“Las personas agradecidas son más felices”

Su trabajo es contagiar ilusión a los directivos más importantes del país y tiene una agenda de vértigo. Pero nos hizo un hueco para dar un paseo y charlar. Y comprendimos por qué le va bien. ¡Nos contagió!

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A  Victor Küppers no le gusta demasiado ser el centro de atención. Repite que él no es el protagonista y que lo que cuenta son, en realidad, ideas que ha ido extrayendo de distintos expertos. Sin embargo, empresas como Nestlé, Nike o Volkswagen-Audi lo solicitan como formador y conferenciante. Además, imparte clases en la Universitat Internacional de Catalunya, la Universidad de Barcelona y ESADE. Y, por si fuera poco, acaba de publicar Vivir la vida con sentido (Plataforma Editorial). Asegura que lo mejor que le podrías decir es que gracias a su trabajo ha conseguido cambiar la motivación de alguna persona. El entusiasmo que pone en ello es contagioso. Su actitud positiva, también.  
¿Dar las gracias nos hace más felices?
Totalmente. Cuando le haces un favor a alguien te sientes de maravilla, cuando ayudas a tu vecina a subir las bolsas, quien mejor se siente eres tú. Estamos programados así, nos guste o no. El bienestar de los demás y el tuyo propio se encuentran inevitablemente unidos. Cuanto más contribuyes a hacer felices a otros, más feliz te sientes tú. Y es un ciclo, porque cuanto más contento estás, más te apetece dar. El mejor combustible es la pasión por la vida y el amor por los demás.
A menudo oímos a cooperantes que relatan cómo con su trabajo reciben mucho más de lo que en realidad dan.
Es paradójico: la mejor forma de aumentar tu autoestima es ayudar a los demás. Hay pocas cosas que nos proporcionen tanta satisfacción. Ese es el gran secreto de la vida. Hay personas que lo han descubierto y otras que siguen sufriendo porque aún lo buscan. La única vida que tiene sentido es aquella enfocada a los demás. La bondad, la empatía con los demás, es la virtud que más admiro, es la que elegiría entre todas las demás si pudiera comprarme una. Ayudar al que más lo necesita es lo más grande que un ser humano puede hacer por otro. Por justicia. Por amor.
¿Deberíamos decir “te quiero” más a menudo?
¡Sí! Y el porqué de ese te quiero: “Cariño, eres la mujer más fantástica del mundo y te quiero por tal y por cual”. Comprueba qué pasa si lo haces. Es magnífico: verás cómo acabáis llorando tú y ella. Últimamente, con la excusa del “ya lo sabe”, hemos perdido las muestras de cariño y afecto. Todas las personas nacemos, vivimos y morimos por amor. Es lo que nos mueve. Lo que más necesitamos es querer y sentirnos queridos. Gran parte de nuestra felicidad depende de lo bien que vayan nuestras relaciones con las personas que amamos y apreciamos. Pues bien, las relaciones funcionan cuando eres sensible, cuando tienes un radar para detectar cosas fantásticas, reconocerlas y alabarlas.
¿Por qué es tan importante elogiar a los demás?
En primer lugar, porque es justo. Todo el mundo hace cosas bien hechas y es de justicia reconocerlo. En segundo lugar, porque harás sentir mejor a esa persona. Un elogio sincero sube la autoestima como no lo hace nada más.
Dinos una forma sencilla para hacer más felices a los demás.
Seamos prácticos: no vamos a cambiar el mundo, pero sí podemos controlar lo que pasa en nuestros dos metros cuadrados. Si cada uno decide ser más amable en esos metros, quizá entre muchos cambiemos cientos y cientos. Nuestros dos metros cuadrados serán el mundo que nosotros queramos que sea. Ahí no hay excusas. Si queremos un mundo mejor, que lo queremos, tenemos que empezar por provocarlo nosotros.
¿Tanto poder tiene dar las gracias?
Una palabra amable, un elogio o un beso pueden, en el lapso de un solo segundo, superar un dolor enquistado desde hace meses. Así de fuerte es el sentimiento del amor. Empieza a repartir elogios, empieza por las personas que más quieres. Toma nota: el psicólogo John Gottman explica que un matrimonio con un ratio de cinco elogios por una crítica está fuera de peligro. Yo me lo he creído.
Pues me temo que normalmente somos un poco tacaños con los elogios.
Totalmente. Somos más generosos con las críticas y nos volvemos rácanos con los elogios, “no vaya a ser que se lo crea y se le suban los humos”. Pensar así es ser un poco mezquino. Si algo es fantástico, no digas solo que “está bien”; di: “Está fantástico”. Hay una historia en la que siempre pienso cuando hablamos de esto. Una madre había hecho la cena para su marido y sus dos hijos, que consistía en una tortilla francesa absolutamente carbonizada. El marido le dice: “Perdona, pero se te han quemado las tres tortillas”. A lo que su mujer le contesta: “Vaya, es cierto; cuando se me ha quemado la primera la iba a tirar. Pero de repente he pensado: ‘¡Tate!, que estos se lo comen todo; no deben de tener paladar porque nunca me han hecho ningún comentario sobre la comida’. Ahora que veo que sí sabéis diferenciar lo bueno de lo malo, os agradecería que la próxima vez que algo esté bueno me lo digáis”.
¿Por qué nos cuesta tanto dar las gracias?
Dejamos de ser agradecidos porque damos por hechas muchas cosas, no porque seamos malas personas. Va todo tan rápido que nos limitamos a correr y vivir encerrados en nosotros mismos. Vamos por la vida como zombies, como pollos sin cabeza. Y, al final, tratamos al resto del mundo como “bultos peludos con patas”.
¡Eso suena muy mal!
Un día hice un experimento con mi hijo: nos pasamos veinte minutos en el ascensor de unos grandes almacenes apuntando en una libreta cuantas personas nos saludaban al subir. En ese tiempo pasaron 31 personas por el ascensor. Nueve nos saludaron, cuatro hicieron un gesto con la cabeza (mi hijo me miraba y me preguntaba en voz bajita: “Papi, ¿estos cuentan o no?”); 18 nos confundieron con la decoración del ascensor, ¡18! ¿Cómo es posible? Era para decirles: “Perdone, ¿nos ha visto?”. Seguramente hubieran dicho: “Ah, sí; ¡perdón! Había dos bultos, uno más grande y otro más pequeño; uno más peludo y otro menos” [ríe].
El ‘gracias’ formal, el cortés, ¿también tiene su efecto?
No. Es una frase educada y estándar. Pero aunque no tiene grandes efectos positivos, puestos a elegir, mejor ser educados que desagradables, ¿no? Porque si no, al final habrá dos expresiones que tendrán que quitar del diccionario por falta de uso: ‘por favor’ y ‘gracias’. Prueba a sentarte un día en un autobús, a tres centímetros de otra persona y salúdala con un “buenos días”. Verás cómo, de repente, agarra sus cosas con más fuerza. ¡La asustarás!
¿Podemos aprender a ser optimistas? ¿Hay algún método?
Si uno es de Cádiz, sin duda lo tiene más fácil [ríe], pero por supuesto que sí. No hay un gen del optimismo. En realidad, por naturaleza somos pesimistas. Nuestra mente está programada para resolver problemas. Por protección, tendemos a pensar que las cosas irán mal.
¿Cómo podemos cambiar eso?
Cogiendo nuevos hábitos. Hay que hacer un esfuerzo y proponerse buscar el lado más positivo de las cosas. Al principio será difícil, pero como ocurre con los hábitos, poco a poco resultará más sencillo, hasta que se convierta en nuestra forma de ser. La diferencia entre las personas optimistas y las pesimistas no está en la realidad que observan, sino en el adjetivo que deciden escoger. Y hay una forma muy efectiva: uno aprende a ser alegre siendo agradecido... con los demás y con lo que tiene.
Dinos una fórmula apara aprender a valorar todo lo que tenemos.
Hay un refrán que dice: “No sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos”. Y es verdad. No sabemos lo que tenemos precisamente porque lo tenemos y nos hemos acostumbrado a ello. Mi hijo no valora las copas de Europa que gana el Barça porque tiene nueve años y desde que tiene uso de razón ha celebrado tres, ¡una menos de las que yo he celebrado en toda mi vida!
Y si dejamos de valorarlo, supongo que, en cierto modo, también dejamos de disfrutarlo...
¡Claro! Pensar con gratitud ayuda a saborear las experiencias positivas de la vida. La gratitud es un antídoto contra las emociones negativas, un neutralizador de la envidia, de la avaricia... Se ha comprobado que las personas agradecidas son más felices, tienen más energía, son más optimistas... Solo tiene ventajas... y es gratis.
Algunos dirán que ser tan optimista es ser un iluso.
Hay que escapar de los cenizos: contagian, solo saben dar malas noticias, nos consumen la energía. Y si alguna vez oyes que alguien dice: “No soy pesimista, soy un realista informado”, empieza a correr. Son los más peligrosos. Hay que huir de ellos como de la peste, y puestos a huir, hay que hacerlo muy rápido.
Y ¿si tenemos un día en que nos sentimos pesimistas?
El psiquiatra Luis Rojas Marcos aconseja hacer un ejercicio muy simple: el día que te sientas desanimado, coge un lápiz y escribe veinte cosas fantásticas que tengas en tu vida. No es fácil, ni rápido. Puedes tardar 15 minutos en hacer este ejercicio, pero después de este tiempo pensando en positivo uno ve las cosas de otra manera. Eso no quiere decir que tengamos que aceptarlo todo, no. Uno tiene que ser beligerante ante las injusticias, ambicioso. Pero creo que las preocupaciones nos quitan mucho más tiempo del que deberían. Descartes, al final de su vida, escribió una carta en la que decía: “Mi vida estuvo repleta de preocupaciones, muchas de las cuales jamás sucedieron”.
Otro de los puntos clave quizá esté en aprender a relativizar.
Exacto. Hay circunstancias en la vida para estar realmente triste, como el fallecimiento de un ser querido o estar en el paro. Sin embargo, muchas personas no viven nada de esto y van por la vida con cara de merluzo. Apetece pararles en medio de la calle y preguntarles: “Por curiosidad, ¿a usted qué le ha ocurrido? Con la cara que lleva debe de ser muy grave”. ¿Sabes qué nos responderían? Cosas como que “la BlackBerry no me sincroniza los emails”.
¡Un problemón!
Sí, ¿verdad? Pues hay personas que son capaces de perder la alegría por este tipo de contratiempos. Y al final se vuelven intransigentes crónicos. La tortilla está fría y montamos en cólera, no sale agua caliente y a los dos segundos se ha enterado todo el edificio del grito que hemos pegado. Y si lo piensas fríamente, ¿cuántas personas darían lo que fuera por estar en tu situación? Por eso es muy recomendable relativizar. Te darás cuenta de que la inmensa mayoría de tus problemas son insignificantes. Automáticamente verás la vida desde una perspectiva mucho más feliz.
Y para ti, ¿qué es ser feliz?
Soy una persona muy religiosa y la madre Teresa de Calcuta es quizás la persona que más ha influido en mi vida. Ella decía una frase que me parece espectacular: “Que nadie llegue jamás a ti sin que al irse se sienta mejor y más feliz”. La tengo apuntada en mi mesilla de noche, en la agenda, en mi despacho... En realidad, por todos lados. Para mí, ser feliz es llegar a cumplir esta máxima. Me parece que esa frase encierra el verdadero sentido de esta vida. Imagínate que se te pudiera aplicar a ti. ¿No serías una persona única, fantástica? Quizás no tendrías una gran fortuna, pero desde luego saldrías de esta vida por la puerta grande.

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