"Las madres ahora nos complicamos demasiado"

El primer libro de nuestra bloguera, Boticaria García, ya está en los quioscos. ‘El paciente impaciente’ es una radiografía de la sociedad realizada con humor desde el mostrador de su farmacia, una atalaya privilegiada donde, como en cualquier botica, hay un poco de todo.

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Dudó entre ser escritora o farmacéutica, pero el consejo de sus padres, también boticarios y a quienes dedica el libro, pudo más: el mundo ganó una farmacéutica... y, por suerte, ahora descubre a la escritora con El paciente impaciente, y otras anécdotas de la Boticaria García: “Al final he conseguido aunar las dos cosas. Lo de escribir lo llevaba dentro desde siempre. De pequeña me veía escribiendo en una cabaña, supongo que muy influenciada por Heidi”, confiesa. Y con la compañía de las teclas del ordenador en lugar de las ovejas, Boticaria García lleva más de un año “ganando batallas al doctor Google” desde su blog (boticariagarcia.com) y su Twitter (@boticariagarcia). Quedamos para charlar con ella un viernes a las ocho de la tarde. Acaba de despedir al último cliente, pero mantiene intacta la energía y la vitalidad que la caracterizan.
Farmacéutica, bloguera de éxito, tuitera entregada, madre de dos niños de tres y dos años y ahora, además, escritora. No voy a parar hasta que me digas que tus días duran más de 24 horas...
¡Ojalá! Lo que hago es dormir muy poco. No hay ni trampa ni cartón. Este libro lo he escrito a base de perder horas de sueño. Y tengo la suerte de tener mucho apoyo. Si el fin de semana trabajo, es mi marido el que está al pie del cañón con los niños. Él es la clave para llegar a todo, y los niños, que no me queman la casa mientras escribo... [risas]. Además, cuento con el apoyo incondicional de mis padres. Yo sola, sin mi familia, no podría seguir este ritmo loco.

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“lo más importante es lo que tú les transmites a tus hijos y lo que consigues que tus hijos sientan por ti”

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Pareces la personificación de la superwoman...
¡Qué va! De superwoman no tengo nada. Soy una persona muy nerviosa y todo me supone una tensión. Es cosa de priorizar y tener claro que a todo no llegas. Yo no soy ni la mejor madre ni la mejor farmacéutica ni la mejor bloguera. Con cuatro horas más al día sería diferente... [risas].
¿Cómo consigues conciliar trabajo y familia?
Soy una privilegiada por trabajar en lo que me gusta, pero es complicado. Tengo el horario comercial de este país, que es terrible, porque la farmacia cierra a las ocho de la tarde, a las ocho y media en verano, y cuando quiero llegar a casa son las nueve de la noche. La conciliación en mi caso es buscarme una logística cómoda para arañar minutos y poder llevar y recoger a los niños del cole, para mí eso es fundamental, y aprovechar los fines de semana. Tengo una persona que ayuda en casa, imprescindible porque mi marido trabaja fuera muchas semanas. Me encantaría estar toda la tarde con los niños, pero las farmacias tienen el horario que tienen. No sé si cambiará algún día o no, pero tampoco voy a tirarme de los pelos. Es lo que hay.
Es la misma situación que vive la gran mayoría de madres trabajadoras en este país.
Cada uno tiene sus circunstancias, pero nadie tiene el trabajo perfecto, y quien lo tenga que nos lo cuente. Quizás mis hijos estarían mejor si su madre y su padre estuvieran con ellos por las tardes, pero también es cierto que les dedicamos todo el tiempo que podemos cuando estamos con ellos. Yo creo que son completamente felices, y lo digo desde mi experiencia como hija de boticarios: yo nunca eché de menos nada. Tuve una infancia similar a la suya y siempre he sentido el cariño de mis padres. Las horas cuentan, pero lo más importante es lo que tú les transmites a tus hijos y lo que consigues que tus hijos sientan por ti. Mucho más que un horario.
¿Nos sentimos culpables por no estar en casa?
Sí, y ese sentimiento de culpabilidad ha aumentado muchísimo. Además, ahora se ha profesionalizado la maternidad: nos cuestionamos más cosas que las que se cuestionaban nuestras madres y, por supuesto, nuestras abuelas. Tenemos más información, hay más presión, mucha inseguridad y eso se traduce en agresividad. ¡En Internet se viven auténticas batallas campales! Si una madre decide que la mejor manera de educar a su hijo es el método X, automáticamente lo que hace el resto está mal. Muchas madres se sienten atacadas y necesitan justificar su decisión. Ahora la maternidad está completamente teorizada.
Lo cierto es que hay un manual para todo...
Sí, y la maternidad no funciona con teorías ni con métodos. Todo es más sencillo. Hay que informarse para tener criterio, pero no hacer un máster de cada movimiento que hacemos con nuestros hijos. Las madres estamos sobreinformadas... Lo que hay que hacer es estar con ellos, entregarnos a nuestros hijos... Y no sé si lo hacemos bien en ese sentido. Ahora existe el modelo de ‘madre perfecta’, y todo es una competición. Todo lo que hacemos lo tenemos que hacer mejor. Si hay que hacer una manualidad para el cole, tiene que ser de premio. ¡A mí me pasó en Navidad! Mi niña tenía que hacer una ovejita para el belén. Y la hicimos juntas. Cuando llegamos yo quería darme la vuelta...

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“las madres hemos profesionalizado los cumpleaños, los deberes, las extraescolares... ya no hay nada normal, todo tiene que ser superior”

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¿Era todo digno de estar en el Museo del Prado?
¡Sí! Lo peor es que la cara de la ovejita era la foto de mi niña. No había escapatoria. No podía dejarla en un rincón, todo el mundo sabía que era la ovejita de Carmen. Era un poco chapuza, pero yo entendí que la tenía que hacer con ella: así que cogimos un vaso, un poco de algodón..., lo hicimos juntas y pasamos un rato muy agradable... ¡Pero allí había ovejitas de croché! La niña tiene tres años y no se enteró. No quiero ni pensar lo que ocurrirá el año que viene [risas].
Ahora no es tan raro que las madres sean las que terminen haciendo los deberes de sus hijos...
Yo no recuerdo que mi madre estuviera conmigo haciendo ovejas de croché... Yo tenía que hacer deberes y o los hacía o me ponían un negativo. Bueno, yo los hacía siempre porque era muy empollona [risas]. Ahora veo la competición que hay con los cumpleaños también. ¡Benditos cumpleaños de ganchitos y sándwiches de nocilla, y sin vasitos con pajita personalizada...! Todo eso lleva un trabajo y un presupuesto, y eso genera mucha presión. Las madres hemos profesionalizado los cumpleaños, los deberes, las manualidades, las extraescolares... No hay nada normal, todo tiene que ser superior.
Parece que los niños no pueden aburrirse.
Es cierto, es como si los niños tuvieran que estar completamente ocupados todo el tiempo. No pueden tener un rato de parque normal y corriente. Yo creo que al final es cuestión de plantarse y decir: mira, yo estoy dispuesta a dedicarle a la oveja 15 minutos, y que el niño haga el resto. Hay que enseñarles a ser responsables.
Dejar que triunfen... y se equivoquen.
Exacto, no sentirme yo mal porque la oveja no esté bien... [risas]. Hay que enseñarles a tener la seguridad que nos falta a nosotras. A las madres de nuestra generación nos falta un poco más de naturalidad y sencillez al criar niños. Parece que ahora hay que ponerle nombre a todo. Siempre se ha dormido con los niños en la cama, y ahora sabemos que eso se llama ‘colecho’. Siempre ha habido mochilas, ahora es ‘porteo’. También es un nicho de negocio: hay mucho marketing en todas esas tendencias. Y la mayoría de la gente en su casa, más allá de una corriente u otra, hace lo que le apaña. Hay que sobrevivir.
Comentas en el libro que el mayor reto para un farmacéutico es la ‘madre primeriza’.
Elegir entre una tetina de silicona o de látex puede llevarte media hora, un día bueno. “¿Qué tipo de biberón va con mi bebé?”. Casi te lo preguntan así. Pero, claro, vives un momento de enajenación mental, un cóctel de hormonas, y la farmacia es la primera línea.
Además de farmacéutica, te toca ser un poco psicóloga.
Claro. Estamos en las trincheras, en primera línea. Al primero que van es al farmacéutico. Luego, si se complica, ya llaman al médico. A mí me gusta mucho mi trabajo y la labor que hacemos. Somos el personal sanitario más accesible a la población. Hay una farmacia en cada esquina.
¿Ha cambiado mucho la parroquia de una farmacia?
Sí, pero no tanto como debería. Lo que me sorprende mucho es el ‘padre de los recados’. Hablamos de que los hombres ahora hacen todo igual que las mujeres, pero aún no he visto en la farmacia a ninguna mujer que llame a su marido para confirmar que está comprando bien el Dalsy, mientras que el 90 % de los hombres siempre dudan.
Un ejemplo de la falta de reparto de tareas en el hogar...
La verdad es que los hombres siguen a remolque en ese sentido. Es generalizar, pero así es. Y lo que ha cambiado mucho en la farmacia es el tema de Internet. Antes el enemigo era la vecina. El típico: “A mi vecina le han dicho...”. Ahora, la gente quiere algo para las varices y viene con una idea, y es muy difícil convencerles de que lo que han visto en una web no es verdad. Tienden a pensar que les quieres vender otra cosa. Esta semana han venido preguntándome por cremas, de esas con la foto antes y después. Cuando dices que esos resultados fantásticos en dos semanas son imposibles no te creen.
Sin embargo, la farmacia está llena de cremas y pastillas en busca de ese eldorado particular...
Es cierto. Hay algunos tienen base científica y otros son medicamentos, pero hay productos milagro que no me gustan y yo no recomiendo.  
¿La báscula es el elemento más temido en la farmacia?
¡Totalmente! El peso es una obsesión recurrente. Los posts del blog que más éxito tienen, después de los de niños, son los de nutrición y dietas. La gente busca la magia...
... Y la magia no existe.
Así es, la magia no existe. Esa es una de las máximas batallas que tengo con el ‘doctor Google’.  
¿La preocupación por la belleza sigue siendo un territorio eminentemente femenino?
No. Eso también ha sido un gran cambio: el ‘padre de los recados’ se preocupa más por sí mismo. Antes estaba asumido que los hombres perdían pelo o echaban barriguita. Ahora los chicos quieren estar guapos, lo cual está bien [risas]. Hace diez años era impensable ver un señor de cuarenta pidiendo una crema reductora. La verdad es que una farmacia da para hacer un estudio antropológico: todo el mundo desfila por aquí en algún momento de su vida.
“El ser humano es sorprendente”, repites en tu libro. ¿Qué es lo que no te deja de sorprender?
Ese puntito surrealista que todos tenemos: ¿cómo es posible que interpretemos unas instrucciones de una forma tan diferente? Como cuando alguien te dice que se ha comido un supositorio porque ponía ‘vía rectal’, y el camino más recto al estómago es por la boca [risas].
¿Cuál es el secreto para empezar y terminar el día con una sonrisa... y tener humor para dejarlo por escrito?
La clave es que te guste lo que haces. Para mí esto era un sueño hace un año: tener un blog en AR, escribir un libro... Hay que perder el miedo y hacer el esfuerzo. Y trabajar sin mirar el reloj, hasta que te duermas.