¿Por qué Melania Trump rechaza la mano del presidente?

¿Estrategia para demostrar al mundo que es mucho más que la esposa exmodelo del presidente de Estados Unidos o una manera de vengarse públicamente de su marido por sus desmanes? Probablemente, ambas.

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Poco después de las ocho de la tarde del día de las elecciones, cuando el inesperado triunfo de Donald Trump parecía confirmarse, Donald Trump Jr. le dijo a un amigo que su padre parecía haber visto un fantasma y Melania estaba llorando, y no de alegría precisamente. Ella estaba segura de que su marido no se convertiría en presidente y podrían volver a almorzar discretamente. Perder sería beneficioso para todos. Perder era ganar". Así describe la amarga victoria presidencial el periodista Michael Wolff en Fire and Fury: inside the Trump White House (traducido en España como Fuego y furia: en las entrañas de la Casa Blanca de Trump), el libro que narra la trastienda de su primer año de mandato. Algunos lo han tachado de poco fiable y el presidente intentó por todos los medios evitar su publicación, pero eso solo ha conseguido disparar sus ventas y convertirlo en un bestseller planetario.

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La mano de la discordia

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Con un visible manotazo, retirando disimuladamente el brazo para atusarse la melena o dejando que la manga del abrigo se interpusiera entre los dos, ya son tres las veces en que la primera dama ha negado públicamente la mano al presidente. Las dos primeras, el año pasado en los aeropuertos de Roma y Tel Aviv en apenas una semana, y la tercera el pasado mes de febrero al abandonar la Casa Blanca camino de Ohio (en la imagen).

Libertad para melania

Lo cierto es que no hace falta tener un topo en la Casa Blanca para atreverse a afirmar que Melania Trump nunca deseó ser la primera dama de Estados Unidos. Ni tampoco ser un experto en lenguaje no verbal para intuir que la relación entre Donald y ella es una bomba de relojería a punto de estallar. De hecho, las apariciones públicas de la pareja son analizadas con lupa porque casi siempre deparan 'momentazos' que dan más que hablar que los incendiarios tuits del presidente. Y es que la imagen de Melania rechazando la mano de su esposo, en un aeropuerto y con las cámaras por testigo, lleva camino de convertirse en un clásico. La primera vez fue en mayo de 2017, nada más descender del Air Force One en Israel, cuando ella dio largas a Donald con un buen manotazo. La segunda llegó pocos días después, en Roma, y la tercera fue hace unas semanas, cuando Donald, buscando el contacto con Melania, se encontró con la manga de su abrigo amarillo estratégicamente colocada. En esta ocasión era solo el colofón a una temporada horribilis para la primera dama. Acababa de saberse que los abogados de Donald Trump pagaron 105.000 euros a la actriz porno Stormy Daniels para tratar de ocultar el affaire que iniciaron en 2006, mientras Melania se recuperaba del nacimiento de su hijo Barron y él participaba en un torneo de golf. Fue razón más que suficiente para que ella cancelara en el último momento su asistencia a la cumbre de Davos y desconectar unos días en su mansión de Florida o para que ambos llegaran en coches separados al Congreso el día del solemne discurso del estado de la Unión. "Somos muy independientes", suele excusarse Melania. O tal vez solo pretendía pagarle con la misma moneda por la larga lista de desplantes que comenzaron el día en que llegaron a la Casa Blanca y él ni siquiera esperó a que descendiera del coche con un regalo de Tiffany en las manos.

La mala onda entre los Trump viene de lejos. Melania apenas se dejó ver durante la campaña electoral y cedió todo el protagonismo a Ivanka, la hija favorita del candidato. El hecho de que la exmodelo se atreviera a dar un discurso en la convención republicana y resultara ser un plagio de otro pronunciado por Michelle Obama tampoco ayudó mucho. Por no hablar de las veces en que Donald la obligaba a tomar la palabra en un mitin con una violenta actitud que congelaba el ambiente. Pero cuando se hizo más evidente fue durante la ceremonia de investidura. Si damos por bueno el refrán que dice: "La cara es el espejo del alma", el rostro de Melania lo decía todo. Ella permanecía hierática como una estatua y solo esbozaba una sonrisa forzada cuando su marido se daba la vuelta buscando la aprobación familiar. Una escena que fue carne de memes y propició la campaña virtual #FreeMelania ('libertad para Melania').

Su historia de amor

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Sin duda, Donald Trump, de 71 años, es el presidente más pintoresco de toda la historia de Estados Unidos. Ni siquiera el actor Ronald Reagan o Barack Obama, el primer mandatario negro, dieron tantos titulares en su primer año de mandato. De hecho, antes de llegar a la Casa Blanca Donald Trump ya era un viejo conocido de la opinión pública norteamericana y un personaje imprescindible de la escena neoyorquina. Empresario multimillonario, promotor de Miss Universo, protagonista del reality El aprendiz, mujeriego y bocazas, había estado casado dos veces –con Ivana Trump y con Marla Maples– y tenía cuatro hijos cuando conoció a Melania Knauss, 24 años más joven que él. Era 1998 cuando ambos coincidieron en una fiesta organizada por Paolo Zampolli, propietario de una agencia de modelos, en el Kit Kat Club de Manhattan. Donald se fijó en Melania y le pidió su número de teléfono, pero ella se negó a dárselo porque el magnate iba acompañado de su enésima conquista, Celina Midelfart, heredera noruega de una compañía cosmética que años antes había tenido sus más y sus menos con el príncipe Haakon de Noruega. "Hubo mucha química entre nosotros, pero su fama no me impresionó. Quería saber cuáles eran sus intenciones", declaró Melania en una entrevista. Donald desplegó sus dotes de conquistador y en 2005 se casaron en una ceremonia multitudinaria al más puro estilo Trump, en la que destacó la asistencia del matrimonio Clinton, por aquel entonces 'amigos' del empresario y receptores de sus más que generosas donaciones. Sí, la vida da muchas vueltas.

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Su particular sueño americano

Pero si Donald es impulsivo, provocador y exhibicionista, Melania está en las antípodas. Discreta y tímida, detesta ser el centro de atención. Tanto, que es un completo enigma, un misterio por resolver. De ella apenas se sabe que nació hace 47 años como Melanija Knavs en Novo Mesto, antigua Yugoslavia y actualmente Eslovenia, pero se trasformó en Melania Knauss al llegar a Estados Unidos. Su padre, Viktor, era miembro del Partido Comunista y vendedor de coches, y su madre, Amalija, trabajaba en una empresa textil. Gracias a ella, Melania y su hermana Ines, dos años mayor, siempre iban impecablemente vestidas y comenzaron a interesarse por la moda. Melania se trasladó a Liubliana –actual capital de Eslovenia– para estudiar arquitectura, pero abandonó la carrera cuando se cruzó en su camino el fotógrafo Stane Jerko, que le propuso trabajar como modelo. Por aquel entonces ella salía con el joven Peter Butoln, con el que se dejaba ver paseando en Vespa y bailando en alguna discoteca, pero no se le conoce otro 'novio' hasta la aparición de Trump. Poco después Melania quedó segunda en el concurso Face of the Year de una revista, y eso la animó a trasladarse a Milán con su hermana, que soñaba con ser diseñadora. Gracias a su 1,80 de estatura y su mirada felina, Melania trabajó como modelo en Francia e Italia hasta que a finales de los noventa se instaló en Nueva York y protagonizó reportajes de moda, campañas publicitarias y un sonado desnudo para la revista GQ que sigue dándole quebraderos de cabeza. El diario Daily Mail afirmó que en aquella época la modelo también ejerció la prostitución, pero recientemente ha tenido que indemnizarla por difamación por una cantidad que podría rondar los dos millones y medio de euros. Otro medio destapó que Melania tenía un hermanastro, Denis Cigelnjak, fruto de una relación de su padre anterior a su matrimonio y que Viktor Knavs siempre había ignorado hasta que se vio presionado a reconocerlo.

Al convertirse en señora de Trump en 2005 y traer al mundo a Barron un año más tarde, abandonó completamente su profesión y comenzó a ejercer el papel de perfecta esposa de potentado neoyorquino.

El dinero no da la felicidad

Fue entonces cuando Melania se instaló en un tríplex de la Trump Tower de decoración versallesca, instaló a sus padres y hermana en propiedades de su marido cercanas a su domicilio y se dedicó a "hacer Pilates y leer revistas", sus aficiones favoritas según declaró a la revista People. Poco después probó fortuna como diseñadora con la firma de joyería Melania Timepieces & Jewelry, con escaso éxito. Pero ella no le pedía más a su lujosa vida y, mucho menos, ser la primera dama de Estados Unidos. Concretamente, la única de la historia nacida en el extranjero si exceptuamos a la sexta, Louisa Adams, británica pero de padre estadounidense.

Hay quien afirma que Donald y Melania estaban a punto de separarse cuando el sorprendente resultado de las elecciones presidenciales echó por tierra sus planes. De ahí que la exmodelo se resistiera a abandonar la Gran Manzana para instalarse en la Casa Blanca, donde, por cierto, se dice que duermen en dormitorios separados. La idea de asentarse en una ciudad tan hostil como Washington, donde el 93% de los votantes se decantaron por la demócrata Hillary Clinton, la deprimía. "Brilla más y conecta mejor con la gente cuando está fuera de Washington. En la capital se siente bajo presión, no va de compras ni sale a cenar a restaurantes; no está feliz", argumenta Kate Brower, cronista de las primeras damas. El hecho de tener como antecesora en el cargo a Michelle Obama, con una personalidad arrolladora y una brillante carrera profesional a sus espaldas, también le hizo un flaco favor. De hecho, la oficina personal de Melania en el ala este de la Casa Blanca apenas contaba con la mitad de empleados que en la era Obama, pero en los últimos tiempos la primera dama se está tomando más en serio su papel y ha realizado nuevos fichajes. De perfil bajo y tradicional, ya ha dejado claro que las dos causas en las que se va a volcar son la lucha contra los opiáceos –una epidemia que provoca unas 90 muertes diarias en Estados Unidos– y el ciberacoso a menores. Algo que ha sorprendido a los analistas políticos, dado el papel de 'matón' que le gusta ejercer a Donald Trump en las redes sociales.

Dos niños en casa

A lo que Melania sigue resistiéndose es a las entrevistas, que concede con cuentagotas. No es de extrañar, teniendo en cuenta que en ellas siempre le toca defender, con un inglés de marcado acento eslavo, las salidas de tono de su marido. Como cuando en 2016, en plena campaña electoral, vio la luz el vídeo en el que Trump le decía a un periodista: "Cuando eres famoso las mujeres te dejan hacerles lo que quieras; agarrarlas por el coño, lo que sea". "Es un lenguaje inaceptable, pero son bromas típicas de machos y así lo interpreté yo. A veces digo que tengo a dos niños en casa, mi hijo y mi marido, y sé cómo hablan los hombres en algunas ocasiones", justificó ante las cámaras de la CNN. Poco después no le quedó más remedio que subir al estrado en un mitin en Wisconsin y recitar una oda a su marido: "Estoy muy orgullosa de él. Es trabajador, amable y tiene un gran corazón. También es fuerte e inteligente; un buen comunicador y negociador. Es un gran líder que dice la verdad". Habría que ver si hoy en día, con lo que ha llovido desde entonces, Melania Trump daría el mismo discurso.

Ella sí tiene quien la vista

El principal lema de Donald Trump es "America first" ('América primero'), que se traduce en una exaltación de todo lo americano. Pero cuando hablamos del guardarropa de la primera dama, la máxima se desvanece. Tal vez sea porque cuando Trump ganó las elecciones muchos diseñadores estadounidenses llamaron al boicot y se negaron a vestir a la primera dama; entre ellos, Marc Jacobs, Vera Wang, Donna Karan o Calvin Klein. Pero lo cierto es que, salvo Ralph Lauren y Carolina Herrera, Melania Trump se suele decantar por marcas europeas como Dior o Delpozo. Algo que le ha granjeado numerosas críticas, más que por falta de patriotismo, por el desembolso que suponen. El más sonado, un abrigo de flores de Dolce & Gabbana de 46.000 euros que estrenó en su visita a Italia. Lo más polémico, calzarse unos manolos de 12 centímetros de tacón para visitar el sur de Texas devastado por el huracán Harvey o ponerse una camisa escocesa de 1.000 euros de Balmain para recoger verduras del huerto de la Casa Blanca con las cámaras por testigo. Mención aparte merece su atuendo en la visita al papa, donde parecía que asistía a un funeral.

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