Stop acoso sexual: mujeres que plantan cara

Las acusaciones de abusos contra Harvey Weinstein son la punta del iceberg de una lacra social que se extiende por todos los ámbitos, desde la moda a la política, pero también el detonante para que las víctimas se atrevan a denunciar.

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En 1940 el todopoderoso productor de cine de la época Arthur Freed recibió a solas en su despacho a la niña prodigio Shirley Temple. Ella solo tenía 12 años pero, en un momento dado, él no dudó en desabrocharse los pantalones y enseñarle el pene. Shirley se rio, lo que provocó que Arthur se sintiera humillado y la echara de la habitación. Sin embargo, la actriz conservó su contrato y él siguió trabajando hasta el final de sus días. Este episodio lo contó la propia Temple en su autobiografía Child Star ('estrella infantil'), publicada en 1988. Más allá de la indignación que esta escena provoca, sirve para constatar que las conductas reprobables y los abusos sexuales son tan antiguos como la historia del cine. Ahí están la condena por violación a una menor de Roman Polanski, las acusaciones de Tippi Hedren contra Alfred Hitchcock o la caída en desgracia de Bill Cosby. Como decía Marilyn Monroe en su libro de memorias, My Story, la industria del cine es "un burdel abarrotado, un tiovivo con camas para caballos". Y si tiramos del hilo, suceden desde que el mundo es mundo. Porque las mujeres, hasta el día de hoy, nunca han dejado de ser víctimas de agresiones de índole sexual. En cualquier lugar del planeta y en todos los ámbitos.

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En las últimas semanas estamos asistiendo a un tsunami sin precedentes y de consecuencias imprevisibles. Esa máxima que parecía imperar, "lo que ocurre en Hollywood se queda en Hollywood", ya no funciona. Y las denuncias contra abusos sexuales que, en un principio, solo afectaban al cine y la televisión ya han salpicado a la moda, la política, la música o el deporte. Todo empezó cuando dos prestigiosas periodistas publicaron un reportaje en The New York Times en el que varias actrices denunciaban haber sido víctimas de acoso sexual por parte del productor Harvey Weinstein. Concretamente, Ashley Judd narraba una encerrona de la que consiguió huir a la carrera y Rose McGowan reconocía haber llegado a un acuerdo extrajudicial en 1997 por el que aceptó cien mil dólares a cambio de no hacer público que él había abusado sexualmente de ella durante un Festival de Sundance: "Una fiscal me dijo que, habiendo rodado escenas sexuales, nunca podría derrotarle", explicaba.

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El día que se destapó el escándalo

Pero fue unos días más tarde, gracias a un artículo de la revista The New Yorker firmado por Ronan Farrow –para añadir una dosis extra de morbo, hijo biológico de Woody Allen y Mia Farrow– en el que varias mujeres acusaban explícitamente a Weinstein de violación, cuando el escándalo se hizo mayúsculo y traspasó fronteras. La actriz y directora italiana Asia Argento afirmó haber sido forzada a tener sexo oral a los 22 años pero decidió no contarlo por temor a destruir su prometedora carrera: "Si hubiera sido una mujer fuerte le habría dado una patada en los testículos y habría escapado, pero no lo hice. Me sentí culpable y me supuso un trauma horrible", contó.

Denunciar a Harvey Weinstein, de 65 años, no es poner en la picota a cualquiera. Hablamos de uno de los hombres más poderosos de la meca del cine. Cofundador junto a su hermano menor Bob de la productora Miramax, que después se convirtió en The Weinstein Company, está detrás de algunos de los títulos y cineastas más importantes del séptimo arte de las últimas décadas. Películas ganadoras de innumerables premios, Oscar incluidos, como Sexo, mentiras y cintas de vídeo, Pulp Fiction, Shakespeare in Love o El indomable Will Hunting, y grandes de la industria como Quentin Tarantino y Ben Affleck. Su capacidad para influir en el éxito o fracaso de la trayectoria profesional de los aspirantes a estrellas era de proporciones estratosféricas. De ahí que cuestionar su reputación suponía darse de bruces contra muros muy altos: "Hay abusadores en todos los ámbitos, pero todos tienen en común que usan su poder y autoridad con fines sexuales. Su posición les permite ser, casi siempre, personas respetables y con una moralidad intachable de cara al exterior. Por eso enfrentarse a estos personajes o instituciones es muy complicado para las víctimas", argumenta Martha Escamilla, psicóloga especializada en traumas (www.traumatreatments.com).

El caso Richardson

El fotógrafo estadounidense Terry Richardson también era uno de los hombres más aclamados del mundo de la moda. Se lo rifaban las mejores firmas y las cabeceras más prestigiosas. Hasta que el grupo editorial Condé Nast hizo público un comunicado en el que revelaba que nunca más volvería a trabajar con él. Richardson despuntó en la década de los noventa por su estética porno chic que pronto derivó en una sexualidad explícita –en muchas de sus imágenes aparece él mismo practicando actos sexuales con las modelos– e hizo que se dispararan todas las alarmas. En 2014 la campaña #NoMoreTerry ('no más Terry') le obligó a salir al paso de los rumores de abusos –"Colaboré con mujeres adultas que conocían perfectamente la naturaleza del trabajo", dijo–, pero su carrera apenas se resintió. Incluso ahora, casado y con dos hijos, sigue afirmando que solo es "víctima de una caza de brujas". Pero testimonios recientes como el de la modelo catalana Minerva Portillo no dejan lugar a muchas dudas: en 2004 ella tenía 22 años y un prometedor futuro cuando realizó una sesión de fotos con Richardson en la que aparecía semidesnuda y en actitudes extremadamente provocativas: "Cuando acabé me duché y me froté con una fuerza inhumana. No se lo conté a nadie", reconoce. Él colgó las imágenes en Internet unos meses después, cuando ella ya estaba embarazada: "Anularon mi vida entera y toqué fondo. Me hubiera suicidado de no ser por mi hija. Quería desaparecer, no saber nada de nadie. Ha sido una condena de casi 14 años, una cárcel. Más dolor que el que yo he pasado es difícil de soportar", afirma: "Richardson ha hecho mucho daño y la campaña contra él no puede retroceder. Todo esto lo hago por mi hija; tengo que limpiar nuestra vida".

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Como Richard, Weinstein era venerado en Hollywood –Meryl Streep lo calificó de "Dios" cuando ganó el Globo de Oro por La dama de hierro–, pero también era un secreto a voces que se trataba de un depredador sexual. Ya en 2005, Courtney Love, viuda de Kurt Cobain, al ser preguntada en una alfombra roja qué aconsejaría a las jóvenes que intentan hacerse un hueco en el mundo del cine respondió: "Me van a demandar por difamación como diga esto, pero... si Harvey Weinstein te invita a una fiesta privada en el Four Seasons, no vayas". Lana del Rey, que había trabajado para él, compuso una canción, Cola, en la que decía: "Harvey's making me crazy, all he wants to do is party with his pretty baby" ('Harvey me está volviendo loca; lo único que quiere es estar de fiesta con su nena bonita'). Pero parece ser que el aludido, al enterarse, exigió a la cantante que eliminase su nombre. Ella lo sustituyó por un "He's making me crazy…", pero lo canta de tal forma que sigue pareciendo que dice: "Harvey". También la periodista Sharon Waxman acusó a Matt Damon y Russell Crowe de llamarla personalmente y amenazarla, en 2004, con el fin de impedir que se publicara un reportaje en The New York Times en el que ella calificaba al delegado italiano de Miramax de "conseguidor" de mujeres para el gran jefe. Finalmente salió a la luz un artículo sobre la compañía, pero sin ninguna mención al escándalo sexual. Incluso el cineasta Quentin Tarantino no ha tenido más remedio que reconocer que estaba al tanto de lo que hacía su mentor: "Me siento avergonzado, porque sabía de primera mano lo suficiente para haber hecho algo más al respecto".

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Sin miedo a contarlo

En este tema son muchos los que han preferido mirar para otro lado hasta que The New Yorker abrió la caja de los truenos. Una a una fuimos conociendo a decenas de mujeres que admitieron en las redes haber sido víctimas de Harvey Weinstein. Algunas desconocidas para el gran público –entre ellas, varias empleadas de su compañía– y otras actrices mundialmente famosas. Las denuncias iban desde el acoso, pasando por los abusos hasta llegar a la violación. Las primeras en hacerlo fueron Gwyneth Paltrow y Angelina Jolie, que provocaron un efecto dominó al que se sumaron Lena Headey, Kate Beckinsale, Mira Sorvino, Patricia Arquette, Daryl Hannah, Lupita Nyong'o, Lea Seydoux o Cara Delevingne. Todas relataron similares escenas en las que el productor intentaba besarlas, les daba o les pedía un masaje o se masturbaba delante de ellas. Pero Anabella Sciorra fue más lejos al admitir que la había obligado a mantener sexo oral. Aunque en un principio él negó las acusaciones, pronto se supo que el productor había llegado a acuerdos extrajudiciales con varias mujeres o que estas habían recibido amenazas para evitar que su comportamiento saliera a la luz. Y las consecuencias fueron fulminantes para el depredador Harvey: fue obligado a dimitir de su propia compañía y su mujer, Georgina Chapman, con la que llevaba diez años casado y tenían dos hijos en común, lo abandonó: "Mi corazón se rompe por todas las mujeres que han sufrido un tremendo dolor a causa de estas acciones imperdonables", dijo en un comunicado la copropietaria y diseñadora de Marchesa. Hasta dónde llegaban los tentáculos de Weinstein queda claro cuando se comprueba que esta firma especializada en ropa de fiesta fundada en 2004 consiguió, en tiempo récord, que sus diseños los lucieran muchas celebrities en las más importantes alfombras rojas por "recomendación" expresa del productor. Ahora su futuro está en el aire.

Mientras cientos de miles de mujeres de medio mundo se solidarizaban con las víctimas de abusos con la campaña #MeToo ('Yo también'), la tormenta en Hollywood no había hecho más que empezar. Porque cuando todavía coleaban las noticias sobre Harvey Weinstein, otros nombres se fueron sumando a la lista de abusadores. Entre los más famosos, el actor Kevin Spacey, al que varios hombres apuntan por acoso cuando eran menores y del que se han quejado por "conducta inapropiada" una veintena de empleados del teatro londinense Old Vic, del que Spacey fue director artístico entre 2001 y 2015. Luego vino el cómico Louis C. K., protagonista de series muy populares en EE.UU., como Louie o Lucky Louie, sobre el que ya existían rumores que él mismo ha reconocido. También han recibido sendas quejas un mito del cine como Dustin Hoffman y Jeffrey Tambor, multipremiado por la serie Transparent. Más graves parecen los casos de los directores Bret Ratner –señalado por Olivia Munn– y James Toback, al que ya han acusado 40 mujeres, entre ellas las intérpretes Rachel McAdams y Selma Blair. Además, hay que añadir a John Lasseter, director creativo de Disney; Charlie Rose, periodista estrella de la CBS; Bill O'Reilly, presentador de Fox News; Roger Ailes, director de Fox; Roy Pryce, director de Amazon Studios… Todos han sido despedidos por las cadenas y productoras para las que trabajaban, tal vez para evitar ser tachadas por enésima vez de "cómplices" por su silencio.

Atreverse a denunciar a estos pesos pesados no es fácil. Por infinidad de razones pero, sobre todo, por el miedo a las represalias y la incomprensión de una sociedad que pone en duda el comportamiento de las mujeres en vez de tratarlas como víctimas. ¿Por qué acudieron solas a la habitación de un hotel? ¿Quizá ellas los provocaron para conseguir algo a cambio? ¿Por qué no salieron corriendo? ¿Por qué tardaron tanto tiempo en contarlo?

La demanda de Asia Argento

"Es verdad que a veces no entendemos por qué alguien no hizo nada para defenderse, pero es normal que muchas mujeres se queden paralizadas, porque, inconscientemente, es la única manera de soportar esa situación. Después, pueden tardar en denunciarlo o no hacerlo nunca, porque necesitan ayuda, tiempo y ánimo para dar ese paso. Además, la sociedad juzga negativamente a las personas que se atreven a hacerlo público o se minimizan las consecuencias. El camino de la denuncia puede ser estresante y solitario y el coste emocional y psicológico muy elevado", explica la psicóloga Martha Escamilla. No hay más que ver el caso de la cineasta Asia Argento, que ha demandado al diario italiano Libero por un reportaje titulado: "Primero dan, luego se quejan y fingen arrepentirse". En él el periodista afirma que "ceder a las insinuaciones sexuales de tu jefe por hacer carrera es prostitución, no violación".

Pero fue su testimonio el detonante de cientos de denuncias en cadena. Saber que no están solas les ha dado la fuerza necesaria para dejar de ocultarlo. Y su ejemplo ha ayudado a otras mujeres, y estas a otras, hasta conseguir que los abusos sexuales salgan del oscurantismo. Porque el huracán Harvey también ha salpicado a la política, la música y el deporte. Al escándalo del entonces presidente del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Kahn, hay que sumar ahora la dimisión del ministro de defensa británico Michael Fallon por intentar propasarse con una periodista. Nick Carter, miembro de la banda Backstreet Boys, ha sido acusado de violación por la cantante estadounidense Melissa Schuman. Pero el caso más dramático es el del médico del exitoso equipo estadounidense de gimnasio rítmica, Larry Nassar, que podría enfrentarse a 25 años de cárcel por "conducta sexual criminal" –violaciones incluidas– con más de 100 mujeres, muchas de ellas niñas. Y, probablemente, cuando este reportaje vea la luz otras denuncias habrán salido a la luz. Parece que ya nada será lo mismo para los abusadores porque cada vez más víctimas se atreven a destaparlos.

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