#Vive: Alejandro Sanz destapa el alma en su primera biografía

Nadie como él le ha cantado a un 'corazón partío'. Le conocimos 'pisando fuerte' y nos hizo creer que 'nuestro amor será leyenda'. Ahora, en su primera biografía autorizada, es un placer poder sentirle tan cerca.

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Mi nombre es Alejandro Sánchez Pizarro, nací en Madrid y en Cádiz, y crecí en medio mundo". Alejandro Sanz sabe bien cómo resumirse, lo que no es sencillo cuando se trata de alguien que parece haber vivido deprisa si contamos el tiempo en éxitos y canciones. Un trovador de barrio, un flamenco enraizado a orillas del Atlántico que tuvo por maestro y amigo a uno de los más grandes genios de la guitarra, Paco de Lucía. Un hombre que a sus 49 años conserva esa sonrisa infantil, sincera, que le transmitió su madre. Muchas hemos crecido con él. Quizás incluso con su póster colgado en la pared. Y nos enamoramos escuchando sus letras: "Los dos cogidos de la mano, por las calles, y regalándonos mil besos en cada rincón". Él era ese amigo que nos entendía. Y creció. Y nosotras también. Y, como un buen amigo, se quedó en nuestras vidas llenando "de primaveras el mes de enero".

El cantante en una imagen de promoción de uno de sus últimos discos.
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Ahora, Alejandro abre su corazón de par en par en #Vive (ed. Aguilar), una emocionante biografía coral en la que los recuerdos de Alejandro se unen a los de más de doscientas personas que han compartido un pedazo de vida con él. Su autor, el ejecutivo discográfico y experto musical Óscar García Blesa, dibuja un testimonio conmovedor de un artista que ha acabado 2017 recibiendo uno de los premios más importantes de la música, el Grammy como persona del año. Un hombre solidario que afirma: "No entendería mi vida, no sería completa, si no tuviera la oportunidad de ayudar a otra gente", algo que hace con tantas ONG y tantas acciones que sería tedioso enumerarlas. Un héroe cercano al que no cuesta imaginarle de crío cogiendo una raqueta como si fuera una guitarra y tocándola delante del espejo.

"El éxito es cuando alguien te dice que tu canción le ha cambiado la vida"

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Sus padres, sus héroes

Fue su padre, Jesús Sánchez Madero, el primer responsable de sembrar la semilla del arte en él. Y su madre, María Pizarro, la que le transmitió esa fuerza para caminar siempre hacia delante: "Mi padre fue uno de mis héroes, con todos sus defectos y virtudes. Y mi madre también, una superviviente de una familia de siete hermanos en la que ella era la única mujer. Vi a esas dos personas luchar en desigualdad de condiciones contra la vida para sacar adelante una familia, una lucha marcada por su amor a sus hijos", recuerda. Ahora, el padre es él: "Yo a mis niños los abrazo y los beso, siempre los tengo encima. Hay que acostumbrarlos al contacto físico".

Alejandro Sanz tocando con Paco de Lucía

Nacido en el humilde barrio de Ciudad Lineal, en Madrid, en parte sus zapatos siguen anclados a aquel suelo que le vio crecer y donde su familia se mantenía gracias a los ingresos de su padre como artista flamenco y a las ventas de libros a domicilio. Porque a él, a diferencia de a su hijo, el éxito no le llegó en primera persona. De su madre dice que conserva el recuerdo más antiguo que tiene: "Ella trataba de dormirme y, entre penumbras, aún puedo distinguir sus ojos de loba mirándome con un amor que desearía tener de nuevo (...). De aquel instante puedo recordar hasta lo que me hacía sentir. Ahí, con ella, yo estaba más cerca de lo que estaré nunca de la felicidad completa. Sé que parece imposible conservar un recuerdo de cuando tenías meses de vida, pero, si te enamoras de un momento, se pueden producir pequeños milagros".

Arte en las venas

Todo ese amor que destilan las palabras de Alejandro no evitó que él y su hermano Jesús fueran traviesos hasta más no poder. De niños se fabricaban monopatines con una tabla, dos palos y rodamientos de camión para tirarse por una cuestecita cerca de casa. Las magulladuras y los 'ayayays' llegaban después, y volvían loca a la pobre María, que decidió tomarse unas horas de respiro apuntándolos a kárate. Pero quiso el destino que el cupo para esas clases estuviera cerrado, con lo que acabaron en guitarra. No pudo haber mejor regalo para Alejandro, un niño que se levantaba a las seis de la mañana para ensayar, que olvidaba comer y dormir si estaba tocando. Era una obsesión tal que pudo con los nervios de su madre. Esta, un domingo que intentaba dormir un poco más sin conseguirlo por la matraca de su madrugador hijo, le acabó "dando con la guitarra en la cabeza y le hizo un boquete, cuenta divertido Alejandro.

Portada del libro #Vive, de Óscar García Blesa, la biografía autorizada de Alejandro Sanz (ed. Aguilar)
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Su madre, además, sabía leer las cartas. Fue ella quien le dijo: "He sacado el as de oros, es lo máximo que se puede sacar de suerte y de éxito". Un augurio que desde luego se ha cumplido con creces: desde su debut en 1991, su hijo ha vendido más de veinticinco millones de discos y es el artista español con mayor número de premios Grammy, veinte latinos y tres americanos.

Humilde y sin adornarse con una falsa modestia, para él "el éxito es cuando alguien te dice que tu canción le cambió la vida". También forma parte del éxito cada regalo que sus fans le hacen en los conciertos: "Todos tienen un significado para mí, porque detrás de cada uno hay alguien que se ha tomado el tiempo y la molestia de hacerme un regalo". Y no es una pose, él es así. Dice el autor de su biografía, que le conoce bien, que es un tipo de verdad y muy generoso: "Si tienes la suerte de caer en su círculo de confianza y lo haces de manera honesta, es para siempre; pase el tiempo que pase siempre te recordará". Perfeccionista, leal y sincero, según cuentan sus amigos, cree que aunque lo mejor es decir las cosas como uno las siente, esto no debe estar reñido con la educación: "Si la sinceridad va a causar dolor a alguien gratuitamente, prefiero mentir y ser educado", confiesa. No mentimos cuando te decimos que, igual que ocurre cuando escuchas sus canciones, la inteligencia y la humanidad que desprenden sus palabras acaban atrapándote. Y es que es un hombre que piensa mucho y bien. Un chico "raro", como dice el periodista y amigo Jesús Quintero: "Pero no porque tenga rarezas de divo, sus rarezas son el compromiso, la autenticidad, la honestidad, el trabajo bien hecho, el talento, la imaginación, la hondura, todo eso que en unos tiempos tan superficiales y frívolos como los que nos toca vivir se ha convertido en una rareza. Cada canción de Alejandro es una flor en la basura, una flor auténtica, de verdad, entre tantas flores de plástico hechas a la medida del consumo, quizá porque él no está en venta, aunque sea el artista español que más discos ha vendido en la historia de la música española o quizá porque sabe que no todo es lo mismo, que no es lo mismo el pata negra que la hamburguesa".

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Pisando fuerte

Todo lo que descubrimos en esta biografía nos gusta. Al igual que nos encanta viajar con él a aquellos años en los que, junto a su amigo el guitarrista Carlos Rufo, tocaba sobre un puente de la M-30 imaginando que los coches eran el público y sus faros, los focos. Y nos conmueve cuando en la última gala de los Grammy comprtió escenario con jóvenes inmigrantes indocumentados, conocidos como dreamers, y sacude con elegancia contra la política migratoria de Donald Trump: "Por cada piedra en el muro, un soñador".

Él también sabe bien lo que es abrirse camino a base de esfuerzo. De otro modo, pero lo sabe. Porque nadie le ha regalado nada. Fue en su segundo barrio, el de Moratalaz, también en Madrid, donde Alejandro comenzó a tocar la guitarra: primero, en una Casa de Juventud, después en Walkiria, un grupo con el que debutó en una fiesta del instituto en un concierto que fue un desastre: "No creo que nadie haya tocado para menos gente que yo. Había un bar de Moratalaz que se llamaba Los Nardos donde yo cantaba para un par de borrachillos y ya está. Ahí me daban tres mil pesetas por tocar tres veces al día durante toda la semana: a las siete, a las nueve y a la una", la sesión más peligrosa por la clientela que llegaba cargadita, recuerda. Otras veces, acompañaba a El Yunque, un gitano del rastro, o a El Chaleco. Entonces conoció a Pedro Miguel Ledo, La Tata, que trabajaba en una oficina de representación artística donde Alejandro entró a hacer una suerte de prácticas: "Alejandro siempre cuenta que entonces venía a recogernos la ropa para lavárnosla cuando estábamos en la sala Windsor de Madrid", recuerda César Cadaval. "Eso es verdad", asiente Alejandro: "Yo trabajaba en la oficina de management y cuando venían Los Morancos me encargaba de llevarles las maletas o lo que hiciera falta. A veces se lo recuerdo y ellos me dicen: 'No lo digas más, no lo digas más', pero no pasa nada. A mí me enorgullece, los considero buenos amigos, lo haría otra vez".

Hasta que un día se cruzó en su camino el productor Miguel Ángel Arenas Capi, su descubridor. En su estudio comenzó a hacer coros para Tino Casal: "A Tino le recuerdo con mucho cariño. Cantaba de maravilla y fue quien me enseñó literalmente a hacer coros, a empastar voces, a modular y hacer efectos", afirma un Alejandro que reconoce que hubo un tiempo en que su deseo hubiese sido cantar como Joe Cocker. No pudo ser, afirma orgulloso de su voz actual, por su autenticidad: "Ahora ya no llego a notas tan altas como antes y, sin embargo, canto mucho mejor porque descubrí que no tenía por qué hacerlo todo como se supone que se debe hacer", explica.

Y, por fin, llegó su disco de debut en 1989, Los chulos son pa' cuidarlos, como Alejandro Magno. Entonces, nadie dio un duro por él, es cierto, pero aquellas quinientas copias se han convertido con el tiempo en auténticas piezas de coleccionista: "Aquel disco con versiones de flamenco ligero estaba abocado al circuito de las discotecas de tercera, cabarés y locales de alterne", escribe García Blesa. "Artísticamente es un pastiche de cosas, pero intelectualmente es el final de una época. Alejandro es el último personaje de la Movida", agrega Capi. Tras aquel experimento, que poco o nada tenía que ver con él, grabó un puñado de canciones propias. ¿El problema? Que la discográfica ni le apoyaba (lo que él hacía no era comercial y sus letras no triunfarían) ni le dejaban rescindir el contrato, lo que finalmente logró por lo pesado que se puso. ¡Hasta llegó a hacer sentadas a la espera de que alguien le recibiera y le diera su carta de libertad! Por suerte para el mundo entero. Y es que quizás te suenen algunos de los temas rechazados: Viviendo deprisa, Pisando fuerte, Se le apagó la luz..., temas que llegaron a vender un millón de copias en 1991 y que fueron el comienzo de un éxito del que Alejandro guarda, además de maravillosos recuerdos, las cartas que le escriben sus fans. Esas que desde sus comienzos van engrosando las cajas que atesora en un almacén, porque jamás ha contemplado tirarlas. Quizás sabe que en cada una de ellas va un pedacito de corazón.

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