Eugenia Osborne y Patricia Pradera: 'Sin abrazos el cáncer es más duro'

Amigas y socias en la aventura contra esta enfermedad, juntas han puesto en marcha el Instituto Oncover, donde ayudan a mitigar el dolor de la enfermedad a pacientes y familiares.

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Eugenia, segunda hija del cantante Bertín Osborne, perdió a su madre, Sandra Domecq, hace diez años por un cáncer de vejiga. Su socia, la psicóloga Patricia Pradera, también perdió a sus abuelos como consecuencia de esta enfermedad. Tras cerrar sus heridas y superar sus miedos, hoy estas dos amigas se dedican a ofrecer a pacientes y familiares herramientas psicológicas para afrontar la enfermedad. Su amistad se forjó en la universidad, donde compartieron pupitre mientras estudiaban Psicología. Y aunque después tomaron caminos diferentes, siempre han estado ahí para darse consejo. Ahora, la vida las ha vuelto a juntar en el Instituto Oncover. Un bonito proyecto que está ayudando a Eugenia, junto con el apoyo y el cariño de su familia, a superar la pérdida de una de sus mellizas el pasado mes de noviembre. Nos reunimos con ellas para charlar sobre este proyecto, y sus palabras delatan el tremendo cariño y la enorme complicidad que las une. Es esta una entrevista entrañable y muy emocionante.

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¿Cómo surgió el Instituto Oncover?
Patricia. Mi abuela paterna murió de cáncer de pulmón cuando yo tenía dieciocho años, y pasó tres meses en cuidados paliativos. Sin embargo, nunca vino nadie a preguntarnos cómo estábamos. Nadie se acercó para explicarnos cómo iba a ser el proceso de la enfermedad hasta el desenlace. Y lo eché en falta. Cuando terminé mis prácticas en la unidad de Cuidados Paliativos del Centro San Camilo, en Madrid, descubrí que no existe ninguna entidad privada, más allá de las asociaciones, que cubra las necesidades psicológicas del paciente o sus familiares. Se lo comenté a Eugenia, le encantó el proyecto y así nació hace ya dos años el Instituto Oncover.

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Y tú, Eugenia, ¿qué labor realizas en este proyecto?
Eugenia. Es un proyecto muy bonito, pero también duro, porque al haber vivido tan de cerca la enfermedad de mi madre, me afecta bastante. Yo me encargo de la coordinación de los talleres que ofrecemos en el centro. Además, me ocupo de seleccionar a los profesionales adecuados que los impartirán. En este tiempo hemos organizado talleres de arteterapia, para aprender a canalizar las emociones a través del arte; de autoestima, de nutrición y de imagen corporal. En ellos, un especialista explica desde el uso de pelucas y pañuelos hasta dónde adquirir ropa interior para mujeres que se han sometido a una mastectomía radical y no se han realizado la reconstrucción mamaria. Son sesiones muy prácticas en las que aprendemos todos.

¿Qué echaste en falta durante la enfermedad de tu madre?
E. Fue muy triste y difícil de afrontar. Recuerdo que todo eran preguntas y no había respuestas. Me hubiese gustado contar con el apoyo de profesionales para que me hubieran ido guiando y dando sentido a todas las emociones y sentimientos que fui teniendo a lo largo del proceso. Hubo momentos en que me sentí muy perdida.

Patricia, el hecho de tratar a pacientes con cáncer y a sus familiares en el gabinete ¿te ayudó para afrontar desde otra perspectiva la enfermedad de tu abuelo?           
P. Sí y no. A pesar de tener experiencia y un rodaje asistiendo a enfermos paliativos, nunca es lo mismo cuando te acercas a tu enfermo desde el plano profesional, para vivirlo de cerca en tu faceta íntima y familiar. Es cierto que en mi caso tuve más herramientas emocionales para afrontar la enfermedad de mi abuelo, como el control de la ansiedad o técnicas de relajación, pero el dolor y la tristeza fueron inevitables, porque además sabía que no había vuelta atrás.

¿Qué es lo más difícil de un diagnóstico de cáncer?
E. Para mí lo peor fue la incertidumbre, no saber lo que iba a ir ocurriendo, porque me generaba mucha ansiedad y miedo. Además, ahora, con la perspectiva del tiempo y viendo la labor que realizamos en el centro, creo que es fundamental la ayuda de un profesional que ponga en orden tus emociones para no sentirte culpable. Durante la enfermedad vives una montaña rusa de emociones y necesitas un apoyo que te escuche, te dé serenidad y fuerza ante tanto dolor para poder continuar adelante y afrontar el proceso de duelo.  

Cuando acude a vuestro centro el familiar y principal cuidador de un enfermo, ¿qué claves y pautas de actuación se le recomiendan para el día a día?                                                         
P. El cuidador debe cuidarse a sí mismo para poder cuidar adecuadamente a su familiar enfermo. Debe vigilar su alimentación, procurar dormir bien, no quedarse en el hospital noche tras noche, tener momentos de ocio y entretenimiento para evitar la fatiga y, sobre todo, normalizar sentimientos. Es decir, si tiene ganas de llorar, debe llorar. Hay que evitar reprimir las emociones, porque es negativo.

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Y a nivel personal, ¿cuáles fueron vuestros apoyos durante las enfermedades de vuestros seres queridos?     
P. Mi familia y amigas fueron esenciales. Charlar por teléfono o escaparme a tomar un café con mis amigas me aportaba mucho bienestar y me ayudaba a disipar mi tristeza.
E. Yo me refugié en mis amigos. Coincidió que era verano y recuerdo que procuraba entrar y salir mucho para distraerme. También me ayudó a desconectar la serie Friends. Tiré mucho de esta serie el año siguiente a la pérdida de mi madre, porque me vine a vivir a Madrid sola y fue una etapa complicada. Recuerdo que me ponía varios capítulos y así lograba relajarme y quedarme dormida. Así fui saliendo adelante.

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En una enfermedad como el cáncer es frecuente que aparezca el sentimiento de culpa. ¿Cómo se enseña a pacientes y familiares a sobrellevar esta carga emocional?
P. En la vida hay una parte que se puede controlar, pero también hay otra que es incontrolable. Y ante la pregunta  de por qué le ha tenido que tocar a él, a veces existe una razón médica; por ejemplo, que tenga antecedentes familiares. Pero en otras ocasiones no hay respuesta, y de ahí el malestar y la incomprensión. Por eso, en la consulta mi trabajo consiste en enseñarle al familiar a asimilar la situación de su ser querido de la mejor manera posible. También diseñamos actividades entre paciente y familiares para intentar salir del círculo de la enfermedad y que puedan así compartir momentos felices.  
Eugenia, cuando enfermó tu madre ¿te preguntaste por qué le había tocado a ella?
E. Sí, claro. De hecho, sigo haciéndome esas preguntas a día de hoy. He aprendido a vivir con esas preguntas sin respuesta, porque además de que nadie me las puede responder, ninguna me serviría realmente.

Y tú, Patricia, ¿te planteaste también por qué le había tenido que tocar a tu abuelo sufrir esta enfermedad?  
P. La verdad es que no, porque cuando él enfermó ya era bastante mayor y comprendí que es ley de vida.  

¿Os resulta difícil tratar a pacientes en el gabinete tras haber vivido la experiencia del cáncer en vuestras familias?
P. A mí no. Me apasiona mi trabajo y cada día me enriquece más pasar consulta. Pero me cuido mucho, para evitar la fatiga psicológica. Me tomo mi tiempo libre para poder sobrellevarlo con naturalidad. Sin embargo, he de confesar que cuando trabajé en el centro de paliativos pasé un mes con un miedo a morirme horrible. Mi formación psicológica y mis creencias religiosas me ayudaron a afrontarlo.  
E. A mí me afecta tanto que todavía no me siento preparada para tratar a los pacientes en la consulta, porque me remueve mucho todo lo que viví con mi madre. Quizá lo haga en el futuro.

¿Qué es lo más satisfactorio de vuestro trabajo?
P. La gente piensa que cuando trabajas con personas enfermas todo es tristeza y malestar, y se equivocan: también hay muchas alegrías y satisfacciones. La enfermedad ocupa solo una parcela de sus vidas. Lo más enriquecedor es que en el día a día pacientes y familiares tienen muchas ganas de vivir y esto compensa todo lo demás.
E. Para mí lo más enriquecedor es ver la fuerza, las ganas de salir adelante que ponen nuestros pacientes y familiares. Es admirable cómo hacen frente a la enfermedad, se reponen ante los baches e intentan normalizar sus vidas. Esa es mi mejor y mayor recompensa.

¿Ha cambiado el concepto de la enfermedad?
E. Sí. Antes la palabra ‘cáncer’ era una sentencia de muerte. Hoy, afortunadamente, es en muchos casos una enfermedad crónica. Además, la población está más concienciada y hombres y mujeres se realizan sus revisiones puntualmente para detectarlo a tiempo, ya que el diagnóstico precoz es esencial.
P. Desde luego. Pero creo que se sigue dramatizando mucho cuando se habla del cáncer. Incluso hay medios de comunicación que caen en el morbo, y esto tampoco ayuda a normalizar la enfermedad. Debemos dejar de victimizar el cáncer.

¿Cumplís con vuestras revisiones? ¿Vigiláis vuestra salud?
E. Por supuesto. Nunca descuido mis citas médicas y además llevo una vida saludable. Hago deporte, realizo una alimentación equilibrada y procuro dormir mis ocho horas diarias. Esto lo aprendí de mi madre y lo mantengo a raya, porque hace que me sienta bien y tranquila conmigo misma.  
P. Yo, además, me estoy realizando las pruebas del consejo genético oncológico, porque cumplo varios requisitos, ya que mi abuelo materno falleció por un cáncer de colon, después mi madre sufrió la enfermedad y mi abuela paterna también falleció a causa del cáncer. Uno de mis lemas vitales es “más vale prevenir que curar”.

¿Qué retos de futuro tenéis en el Instituto Oncover?  
P. Nuestros proyectos están centrados en la atención psicológica a pacientes y familiares, cursos de formación no solo dirigidos a profesionales, sino también a los cuidadores para que aprendan a atender a sus enfermos y a manejar las situaciones emocionales de sus seres queridos. A veces, el paciente paga sus frustraciones con la persona que más tiempo pasa con él, el cuidador, y este, de tanto aguantar, se termina rompiendo. Esto es lo que hay que evitar, porque se sufre mucho.  
E. En los próximos meses vamos a organizar, para profesionales, un curso sobre el duelo, sobre cómo superar la pérdida de un familiar. Otro de nuestros objetivos a corto plazo es crear un departamento de psicooncología infantil para atender a los niños enfermos. Los más pequeños  sufren mucho y también necesitan apoyo emocional.

Tras trabajar al lado de pacientes y familiares, ¿os da ahora menos miedo la palabra cáncer?   
E. Sin ninguna duda. Contamos con mejores tratamientos y esto permite tener una mejor calidad de vida. Y no hay que olvidar que la tasa de supervivencia se ha incrementado de forma considerable. Cada vez un mayor número de personas superarán la enfermedad. Esto ya es todo un éxito.  
P. Bastante menos. Hoy hay más ayudas y apoyos tanto para pacientes como para familiares. Además, se ha avanzado mucho en investigación. Nuestro centro está muy implicado en varios estudios científicos. Y yo procuro estar al día asistiendo a congresos y seminarios. Sin duda, el gran reto del siglo XXI es acabar con el cáncer de una vez por todas. El día que lo logremos, respiraremos tranquilos, porque la gran amenaza para la salud estará controlada.

“Nunca estaré lo suficientemente agradecida a mi hermana”

Eugenia recuerda emocionada algunos pasajes de la enfermedad de su madre, Sandra Domecq, desde el momento en el que supieron la noticia: “Fue un shock tremendo. Recuerdo a mi padre dándonos la noticia del diagnóstico, intentando hacernos ver que era menos de lo que en realidad era, y a mi hermana mayor haciéndonos ver la realidad de la enfermedad. Fue tal el mazazo que al principio ni me lo creí. Fue entonces cuando Alejandra, mi hermana mayor, que por entonces tenía veinticuatro años, se convirtió en la cuidadora principal de mi madre. Ella dejó Madrid y abandonó sus estudios para instalarse con nosotras en Jerez y ocuparse de todo: de mi madre, de la casa... Hasta ejerció de madre con nosotras. Nunca le estaré lo suficientemente agradecida por cómo se portó con mi madre, conmigo y con Claudia, mi hermana pequeña. Hoy, cuando miro atrás, me doy cuenta de que a mi hermana Alejandra le habría venido muy bien contar con alguien con quien desahogarse, porque ella cargó con todo y fue muy triste y agotador. Eso sí, hasta el último momento y por mucho que nos dijeran los médicos, siempre tuvimos la esperanza de que mi madre se recuperara de la enfermedad”.