Rita Hayworth: "No soy más que una campesina española"

Nueva York. Años treinta. Muchos inmigrantes luchan por cumplir sus sueños. Entre ellos, la actriz de origen español Rita Hayworth. La escritora relata las luces y sombras de quien llegaría a ser un icono del cine.

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Confieso que no hay ningún auténtico capitán dentro de mi novela, Las hijas del Capitán: el título hace alusión a un restaurante y a un apodo. El restaurante es poco más que una modestísima casa de comidas en la neoyorquina calle 14, la zona que durante décadas fue el epicentro de la colonia inmigrante española. Y el apodo se refiere a su propietario, el malagueño Emilio Arenas, cuya muerte en un accidente portuario desencadena el hilo argumental. Las que sí transitan por la trama con paso firme son las hijas, Victoria, Mona y Luz, tres atractivas veinteañeras de temperamento arrebatado.

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La narración arranca en los primeros meses de 1936. Nueva York tenía por entonces casi siete millones de habitantes, más de un tercio de ellos nacidos fuera del país. Los principales grupos de residentes extranjeros eran los italianos y los rusos, seguidos por polacos, alemanes e irlandeses. Aun en cifras notablemente menores, con ellos convivían también entre 25.000 y 30.000 españoles. Tras el crack de la bolsa en 1929, Estados Unidos se encontraba inmerso en la Gran Depresión. Con su dinamismo imparable, sin embargo, la Gran Manzana se alzaba ya como una colosal metrópolis. Eran los años de la construcción de los principales rascacielos y de un imparable tráfico de seres y mercancías, de los grandes espectáculos, las imponentes orquestas de swing, los concurridos nightclubs, el Harlem Renaissance y el principio de la locura de los ritmos latinos.

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La mayoría de aquellos inmigrantes españoles se partían el alma como trabajadores con escasa cualificación profesional: fogoneros, cocineros, albañiles o porteros de edificios que llevaban una vida esforzada pero anónima para lograr un futuro mejor. Entre ellos había también artistas, o aspirantes a serlo. Y aunque casi ninguno llegó lejos, sí hubo uno cuya hija logró convertirse en un gigantesco icono: Rita Hayworth, a la que Luz Arenas, la más joven de mis protagonistas, pretende llegar a parecerse.

El primer apellido de la mítica actriz no era en realidad Hayworth, sino Cansino, y con los nombres de Margarita Carmen la inscribieron en el Registro Civil del borough de Brooklyn cuando nació. Su padre, Eduardo, había emigrado con sus hermanos –Elisa, Ángel y José– desde el pueblo sevillano de Castilleja de la Sierra. Juntos se propusieron hacer las Américas dedicándose al flamenco: nunca rozarían la gloria ni de lejos, pero se las arreglaron para sobrevivir como The Cansinos. Actuaron en teatros y salones, tuvieron una academia de baile…

Una estampa familiar con su hermano, su madre y su padre, el sevillano Eduardo Cansino, profesor de baile

Contrariamente a la tendencia habitual entre los miembros de la colonia, Eduardo no se casó con otra compatriota, sino con una artista irlandesa sin demasiado relumbrón. De ese matrimonio nació la niña a la que él se empeñó en enseñar a bailar desde su primera infancia. A los 12 o 13 años, con un cuerpo ya desarrollado y vistosamente vestida y maquillada, Margarita ya actuaba como pareja de baile del padre luciendo un estilo genuinamente andaluz: gracia y duende, faldas de lunares y pelazo moreno hasta con caracolillos. Desde Nueva York la familia se trasladaría años después a California, buscando un futuro en el emergente mundo del cine sonoro.

Ante la falta inicial de contratos, no obstante, optaron por cruzar la frontera de México para ganarse la vida en el casino de Agua Caliente en Tijuana, al no permitir la ley que Rita trabajara en los nightclubs de Los Ángeles por su extrema juventud. Se cree que aquel dueto artístico pudo haber sido la cara amable de algo mucho más perverso: los abusos sexuales a los que el padre la sometió durante años. Seguían inmersos en aquel intenso ritmo de shows nocturnos cuando se fijó en ella un productor de la Fox que le dio a los 16 su primera oportunidad: el debut en la pantalla bailando sugerente en la película Dante's Inferno al compás de un ritmo ya más tropical que flamenco.

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Llegaron a partir de ahí otros trabajos cinematográficos, pero pasaron prácticamente desapercibidos. Hasta que en su camino se cruzó Edward Judson, un empresario maduro con ambición y pocos escrúpulos que se propuso convertirla en una estrella. Primero le hizo cambiarse el apellido: adiós al castizo Cansino, tan escaso de glamour, bienvenido el Hayworth materno, mucho más acorde con el show business americano. Seguidamente la empujó a alterar su físico con una considerable pérdida de peso y una imagen mucho más provocativa, para la que necesitó dejar atrás su lustroso pelo azabache a fin de convertirlo en una llamativa melena pelirroja a la altura del hombro y marcada con amplias ondas; incluso la obligó a someterse a dolorosísimas sesiones de electrólisis, una técnica de depilación con el fin de dejarle más despejada la parte alta de la frente y darle un aspecto más anglosajón y menos latino.

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Apenas cumplió ella los 18 años, se casaron en Las Vegas. Aunque aquella transformación en manos de Judson le generó notables beneficios, el precio para Rita fue alto y tuvo un lado oscuro. No solo la trataba él como una mera inversión económica, sino que además la forzaba a ofrecer su cuerpo a todo aquel que pudiera abrirle una puerta en la industria. Como era previsible, acabaron por separarse, no sin dejarla él antes en la ruina, quedándose con todo lo que ella había ganado a fuerza de duro trabajo.

Pero la nueva y seductora Rita de aspecto americanizado que sustituyó a la Margarita de rasgos españoles ya tenía encauzada su carrera. Sangre y arena –basada en la novela del valenciano Blasco Ibáñez—, Desde aquel beso o Bailando nace el amor fueron algunos de los filmes de aquellos primeros años cuarenta, cuando sus contratos comenzaron a ser notoriamente abultados, contaba con fans por miles, aparecía en la portada de la revista Life y tenía como pareja en la pantalla a artistas de la talla de Tyrone Power, Gene Kelly o Fred Astaire.

Rita Hayworth y Fred Astaire bailan en uno de los inolvidables fotogramas de Bailando nace el amor, rodada en Buenos Aires y estrenada en 1942.

Llegaría entonces Gilda, la película dirigida por Charles Vidor que terminaría por lanzarla al estrellato y convertirla en la estrella mejor pagada de la década y en un icono universal gracias sobre todo a dos secuencias inolvidables. La primera, la subyugante ejecución de la canción Put the Blame on Mame, en la que, embutida en un vestido de seda negra, se quita un largo guante y realiza un striptease de brazo que dejó cautivados a los hombres de medio planeta. La segunda escena la constituye la bofetada más célebre de la historia del cine.

El striptease de brazo de Rita en Gilda la convirtió en un mito erótico

Tan escandalosas resultaron ambas secuencias, tan eróticas e impactantes, que en algunos países como España la censura amenazó con cortarlas o incluso con impedir la exhibición completa. Paradójicamente, lo que tan castos afanes lograron fue incrementar el morbo, haciendo que los cines se llenaran hasta los topes de espectadores.

La cinta la catapultó al puesto de la artista mejor pagada de la década y la convirtió en una de las grandes divas del mundo del espectáculo de todos los tiempos, pero, en paralelo a aquella brillante carrera, su vida personal se encauzó por unos derroteros del todo distintos. Contrariamente a la fiereza y el magnetismo que mostraba en la pantalla, fuera de los focos, detrás de las cámaras y los aplausos, la hija de aquel sevillano que partió a la emigración huyendo del hambre tenía una personalidad introvertida, tímida y apocada, lo que provocó que abusaran de ella en todos los sentidos. "Básicamente", dijo alguna vez describiéndose a sí misma, "soy una persona buena y gentil que se siente atraída por malas personalidades".

Con sus dos hijas: Rebecca, nacida de su matrimonio con Orson Welles, y Yasmin, hija de Aly Khan
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En un afán por poseer a lo que veían como un mero objeto de deseo masculino, los maridos se sucedieron uno detrás de otro sin llegar ninguno a proporcionarle ni estabilidad ni verdadero amor. La humillaron, la sablearon, le fueron infieles, la hicieron sufrir. Al despreciable Judson que la puso en la casilla de salida le siguió el gran Orson Welles en un matrimonio que le dio una hija y apenas duró cuatro años gracias al absoluto desinterés de él por ella una vez conquistada. En 1948, Rita anunció que dejaba Hollywood para casarse con el príncipe y notorio play boy Aly Khan, con el que tendría otra niña y del que se divorciaría en 1951 alegando un trato de extrema crueldad mental. En 1953 volvió a contraer matrimonio en Las Vegas, esta vez con un artista de poca monta de origen argentino, gracias a lo cual él logró pagar sus deudas al fisco y a sus exmujeres, darse la gran vida y no ser deportado. Tras un par de tormentosos años juntos, Rita lo abandonó después de que él la golpeara en público en un club de Los Ángeles y la dejara casi en bancarrota. El último indeseable con quien se emparejó con todas las de la ley fue el productor James Hill, que igualmente se encargó de abochornarla en público en numerosas ocasiones y se negaba categórico al deseo de ella de abandonar para siempre el cine.

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Acababa de divorciarse por quinta vez y aún no había cumplido los 50 cuando empezaron a saltar las alarmas respecto a su salud. Cada vez eran mayores los síntomas del alcoholismo que arrastraba desde joven, estaba prematuramente envejecida, se acrecentaron sus desequilibrios emocionales y los irracionales brotes de violencia que padecía desde hacía años. Dos décadas tardaron en diagnosticarle lo que causaba tan lamentables comportamientos: alzhéimer puro y duro.

Murió a los 68, tras haber rodado sesenta y una películas y haber seducido al mundo entero. Su hija Yasmin la cuidó hasta el final. Para entonces no quedaba nada en su memoria. De la de sus millones de admiradores, sin embargo, nunca se borraría. "I'm a Spanish peasant", cuentan que solía decir en sus tiempos más rutilantes con una humildad conmovedora: "No soy más que una campesina española".

Tributo a las mujeres valientes

Las hijas del Capitán (Editorial Planeta) es el nuevo y esperado título de la escritora María Dueñas. De su mano viajamos en el tiempo hasta el fascinante Nueva York de los años treinta, donde las hijas de Emilio Arenas, que acaba de fallecer, lucharan con pasión por transformar el local heredado de su padre en un nightclub. Para Dueñas, esta novela "es un tributo a las mujeres capaces de hallar su lugar en el mundo cuando los vientos soplan en contra. Y también a todos aquellos empujados por la vida hacia la aventura, a menudo épica y casi siempre incierta, de la emigración". Esta es la cuarta novela de la escritora, que con su primer libro, El tiempo entre costuras (2009), se dio a conocer en todo el mundo, al ser traducida a más de 35 lenguas. Después llegarían con igual éxito Misión olvido (2012) y La templanza (2015).

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