'Tiempo de tormentas': el nuevo libro de Boris Izaguirre inspirada en su madre (la bailarina Belén Lobo)

Boris Izaguirre no sería quien es sin el apoyo incondicional de su madre, la bailarina Belén Lobo. Ella es la gran protagonista de este viaje al pasado que hace el escritor venezolano en su nueva novela autobiográfica, 'Tiempo de tormentas'.

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"He tardado 52 años en estar físicamente como siempre he querido estar: delgado, sano, relajado, ágil… Y eso se lo debo a Miami, la ciudad en la que llevo cuatro años trabajando y la que me ha permitido escribir este libro; en otro lugar no hubiera sido posible", afirma Boris Izaguirre (Caracas, 1965) refiriéndose a Tiempo de tormentas (ed. Planeta), su nueva novela, que lleva camino de convertirse en un bestseller. Y no le falta razón, porque Boris parece haber hecho un pacto con el diablo. Solo si una se fija en sus abundantes canas o repasa las imágenes de sus primeros años en España, hace ya 25 años, se da cuenta de que el tiempo también ha pasado por él. Y de que el hombre que puso patas arriba la televisión de nuestro país es ahora más un escritor que un showman, aunque siempre tendrá algo de ese niño al que su madre le decía: "No quieras llamar la atención porque ya llamas la atención".

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Este libro, Tiempo de tormentas, es una novela autobiográfica. ¿Escribirla ha sido una catarsis o un ajuste de cuentas?

Probablemente yo necesitaba escribir muchas cosas que son autobiográficas y los personajes principales se llaman Belén y Boris, como mi mamá y yo, pero es una novela. Aunque hay mucha verdad y comparto mi vida con los lectores, si hubiera ajustado cuentas habría estropeado la novela.

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El libro es, sobre todo, un gran homenaje a la figura de tu madre.

Yo prefiero no llamarlo así porque a ella no le gustaban nada los homenajes, pero mi mamá tuvo una visión única de la vida que merecía ser compartida. Mucha gente se refiere a Belén Lobo como la bailarina que consiguió que la danza tuviera un sitio en el panorama cultural de Venezuela, pero ahí no estaría la cabeza de mi mamá, su manera de encajar las cosas, todo por lo que luchaba, lo que la enfadaba, cómo trabajaba y criaba a sus tres hijos... Era una mujer increíble. Incluso cuando murió, hace tres años, organizó su despedida para que fuera perfecta.

"Mi mamá tuvo una visión única de la vida que merecía ser compartida: su manera de encajar las cosas, todo por lo que luchaba, lo que la enfadaba, cómo trabajaba y criaba a sus tres hijos... Era una mujer increíble".

De ti decían: "Árbol que nace torcido jamás se endereza". ¿Cuándo te diste cuenta por primera vez de que eras un niño diferente?

Muy pronto. Vestía de una forma totalmente distinta a los demás, estaba siempre pendiente de mi aspecto, de cómo me comportaba y de cómo me miraban. Yo quería llamar la atención por ser esbelto y armonioso, pero lo hacía por razones opuestas. No era especialmente atractivo y tenía problemas de psicomotricidad: era como un monstruo, como decía una vecina. Creo que entonces sufría por ello, pero me mantenía hiperactivo para no venirme abajo.

En el colegio los profesores te rechazaban.

¡Y eso que era un colegio progresista! La directora, que estaba muy considerada en la educación venezolana, tomó la decisión equivocada de enfrentarse a mis padres, que estaban por encima de todas esas cosas, y de los alumnos, que me veían muy divertido y adoraban mis fiestas, y me obligó a ir a un psicólogo porque necesitaba un diagnóstico para echarme.

Junto a su marido, Rubén Nogueira, el día de su boda.

Es especialmente dramático el episodio en el que narras cómo fuiste violado a los 13 años.

Es que fue terrible, demoledor. Contarlo era algo que debía a mi mamá porque no sé si alguna vez le agradecí lo bastante cómo se comportó en aquel momento. Su reacción fue visceral, pero no se dejó llevar por la venganza y me pidió que se lo contara todo. Y yo me di cuenta de que esa actitud eliminaba cualquier posibilidad de que hubiera mentiras entre nosotros y me sanaba. Mi madre me decía: "No permitas que esto te impida levantarte y seguir", pero es probable que haya tardado mucho tiempo en colocarlo porque ya había escrito sobre esto otras veces, pero nunca en primera persona. Y me ha asustado mucho la frialdad con la que lo he contado.

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Viniste a España, concretamente a Santiago de Compostela, para escribir una telenovela. Pero intuyo que quizás era tan solo una excusa para huir de tu país.

Quería escaparme. Yo no era un perseguido político ni tampoco mis padres en esa etapa, aunque sí en los años cincuenta por comunistas, pero España fue una vía de escape. Sentía que Venezuela estaba completamente perdida y que ya no se iba a recuperar. Parece que tuve mucha visión y me adelanté a los hechos.

"Se suponía que una persona como yo tenía que sufrir humillaciones y no podía triunfar por ser como era. Pero mi mamá y yo luchábamos juntos para que ningún obstáculo me venciera"

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¿Cómo vives la situación actual de Venezuela?

La novela tiene algo de reflexión sobre mi país. La historia del cuadro Tiempo de tormentas, que da título al libro y pasó de ser un regalo que hicieron a mis padres a robárselo, es como la peripecia espantosa de Venezuela, que está completamente secuestrada. Y eso ha provocado la falta de alimentos y medicinas, el desastre económico… Lo que fue una maravilla se está hundiendo como la Atlántida y nadie hace nada para evitarlo. Fui por última vez en 2016, y tengo el pasaporte venezolano caducado porque ni siquiera hay papel para renovarlos y en las embajadas te piden a partir de dos mil dólares por hacerlo.

Nada más llegar a nuestro país conociste a Rubén, tu marido desde 2006. ¿Te quedaste aquí por él?

Sí. Cuando nos conocimos él estaba en plan de "no quiero avanzar porque no sé si tú te vas quedar o te vas a ir", pero yo le dije que no me marcharía, y lo cumplí. Ha sido muy intenso el viaje que hemos hecho Rubén y yo. Hacerse mayores juntos es realmente un sueño y nosotros lo hemos conseguido.

Una bonita historia de amor...

Y muy larga. Son 26 años ya, porque hay mucho amor. Yo lo tuve muy claro desde el principio, más que Rubén, pero las cosas que nos han sucedido han sido apasionantes. La pasión ha jugado un papel muy importante en nuestra relación.

Rubén ha sido también tu contrapunto, incluso tu mayor crítico, ¿verdad?

Es cierto, porque somos muy diferentes, pero me horroriza contribuir a dar esa imagen de Rubén como un hombre gruñón cuando no es verdad. Él tiene un gran sentido del humor, es cariñosísimo y, como la gente del norte, cree mucho en el afecto y no lo regala. Pero para muchos momentos de mi vida ha sido muy importante que él fuera así, como un frontón en el que rebota la pelota y te hace ver determinadas cosas. En la televisión, en mi manera de vestir, con las novelas...

El programa Crónicas marcianas fue una auténtica revolución y tú te convertiste en un fenómeno de masas. ¿Cómo recuerdas esa época?

Alguien me dijo una vez que yo era la persona con todas las papeletas para que nada de todo eso le pasara, pero ocurrió. Fueron ocho años muy exigentes porque el programa requería dedicarle todo el día: era en directo pero, aunque no lo parecía, estaba todo muy ensayado, y ese era el secreto. Javier Sardá siempre entendió que el programa tenía que ser algo transversal y a mí me decía: "No tienes que gustar a los que ya gustas sino a los que no has gustado nunca". Y también fue una gran suerte que se hiciera en Barcelona, porque allí vivíamos tranquilamente y no éramos del todo conscientes de lo que estaba ocurriendo con Crónicas. Yo decía "momentazo" y esa palabra ha quedado hasta hoy. La vida es un momentazo y hay que entenderla así porque es irrepetible.

¿Cuánto había de Boris y cuánto del personaje?

Yo nací personaje y siempre buscaba llamar la atención, que era la gran lucha de mi mamá, pero no creo que lo sea. En cualquier caso, el personaje contribuyó a abrir los ojos a una sociedad bastante oxidada como era la española, y a ese macho ibérico que veía cómo su esposa y su hija, sentadas a su lado, se morían de risa viendo el programa. No busco que me lo reconozcan, pero creo que he hecho mucho en este sentido.

Tu homosexualidad fue objeto de controversia. Para unos suponía un avance que alguien como tú triunfara en televisión. Para otros, era perpetuar ciertos estereotipos.

Había un debate. Se suponía que una persona como yo tenía que sufrir humillaciones y no podía triunfar por ser como era. Un mensaje estupendo de Tiempo de tormentas es que mi mamá y yo luchamos juntos para que ningún obstáculo me venciera y supiera saltarlos continuamente.

Cuando se acabó definitivamente Crónicas marcianas, ¿fue un drama o una liberación?

Ni lo uno ni lo otro. Afortunadamente, a los pocos meses de terminar Crónicas estrené otro programa, Channel nº4, que duró varios años. Yo no me puedo quejar de la televisión. No siento que me ha engullido. A veces nos hemos 'maldigerido' y me ha expulsado, pero luego hemos vuelto a recuperarnos. A mí me ha recogido, cuidado y protegido todo el tiempo, y lo sigue haciendo, porque en medio de esta crisis larguísima aparece la tele latina y me deja hacer.

¿Qué le debes a la frivolidad?

Es mi armadura y mi lupa. Observo el mundo a través de esa lupa que lo agiganta todo.

En Tiempo de tormentas reconoces que tu objetivo siempre fue ser famoso.

Era más un interés que un objetivo. Yo nunca he tenido objetivos, y eso es un drama, porque de haberlos perseguido tal vez estaría dirigiendo una empresa y volando en avión privado. A mí siempre me fascinó la fama, pero luego entendí que pertenezco a una generación que estableció el culto a la celebridad. No me interesaba ser famoso, sino entender la fama como un nuevo poder, y para comprenderla bien tenía que formar parte de ella. En Venezuela tuve algunos roces con la popularidad, escribía una columna en un diario y guiones de telenovelas, pero nunca imaginé cómo iba a hacerme de famoso en España. Fue algo inesperado, y no tenía los más mínimos instrumentos para lidiar con la fama, pero la disfruté y la disfruto. La fama es la mejor fiesta a la que te pueden invitar y es una tontería pelearse con ella, porque la fama te escoge a ti: tú no eliges ser famoso.

También soñaste siempre con ser escritor.

Es que soy escritor, pero hay una serie de cosas que me fascinan: la belleza, la información, ese espacio entre la alta cultura y la cultura de masas... Por eso fui tan amigo de Terenci Moix, porque, incluso antes de conocerle, yo ya observaba que él hacía el ejercicio de acercar todos los mundos posibles, puesto que en realidad eran uno solo. Con el tiempo, Terenci me traspasó todo eso y estaba fascinado con que yo estuviera tan metido en ese mundo. Él me incitaba a que fuera más lejos, aunque un día me dijo: "Contrólate, porque hay gente que me ha dicho que se va a acabar cansando de Boris".

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