia "muy particular, diferente y singular. No se parece en nada a ninguna otra familia real o principesca". Monarcas del segundo país más pequeño del mundo (de apenas dos kilómetros cuadrados), fue la boda de Rainiero con la estrella de cine Grace Kelly en 1956 la que situó el diminuto principado en el mapa de Europa, hasta entonces ninguneado por insignificante. La aristocracia europea, las estrellas de Hollywood y los millonarios de todo el mundo posaron su mirada en la Costa Azul, aunque desde aquel momento, en palabras de Yagüe, "el Mónaco de los últimos Grimaldi merece figurar en un apasionante guion digno de una tragicomedia: bodas y divorcios sonados, accidentes brutales, estafas, guerras de familias y tragedias".

Y eso es lo que fueron, tragedias sin precedentes, las que marcaron a esta familia en apenas diez años. Primero, la muerte de la princesa Gracia en un accidente de coche en 1982 y, segundo, la del marido de Carolina en 1990. Jovencísima viuda, destrozada, con su diminuto país apoyándola y el mundo entero llorando su desgracia, todos los ojos se posaron sobre ellos. Mientras Alberto alimentaba el papel cuché de medio mundo con los escándalos de sus hijos naturales, Estefanía, la benjamina, se prodigaba en sus romances con los hijos de Jean-Paul Belmondo y Alain Delon, y trataba de abrirse paso en la moda e intentaba convertirse en cantante. Su desprecio por el protocolo y lo que se esperaba de ella pudieron haber sido un referente en la vida del primogénito de Carolina, su ahijado.

Andrea Casiraghi es, desde hace mucho tiempo, el último enfant terrible de Europa. Marcado por el lujo, la desgracia y la presión de los medios, a sus 33 años es un hombre desconocido que se obstina en mantener un anonimato casi patológico. Un temperamento que le habría sido difícil mantener de haber heredado el principado. El matrimonio, la paternidad y los negocios parecen haberle sosegado, pese a que es incapaz de desprenderse de ese halo misterioso de príncipe maldito que parece acompañarle siempre.

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