Lo mejor de la vida por... Sara Baras

Acaba de cumplir 20 años al frente de su compañía, y su pasión por el flamenco solo es comparable al amor por su familia y la vida sencilla. Un puchero caliente y un paseo junto el mar "lo arreglan todo".

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Gaditana de 46 años, agradecida porque ha descubierto que su trabajo le permite ayudar a los demás, y adicta a la comida de puchero, Sara Baras llevaba grabado en su ADN desde que nació que pisaría fuerte en la vida. ¿Cuándo supo que sería bailarina? No lo recuerda: cualquier día en la escuela de baile de su madre, Concha, de la que aprendió el compromiso, la responsabilidad, la pasión y el esfuerzo. Ahora, después de haber cumplido veinte años al frente de su propia compañía, y de haber llenado templos del arte como el Royal Albert Hall de Londres, la Opera House de Sídney, el Liceu de Barcelona o el Teatro Real de Madrid, Sara Baras solo le pide a la vida que le dé la oportunidad de seguir aprendiendo… y de ver crecer a su hijo de seis años, su gran debilidad.

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Lo tuyo, por méritos propios, es el flamenco. ¿Qué sientes cuando lo bailas?

Siento libertad, porque no puedes expresarlo si no eres libre. Es una mezcla explosiva, es magia, y lo mejor de todo es que sientes que nunca dejas de aprender, por muchos años que lleves bailándolo. El flamenco sale del corazón y se clava en el corazón, no tiene disfraces, tiene que ser de verdad, porque si no no funciona. La gente se equivoca cuando dice: "Yo no entiendo, no sé distinguir". El flamenco no hay que entenderlo, hay que sentirlo.

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¿Qué recuerdas de tu infancia en la escuela de tu madre, cuando descubriste el baile?

A mi madre le debo todo. Yo nunca sentí que me quería dedicar a ello porque formaba parte de mi vida de una manera natural, intuitiva. Ella nunca dejó que el baile se apoderase de mi infancia, pero cuando me fui haciendo mayor y vio que me apasionaba, me animó a aprovechar las oportunidades que salían. Eso sí, siempre me dejó muy claro que si te entregas a algo tienes que hacerlo al cien por cien, con entrega y trabajo, mucho trabajo.

Con su marido, José Serrano, bailaor cordobés.

Tu hermano Bibi es tu mánager y tu hermana Triqui te acompaña siempre. ¿No te da respeto mezclar la familia con el trabajo?

Hay a quien no le funciona y a quien le da la vida, que es mi caso. No puedo estar más contenta teniendo a mi familia cerca. Hemos crecido juntos profesionalmente, sacando adelante la compañía, y no sé qué haría sin ellos porque el mío no es un trabajo de ocho a tres, es una forma de vida. Con ellos todo es más fácil.

¿Qué es lo más importante de tu vida?

Lo más importante que he hecho en mi vida es ser mamá, era mi sueño. Pero para cumplirlo, necesité a mi familia. Si no fuera por ellos no podría… Cada vez que salgo de gira o tengo que actuar, a pesar de que sé que se queda en las mejores manos, me voy llorando, lo paso fatal. Además, mi marido también baila, así que nos vamos los dos. Por suerte, las giras ahora son más cortas.

Cuando estás con él, ¿qué os gusta hacer juntos?

Yo soy una persona normal, muy casera. Me encanta jugar con él, dibujar, aunque lo hago fatal: soy malísima. No hay nada que me haga más feliz que ir a recogerle al cole y llevarle la merienda.

De 0 a 10, ¿cuánto eres de casera?

Me encanta cocinar fideos con gambas y almejas, hacer puchero, y las papas con carne. Y cuando estoy en casa tengo fijación con los armarios del niño, que los ordeno y los reordeno todo el rato. En mi casa estoy feliz.

El Puerto de Santa María. Sara vive ahora junto a toda su familia en este pueblo gaditano.

Hace años que te instalaste en El Puerto de Santa María. ¿Has encontrado tu lugar en el mundo?

Sí. Nos fuimos mis hermanos y yo a vivir allí, cerquita de mis padres, a los que adoramos. Todos nos apoyamos. Es maravilloso. No podía haber tomado una decisión más acertada. No hay nada mejor que ese momento en el que nos vamos a tomar juntos la cervecita. Soy afortunada.

Y has vuelto al mar.

¡Madre mía, el mar me da la vida! En mi casa es muy gracioso porque lo solucionamos todo en el mar. ¿Que estás triste? Un paseíto por la playa y se pasa. Allí se quitan todas las penas.

Y en el escenario, ¿no se olvidan las penas?

Mis momentos más felices sobre el escenario son los que me permiten ayudar a alguien. He bailado con niños con síndrome de Down, con mis princesas RET… Cuando descubres que tu profesión trasciende más allá de 'lo normal', tiene un significado verdadero, de vida auténtica y te llena de satisfacción.

¿Qué son 'tus princesas RET'?

Son niñas que sufren una enfermedad rara y que yo descubrí por casualidad hace años cuando el papá de una de ellas contactó conmigo por redes. Mucha gente me preguntaba: "¿Por qué estás tan involucrada con esa causa, si tu niño no está malito?". Y yo siempre contesto: "Por eso, precisamente por eso". No hay que ser solidario solo porque te toca de cerca, eso no sería justo.

¿Qué te han enseñado tus viajes por el mundo?

A valorar la vida, la familia, la tierra, a recordar mis principios y a ser humilde y agradecida.

¿Algún espejo en el que te miras?

El maestro Paco de Lucía, al que echo mucho de menos. Y me encantan los valores de Antonio Banderas. Aquí y en Hollywood, es muy de verdad. Su amor por España no es una pose. Es solidario, buena gente, inteligente, y jamás se olvida de sus amigos. Ha llegado muy muy lejos, pero no olvida sus raíces.

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