Rafael Martínez-Simancas

Cuando en 2011 al escritor Rafael Martínez-Simancas le detectaron un linfoma, sus hijos tenían diez años. Cómo responder a sus preguntas sin que ellos sufrieran fue todo un reto. Queríamos que nos lo contara y aprender de su experiencia.

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En noviembre de 2011, al periodista y escritor Rafael Martínez-Simancas le nombraban director de un conocido diario gratuito, sus mellizos cumplían diez años y el diagnóstico de un linfoma detenía en seco su reloj. Este golpe sordo no acalló, sin embargo, el tictac de un hogar que los pequeños Lidón y Víctor ponen en hora cada día. Aquel otoño, Rafael me escribió: “No me puedo morir. Mis hijos son muy pequeños”. Desde entonces, este periodista de 52 años ha pasado media docena de veces por el quirófano, se ha hecho experto en el ‘dialecto Hodgking’ (denominación sobre la que él mismo bromea) y ha publicado el libro Sótano octavo (Ediciones B), en el que narra, con sinceridad no exenta de sentido del humor, el proceso de su enfermedad: diagnóstico, tratamiento, relación con los médicos, complicidad con los enfermos y el trance de comunicar la noticia a la familia, especialmente a los hijos.
Cuando te diagnostican una enfermedad de este tipo, la noticia se recibe en solitario y se comparte de inmediato con la persona más cercana... pero ¿cómo te enfrentas a decírselo a tus hijos?
Nos planteamos que habría que contárselo también a ellos y fue decisión mía hacerlo desde la normalidad absoluta. Mi mujer me secundó con un “te acompañaré en lo que hagas”, y les dijimos: “Papá está malito, tiene una enfermedad que es grave pero de la que se va a curar, ¡por supuesto!”, y a partir de ahí nunca les hemos contado nada que no sea cierto. Ellos me han visto peor y mejor, me han visto vomitar, someterme al tratamiento entero, salir de casa camino del hospital... y siempre he respondido sinceramente a todo lo que me han preguntado.

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El juego de la sinceridad es a pecho descubierto... ¿Alguna pregunta de los niños te ha generado desazón?
No. Lo que sí que han provocado sus comentarios han sido momentos muy divertidos, como cuando en el patio del colegio le dije a mi hijo Víctor que no llevaba abrigo, y me respondió: “Papá, yo no tengo frío como tú. A lo mejor porque yo no tengo quimioterapia”.

De hecho, uno de esos comentarios de Víctor constituye el prólogo de tu libro.
Sí. Él entendió mi enfermedad en términos de lucha entre duendes y ogros. Su hermana, Lidón, supo remontar un bache en el cole porque aunque parece tímida y reservada ha demostrado ser una niña con mucho aplomo, a pesar de tener once años en ese momento.

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Por lo que se ve, siempre has tenido una actitud transparente hacia los niños.
He contado siempre lo que era verdad y lo que sentía: cuando el agua me sabía a cobre, cuando les hacía cerrar las ventanas porque no podía tocar nada frío por efecto de la quimio, las veces que no podía llevarlos al parque por cansancio e incluso cuando le acabé cogiendo manía a su colonia infantil.

¿Crees que bajo la mirada cristalina de un niño se ven las situaciones más duras y los problemas con una pureza con la que los adultos no contamos?
Los niños ven las cosas cristalinas, cierto, pero también tienen escapatorias con las que los adultos no contamos y que tampoco nos son propias. Cada edad tiene su responsabilidad, su forma de afrontar el problema. Lidón y Víctor lo han entendido perfectamente, pero también tienen momentos en los que no quieren preguntar por mí y quieren pensar en sus cosas, incluso otras fases en las que no quieren sufrir. Y hacen bien. Mis niños lo tienen que asimilar, y no siempre es fácil hacerlo con una noticia tan dura como esta.

¿Crees que esta enfermedad los ha hecho madurar más deprisa, de una forma especial?
Yo sé que a ellos les ha dolido. No sé si han madurado más o no, eso habrá que verlo con el tiempo, tendrán que pasar años para saberlo, pero para los niños es una faena ver a su padre herido. Es una tragedia, un conflicto y sé que, por ejemplo, en el colegio hay veces que no lo han pasado bien. No es una experiencia fácil y estoy convencido de ello porque siendo yo muy poco mayor que ellos perdí a mi padre y fue un trance muy amargo.

Mucha gente en tu situación no hubiera optado por la transparencia. Algunos incluso lo ocultan a parte de sus familiares y amigos. ¿Qué les dirías?
Yo no puedo aconsejar ni condenar. Cada uno hace aquello que le parece oportuno: no somos nadie para juzgar a otro, y menos cuando esa persona está pasando por una experiencia tan terrible. Hay gente más cerrada a la que le cuesta muchísimo abrirse. Yo lo he visto en el hospital. ¿Lo pasan mejor que yo? Pues no, tenemos la misma enfermedad y tampoco te curas mejor por ser más abierto.

Sin embargo, muchas veces verbalizar lo que estás pasando funciona como si fuera una terapia.
Sí, pero tampoco te creas que yo lo cuento todo. Hay veces que no me apetece y hay que tener en cuenta, además, que si lo sobrecuentas te puedes convertir en un latoso y en una persona que solo sabe narrar batallitas sobre su enfermedad. Un poco de dignidad siempre viene bien, un poquito de presencia, estado de ánimo y la necesidad de pensar que esto es una pelea muy larga, muy dura, y habrá días peores, otros más cansados y que al final tienes que capearlo como venga.

Después de dos años y medio en la batalla... ¿ha cambiado tu relación con los niños?
No, en absoluto. Sí que es cierto que aprecias más a la gente que quieres, ya que a veces piensas que te va a quedar menos tiempo y disfrutas del día a día como no te puedes imaginar. Pero para un padre los niños son igual de encantadores e igual de pesados tanto si estás malo como si no.

¿Han leído ellos Sótano octavo, el testimonio de tu enfermedad?
Lo tienen dedicado, pero les he dicho que se esperen un tiempo para leerlo. De todos mis libros, es el único que tiene dedicado cada uno. No lo hice con Doce balas de cañón o El amor patético, pero con este sí que les escribí una cosa especial porque cada uno es una parte especial de mi enfermedad.

El apoyo de tus hijos, el habérselo contado, que ellos estén ahí, ¿te ha ayudado a ser más valiente y superar todo esto?
No. Yo no me quiero apoyar en ellos. Debo hacerlo en adultos, contar con mi mujer, mis hermanos y mis amigos, que han sido fundamentales. A mis hijos debo procurarles cariño y protegerlos del dolor. Esa es mi obligación.

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El libro lleva la siguiente dedicatoria: “A los que van a la batalla sin temor”.
Sí, Sótano octavo es un libro de batalla y por ello se lo dedico a los que van a la lucha todos los días porque me parece que son los importantes. Ellos, a los que conozco y a los que no, a los que son y a los que están por venir, a aquellos que piensan que no les va a tocar y les tocará algún día, esos son mis héroes, mis personajes favoritos, mis compañeros, esos son mi casta social.

Hasta el fatídico día de otoño en el que te diagnosticaron el linfoma, tu salud era envidiable. Con cincuenta años tu presente brillaba como nunca.
Sí, el 3 de noviembre de 2011, antes de tumbarme en la camilla en la que tenía la ecografía chivata, tenía muchos planes por delante. No podía imaginar que el futuro me tuviera preparada esta jugada tan intensa. Entonces, cuando te toca la bola negra te preguntas: “¿Por qué yo?”. Pero inmediatamente, cuando ves a niños de la edad de tus hijos en ciclos de quimioterapia, piensas: “¿Por qué ellos?”. Finalmente, te acabas por preguntar: “¿Para qué?”.

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Son preguntas muy difíciles...
He tenido que sufrir un cáncer para que, tras una larga trayectoria profesional, haya hecho la primera pregunta seria en todos mis años de periodista: “Doctor, ¿me voy a morir?”. Lo he preguntado cuatro veces en mi vida. Afortunadamente, la respuesta siempre ha sido agradable, pero hasta la contestación hay un intermedio en que lo pasas muy mal, porque te pueden decir “sí” o “no lo sabemos”.

En ese trance quizá sea mejor no preguntar...
No. Como paciente yo siempre he querido saber la verdad. La vida está llena de temores y yo necesitaba tener esa información porque la respuesta: “Te vamos a curar”, era para mí la parte fundamental y a partir de ahí me daba igual estar mal, el

cansancio, los vómitos o las noches sin dormir porque sabía que íbamos a ganar.
Y ¿qué dices del personal que te trata?
Mi fe en el doctor Canales, mi hematólogo, es total. Siempre he pensado que con el tratamiento de La Paz, el trabajo de los médicos, enfermeros y auxiliares, y también con mi aportación, tengo lo suficiente para ganar.

Para un periodista, acostumbrado a contrastar fuentes, ¿es peligrosa la sobreinformación?
Jamás he buscado mi enfermedad en Internet. Ante cualquier duda, siempre le preguntaba a mi médico.

Utilizas sin pudor la palabra ‘cáncer’. A muchos les hiela la sangre solo pronunciarla y prefieren referirse a ella como “esa larga enfermedad”.
Esta enfermedad se llama ‘cáncer’ y luego tiene apellidos. En mi caso es un linfoma. Nunca lo he enmascarado. Creo que estás obligado a enmascarar sus consecuencias en caso de que hagan daño, que molesten a otros o incluso a ti mismo, pero no la palabra ‘cáncer’. La palabra cura y la palabra ayuda, y también te puede solucionar un problema, un conflicto. Si a las cosas no las llamamos por su nombre, nunca tendrán una dimensión real.

¿Qué te llevó a plasmar en un libro tu testimonio sobre cómo enfrentarte al cáncer? ¿Buscabas alivio, ayudarte a ti mismo o quizá pensabas en auxiliar a los que están en tu misma situación?
La literatura es literatura. A veces ayuda y a veces destruye. Soy escritor y periodista y tenía la necesidad de contarlo. Contaba con un buen material narrativo y era una excelente ocasión. Sótano octavo no es un libro de autoayuda. En ningún momento pensé que podría venirle bien a alguien.

Sin embargo, ayuda... He oído que no hay semana en la que no recibas varios mensajes de lectores a los que tu relato ha consolado.
Sí, es muy curioso. Es un feedback de gente que ha pasado por lo mismo, ellos en primera persona o algún familiar, y también de profesionales de la medicina. Para ellos es un material inédito, la visión de un enfermo desde el otro lado. Entre las cartas de los lectores hay mucho agradecimiento y también un sentimiento descarnado.

¿Cómo te ha cambiado toda esta experiencia?
Me he vuelto más sensible y ha cambiado mi manera de acercarme a los demás. He colocado a las personas en escalafones: de más cercanos a prescindibles. También me ha depurado: el cáncer te hace separar más el trigo de la paja, te permite saber lo que es auténtico, cuál es el objetivo principal y qué es lo secundario. Y, sobre todo, te enseña a perder el tiempo lo justito.