José Sacristán y Soledad Lorenzo nos hablan de lo que de verdad importa

Dos personas extraordinarias, el actor José Sacristán y la galerista Soledad Lorenzo, nos hablan, con una honestidad total y todo 
el corazón, de las cosas y las causas que tienen relevancia en la vida.

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José Sacristán: "Se aprende más de la diversidad 
que del halago"

Nació en Chinchón (Madrid) en 1937. Es todo un referente en la historia de nuestro cine, teatro y televisión. El actor vive el presente con la ilusión y la pasión del primer día entregado a su trabajo, y feliz junto a su esposa desde hace más de veinte años, la actriz Amparo Pascual.

Su inconfundible voz se adueña del tiempo y del espacio cuando estás a su lado. No hay más remedio que rendirse al disfrute de su conversación. Su honestidad es tan firme que podría parecer incluso insólita en los tiempos que corren. A sus 80 años, tras seis décadas sobre el escenario y frente a las cámaras de cine y televisión, se siente privilegiado por vivir el presente con la ilusión del primer día y mantiene esa energía incombustible que nace del amor por su profesión. Mira hacia dentro y se transforma en el niño que fue. Mira hacia fuera y clava los ojos con una solidez de hombre sabio y tranquilo, que no se roba a sí mismo la ternura. Actualmente compagina la gira de la obra de teatro Muñeca de porcelana con el rodaje de la serie Tiempos de guerra (Antena 3). Pero confiesa no sentirse cansado, porque es feliz y porque cada día se acuesta con la certeza de haber hecho las cosas bien.

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¿Qué crees que pervive en ti de ese niño que fuiste?

Le tengo mucho cariño al niño que fui: no quiero perder nunca la capacidad de sorpresa ni, sobre todo en lo que a mi trabajo se refiere, la capacidad de jugar a ser otro. Lo que me inspira, me alimenta, me sujeta, me protege y me empuja es el crío que fui y su capacidad de equivocarse, de caerse y levantarse.

1. En un cromo de 1975. 2.En el set de rodaje de la película La Cropta (1981). 3. Con su pareja, la actriz Amparo Pascual.
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¿Conservas buenos recuerdos de tu infancia en aquella España de los cincuenta?

Sí, porque se convivía con la precariedad, las necesidades, el miedo, en invierno hacía más frío y en verano más calor, y no es una metáfora. Lo normal era eso: pasarlo mal. Lo que queda en mi memoria es el entorno de cariño de mi familia, en Chinchón. Más tarde, en Madrid, el miedo se hizo más evidente, pero yo buscaba mi refugio: los cines.

¿Ahí aparece tu fascinación por la gran pantalla?

Desde que vi la primera película me quedé fascinado. Mi padre salió de la cárcel cuando yo tenía seis años, y en aquella época empecé a ir al cine. Yo no quería ser actor: quería ser el indio, el pirata, el gánster… Cuando supe que el indio era un señor al que le pagaban por hacer de indio, pensé: "Esta es la mía". Yo quería salir en los cromos.

"No podría vivir si me acostara por las noches pensando que alguien va a venir a mi puerta reclamando algo"

¿Conseguías evadir la realidad a través de la ficción?

Ambas convivían perfectamente. No había manera de evadirse de la cruda realidad de la España de aquella época, y que yo vivía muy cerca. Habíamos perdido la guerra y vivíamos tres familias en un piso con derecho a cocina. Pero yo tenía la habilidad de saber buscar mi propio territorio.

¿Cómo reacciona tu entorno ante tu sueño de ser artista?

Yo sabía que nadie en mi familia iba a entender mi vocación. Me parecía lo lógico y lo mejor que podía hacer mi padre: me apuntó en la Institución Sindical de Formación Profesional Virgen de la Paloma para que aprendiera un oficio con 12 o 13 años. Siendo aprendiz en un taller mecánico empecé a contactar con el mundo del teatro. Con 18 sabía que yo debía aportar mi sueldo de mecánico: no podía dedicarme alegremente a ser artista. Quizá esta cuestión ahora no se entienda, pero es que yo no he tenido una casa con baño hasta que he tenido casi 40 años.

¿La familiaridad con las dificultades marca tu carácter?

Siempre he sabido, y no quiero dejar de saber, que mi forma de comportarme tiene que ver con el respeto a ese crío, porque fue modélico en su manera de buscar estrategias para salirse con la suya y de llevarlas a cabo sin estridencias.

Al final te saliste con la tuya...

Recuerdo un peregrinaje que siempre repetía: al bajarme del tranvía iba mirando las carteleras de todos los cines y un día, al llegar al de Gran Vía, viendo las fotos de los artistas de la cartelera, descubrí mi reflejo en el cristal y pensé: "¿Cómo, con esa pinta que tienes, te vas a dedicar a lo mismo que se dedican estos señores tan elegantes?". Después cogía de nuevo el tranvía mientras en mi cabeza trataba de armar todo ese lío... yo, mi vida, el taller, las películas... Curiosamente, en 1974, en el cine Gran Vía se estrenó mi tercera película como protagonista, Sex o no sex, junto a Carmen Sevilla.

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¿Qué personas te han transformado como ser humano?

Me cuesta contestar a eso porque habría siempre agravios. He tenido muchísima suerte, desde la primera oportunidad que me dio Pedro Masó, y a todos estoy agradecido. Algunas de esas personas se convirtieron en grandes amigos. Fernán Gómez ocupa un capítulo importantísimo en mi vida, no solo por trabajo sino por nuestra amistad. Pero sería injusto no señalar que tanto Bodegas como Garci apoyaron mi candidatura para hacer el protagonista en muchísimas películas. Todos están ahí. Mi transformación como ser humano se ha dado más en mi vida a raíz de lecturas, algunas películas y sobre todo con las relaciones de pareja, que aun siendo unas más felices que otras, a todas doy por bien vividas y bienvenidas. En ningún momento vuelvo la vista atrás con rencor, y es verdad que, como dice Machado, "amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario". Todas las relaciones que he tenido han sido para mí, en aquel momento, lo mejor que me podía pasar. Soy un fan de lo femenino.

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¿De la inteligencia, de la sensibilidad femenina?

Comulgo con lo que decía mi querido amigo Berlanga sobre la fascinación y el pánico que lo femenino provoca. El origen de todo, de la vida, es femenino, y los hombres somos como una especie de mano de obra, proveedores que estamos ahí.

¿Te consideras una persona especialmente melancólica o eres de quienes se quedan conformes con lo que ha pasado?

Sí a ambas cosas. La idea que yo tenía de lo que podía suceder o está sucediendo o se ajusta bastante a lo que deseaba, y tengo maestros en esto, como Fernán Gómez o el primero de todos, mi padre, que me han enseñado a estar en el presnte.

¿Has aprendido más de las adversidades o de los halagos?

Siempre se aprende más de la adversidad que del halago y, además, en un oficio como este el halago puede ser mortal: los actores somos frágiles. Yo confío más en el aprendizaje que viene de lo adverso.

¿Qué cosas te conmueven?

Me diagnosticaron de mocito habilidad emocional –habilidad viene de debilidad–, una alteración de las emociones que me produce alteraciones serias –de hecho he llegado a desmayarme viendo una película–, con lo cual tengo cierta dificultad para enfrentar situaciones de violencia, no la soporto. Y lo que me altera especialmente es la necedad. Decía Albert Camus: "La necedad es homicida". Pues sí.

¿Y qué salvarías del ser humano?

Yo soy confiado por naturaleza. Soy un humanista convencido.

¿Cómo estás ahora, en tu presente y en tu lugar en el mundo?

Nunca he estado mejor. Ya he cumplido 80 años y la madre naturaleza se está portando bien. Tengo un panorama laboral en el que puedo permitirme elegir. Tengo una compañera, mi mujer, con la que vivo una complicidad y un amor que no cambiaría por nada, y la relación con mis hijos y nietos es cordial.

¿Qué es aquello sin lo que no podrías vivir?

Me sería imposible vivir si me acostara por las noches pensando que alguien va a venir a mi puerta reclamando algo. Por eso tengo escasa o ninguna capacidad para el rencor, no porque yo sea mejor persona, sino porque es más cómodo. La comodidad me la proporciona el cumplimiento del deber conmigo mismo y con los demás, en mi trabajo, pagar mis impuestos u ordenar y limpiar mi casa.

¿La vida ha cumplido contigo a ese mismo nivel de exigencia?

Sí, salvo en contadas ocasiones. Yo no creo en religión alguna. Estoy con Sartre cuando dice: "La vida es una pasión inútil", y de ahí mi confianza en lo que aquí pase y en lo que yo sea capaz de generar y desarrollar. Me parece que es más sastifactorio andar por la vida de esta manera: sintiéndome tranquilo.

Soledad Lorenzo: "Valorar la vida, eso ha sido 
mi salvación"

Nació en Torrelavega (Santander) en 1937. Es una de las galeristas más reputadas del arte contemporáneo internacional. La 'gran dama del arte', como se la conoce, estuvo 26 años al frente de la galería que llevaba su nombre. La vida es su religión y la cultura su valor más preciado.

Es elegante y sofisticada, amable y cercana; posee el don de la empatía, una mirada transparente que posa en el aire con la ligereza de un pájaro inmediatamente antes de regalarte una frase sensible que no olvidarás jamás. Soledad Lorenzo posee una vitalidad contagiosa impregnada de alegría. A sus 80 años sigue disfrutando de la vida como una niña sabia y valiente, tranquila y profundamente agradecida al arte y a la cultura por todas las experiencias vividas. Tras 26 años al frente de su galería de arte decidió, en 2014, donar su magnífica colección privada al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, "porque es el único sitio en el que puede seguir viva y ser vivida por otros". Ahora disfruta del arte como espectadora privilegiada, de la familia y de visitar lugares que la acogen con los brazos abiertos, como el bellísimo hotel Barceló Emperatriz, del que ella misma es cocreadora.

Eres una mujer positiva amante del arte y la cultura. ¿Cómo se forja tu personalidad?

Nací al principio de la Guerra Civil con mi padre encarcelado, lo cual creo que es importante para entender mi vida. Yo lo conocí con cinco años y recuerdo que le decía: "Ay, papá, y pensar que yo no te quería". Mi familia vivía del ganado. Teníamos una carnicería muy bonita, porque él amaba la estética. Mi personalidad se forjó en aquella época. El amor por el arte, los libros, los cuadros lo tengo desde niña y viene de mi padre, que nos enseñó el valor intelectual, que no económico, de la cultura. A mí me tocó vivir esa época durísima de la posguerra, pero yo lo aceptaba como la niña que era. No me sentía mal.

Soledad posa para Ana Laura Aláez en 2012, junto a la foto que le hizo Helmut Newton en 1989.
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En Barcelona viviste la adolescencia, estudiaste, te enamoraste y te casaste. ¿Tenías la necesidad de convertirte en una mujer trabajadora?

Sí. El trabajo era fundamental para mi padre y me inculcó esa pasión, el hecho de trabajar para ser feliz. Para nosotros el trabajo no era una carga. A través del trabajo uno es 'algo', y ser alguien te ayuda a tener un lugar en el mundo. Yo he sido siempre muy trabajadora por naturaleza.

Recién casada te trasladaste a Londres. ¿Cómo era tu vida por entonces? ¿Sentías ya la pulsión del arte?

Estuve 12 años en Londres, pero en aquella época no estuve relacionada con el arte, aunque pervivía en mí el inmenso respeto y la sensibilidad por la cultura que me habían inculcado de niña. Cuando me quedé viuda dio la casualidad de que una amiga mía, Paloma Altolaguirre, se asoció con Fernando Guereta y abrió con él la galería de arte Theo, donde me propusieron trabajar. Dedicarte al arte como profesión es algo que requiere una condición fundamental: tiene que gustarte. Y a mí la oportunidad se me presentó, apareció.

"Cuando me dicen que soy simpática pienso... soy como hay que ser, porque si nos relacionamos con caras largas no sirve"

¿Lo consideras como una oportunidad que te dio el destino?

Absolutamente, yo estoy por puro azar en el mundo del arte. No ha sido una búsqueda, pero cuando me ofrecieron mi primer trabajo me pareció que tenía una suerte inmensa, y apenas tres meses después me dije: "Aquí me quedo, esto no lo suelto en el resto de mi vida".

Al fallecer tu marido y poco después tus padres, regresaste a España. ¿Podríamos decir que en 1974, con 37 años, empezó tu segunda y nueva vida?

La muerte me dejó sola demasiado pronto. En lugar de hundirme, un día que estaba muy mal 'desperté' y me dije: "¿Qué más quieres? ¿De qué te quejas? ¡Estás viva!". Recuerdo perfectamente el momento: estaba yo sola, sentada en la cama y hablando en voz alta. Fue como una revelación. Creo mucho en la vida, en la importancia de la vida, de tu propia vida. Aprendí a ser feliz por estar viva. Y así sigo: tengo 80 años y estoy muy agradecida de estar tan bien.

¿La muerte te puso delante de tu propia vida?

Sí, así fue: fue ahí cuando reaccioné. Desde entonces sé que lo más importante de mi vida es la familia, el contacto con la muerte y el arte. Y, además, valoré más ese primer trabajo que me ofrecieron y me apasioné. Yo no creo en Dios, sino en la vida: soy una creyente de la vida, porque ¿qué más misterio puede haber en la vida que el hecho de estar vivo? Haber vivido es un privilegio. Uno ha de tener la inteligencia de valorar eso y no ponerse trabas a uno mismo porque ya te las pondrá la vida. Y también hay que dejar aflorar la propia personalidad, porque cada uno de nosotros tiene algo que no tiene nadie más.

Y ¿crees en el hombre como creador?

Claro. El misterio de la vida es precisamente eso, la inteligencia o la carencia de inteligencia del ser humano. No sabemos ni de dónde viene ni por qué.

¿Cómo te enamoras de tu nueva profesión?

A través de la mirada. En nuestra sociedad lo que más se valora es la palabra: eres culto o inteligente si dominas la palabra, pero tenemos cinco sentidos, y de eso no se habla ni en España ni en América ni en ninguna parte. En los colegios se estudia historia del arte, pero no se educa la parte emocional del arte, no se educa la mirada. Solamente viendo arte es posible educar la mirada. Te enamoras mirando, y es una parte importantísima de la vida, su valor para el ser humano es apabullante.

¿Cómo se educa la mirada?

Solamente viendo arte es posible educar la mirada. Tomando conciencia de su inteligencia, de su importancia. Pablo Palazuelo y yo siempre hemos comentado que no interesa educar la mirada porque no es dogmática, ya que transmite una emoción personal, algo íntimo que no puedes explicar. ¿Y para qué sirve? No solo para el arte, sino para tener sensibilidad en la vida, porque la transforma. Todo es un aprendizaje.

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Has sido impulsora de artistas fundamentales que han dinamizado el arte contemporáneo a lo largo de 26 años, al frente de la galería Soledad Lorenzo, como Pablo Palazuelo, Miquel Barceló o Antoni Tàpies. ¿Cómo se establecía esa relación tan personal y cercana que ha sido tu signo de identidad como galerista?

Yo he tenido la suerte, y me sigue pasando, de que caigo bien a la gente.

¿La suerte, el don o más bien la generosidad?

Yo creo que soy normal (risas). Cuando me dicen que soy simpática pienso… soy como hay que ser, porque si nos relacionamos con caras largas no sirve. Y creo que viene de mi familia y de mi educación, puesto que el ambiente que había en mi casa era de una supervivencia positiva. He tenido largas conversaciones con los artistas en las que he ido aprendiendo que las cosas importantes o profundas son las más sencillas. Y que no somos perfectos.

Hablando de perfección, ¿qué es para ti la belleza y dónde está?

Está en todo y en nada. Te enamoras de una piedrecita en la playa y haces una colección porque te gustan las piedras. A través del arte he descubierto que la percepción de la belleza es algo interior, personal, y que sin darte cuenta aprendes a 'ver' lo bello.

¿Qué es, en la vida, lo que de verdad importa?

Valorar la vida, para mí eso ha sido mi salvación, porque en la vida y en todos nuestros actos siempre hay un misterio. Salvo esas poquísimas personas que tienen una vocación muy concreta, el resto somos una masa, a la que yo pertenezco, que tenemos que despertar a la cultura. Si lo consigues y lo sientes, realmente eso influye en tu forma de vivir. La cultura te cambia.

¿Pervive en ti, aquí y ahora, el impulso de la ilusión?

Sí, y ahora que no estoy al frente de la galería y puedo mirarlo todo desde fuera, aún más.

¿Por qué decidiste donar tu colección al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía?

Porque es el único sitio en el que puede seguir viva y ser vivida. Las obras que he entregado ya están 'trabajando', tienen una función.

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