Santi MIllán: “No soy el canalla que aparento, pero me gustaría”

El amigo que todas querríamos tener, el actor con el que todas las series querrían contar. Santi Millán ha hecho del desparpajo un arma de seducción, y de la risa su carta de presentación.

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Como el chef enfurruñado de Chiringuito de Pepe (Telecinco), showman en su espectáculo Santi Millán Live! o conejillo de indias de Pablo Motos en El hormiguero, de Antena 3, Santi Millán tiene muchas facetas pero una sola cara, esa faz de caradura encantador que le ha llevado a convertirse en el hombre del momento. El actor, que lleva 25 años subido encima de un escenario, vive con su pareja y sus dos hijos en Barcelona. Resuelto, polifacético y terriblemente simpático, Millán tiene la maravillosa costumbre de acompañar cada respuesta con una sonrisa que rezuma desparpajo y naturalidad.

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Te defines como ‘triactor’, eres fan del triatlón y dices que tu vida se sustenta en tres pilares: sexo, humor y música. ¿Apuestas todo al tres o juegas de farol?
Que para mí sean cosas tan esenciales no quiere decir que solo me dedique a esos tres menesteres las 24 horas del día, sino que son los bienes a los que aspiro, el motor de todo.

¿No crees que a la sociedad le hacen falta más sexo y humor?
Exacto. Hay un problema de base que es confundir el humor con la falta de seriedad y es justo lo contrario. No hay nada más realista: el humor es aceptar la vida como es. No significa huir de lo que pasa, sino afrontarlo para superarlo. Es terapéutico. Para mí es algo más: no es solo una vocación profesional, es una actitud vital que aplico a todo, a la hora de trabajar, de relacionarme, de vivir. Me encanta reírme de todo, pasármelo bien y creo que eso se nota.

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¿Y en lo que se refiere al sexo?
En este país se practica muy, muy poco... y de ahí vienen la mayoría de nuestros problemas.

No sé si es por aquel anuncio que protagonizaste en calzoncillos, por tu sentido del humor o por ese porte de galán desgarbado, pero das la imagen de ser ese amigo guay que siempre nos va a entender.
Sí, soy consciente de que doy esa imagen. Yo creo que es porque tengo mi parte femenina bastante desarrollada y soy un tío empático. Siempre me pongo en el lugar del otro que tengo enfrente y eso ayuda bastante a que me vean en el rol de consejero, paño de lágrimas en asuntos del corazón y destinatario de confidencias.

Entonces, ¿tú eres ese amigo fiel al que las chicas le confían sus problemas con el otro sexo?
Sí, pero sin distinguir entre amigos o amigas, ojo. Cuando me vienen con problemas de índole amoroso, me comporto igual tanto si esa amistad proviene de un hombre como si proviene de una mujer.

¿Y tú? ¿Buscas un hombro amigo en el que apoyarte cuando las cosas no salen como habías planeado?
Uf,   no mucho. Soy más  d e escuchar.

Ha llovido mucho desde tus inicios. ¿Qué queda de aquel veinteañero que se dio a conocer en aquella mítica compañía, La Cubana?
Soy el mismo, y además creo que es lo que transmito y te puedo asegurar que no es una pose estudiada y conveniente, ni algo premeditado. Estoy muy orgulloso de lo que he sido y evolucionar no me ha hecho renunciar a mi pasado. Me siento enormemente satisfecho de esas etapas vitales y profesionales que llevo a mis espaldas. Mi pasado sigue muy presente en mi vida.

Y tus amistades también: José Corbacho, Berto, Buenafuente... todos son antiguos colegas que ahora integran tu círculo más íntimo. ¿Sois una especie de Rat-Pack a la catalana?
De ser así, yo me pido a Frank Sinatra. Sí, sí... tienes razón, somos una piña en la que lo profesional está muy mezclado con lo personal. Tenemos un bagaje profesional detrás por el que solo con mirarnos sabemos lo que está pensando el otro, y cuando nos juntamos es como si no hubiese pasado el tiempo, a pesar de que hayan pasado siglos desde que no trabajamos juntos o de que nos veamos muy poco.

¿De verdad que no os veis ni siquiera fuera de los platós?
¡No veo a mis hijos... como para quedar con ellos! No, salvo a Andreu (Buenafuente), con quien coincidí este verano, casi no. Pero te aseguro que no nos supone ningún problema... Nosotros no somos de tener contacto diario ni llamarnos a la primera de cambio para contarnos cualquier cosita. Los tíos no somos así.

¿Los tíos? ¿Qué quieres decir?
Está claro, si en este grupo hubiese una chica integrada, ya se hubiese encargado ella de organizar cenitas algunos viernes y hasta crear un grupo de Whatsapp para ponerle un icono con un dibujito.

¿Me estás diciendo que no tienes un grupo de Whatsapp con tus mejores amigos?
¡Claro que no! Y a ti, que eres mujer, te parece lo más raro mientras que para nosotros es lo más natural.

Has comentado que ves poco a tus hijos... Imagino que en tu profesión la conciliación es una utopía.
El problema de la interpretación es que no es un trabajo rutinario, así que lo que es una utopía es la planificación. Viajes, ensayos, rodajes y funciones por media España... vivo a salto de mata y eso es muy difícil compatibilizarlo con la vida familiar. Pero luego hay días en que de repente te levantas con una mañana libre, y la disfrutas como nadie. Eso sí, me paso la vida haciendo equilibrios en el puente aéreo Madrid-Barcelona.

¿Y cómo llevan esta situación tan complicada tu mujer y los niños?
Ellos son conscientes de que tiene que ser así. Mi mujer ya me conoció con este ritmo laboral y así es nuestra vida cuando las cosas van bien, cuando hay trabajo. Siempre ha sido así. Recuerdo, cuando era más joven, que llegaba de rodar todo el día en un vuelo nocturno, y veía a todo el mundo disfrutando, de juerga... y yo me tenía que acostar para volver a volar al día siguiente. En cualquier caso, tengo mucha suerte porque al final, en el fondo, me dedico a lo que siempre he querido, y eso no le pasa a todo el mundo. Mi padre trabajaba de mecánico en una fábrica y solo nos veía los fines de semana.

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De no haber sido actor, ¿a qué te hubiese gustado dedicarte?
Mi gran sueño siempre fue ser cantante de rock: supone una pasión, una interacción con tus seguidores que no te la da ningún otro trabajo. La música es pura magia. No hay mayor conexión con el público que cuando te subes al escenario... no tiene parangón. Lo que pasa es que no he tenido buena voz nunca.

Pero en tu espectáculo Santi Millán Live!, que actualmente estás representando, cantas, bailas y en cierta forma emulas esa figura de rock star con la que sueñas.
Sí, fue idea de mi amigo y socio en nuestra productora Zoopa, Carlos Ortet, quien me animó. Me dijo que llega un momento en la vida en el que tienes que lanzarte y hacer las cosas que verdaderamente te gusten.

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¿Tener tu propia productora de ayuda a cumplir esa filosofía de vida?
Bueno, no te dejes engañar... Aunque los dos fundamos la productora para crear aquellos proyectos que nos apetecía hacer, no es tan fácil luego, con los pies en el suelo, e incluso en algunos aspectos te vuelves más esclavo. En Zoopa tengo la suerte de contar con un equipo sensacional y el que comanda la nave es Carlos, mi socio.

Con la crisis del sector, ¿recibes muchas llamadas pidiendo trabajo?
Algunas, sí. Y tengo que decir que es algo que me encanta, que confíen en nosotros y que me llamen. Ojalá pudiera dar trabajo a todo el mundo. Pero, y al margen de si hay crisis o no, tenemos que quitarnos el complejo de llamar a alguien a ofrecer nuestros servicios. Yo también llamo a amigos, a productores y conocidos para pedirles trabajo.

¿Hay algo que jamás harías frente a una cámara o en un escenario?
Pues no lo sé hasta que no me llega la propuesta. No tengo esa idea preconcebida de si me ofrecen algo decir que no. Por ejemplo, nunca me han ofrecido hacer porno y, la verdad, no tengo clara la respuesta que daría.

Si hay un personaje que te ha marcado, ese ha sido el Sergio de Siete vidas, el inmaduro novio de Vero, el personaje que interpretaba Eva Santolaria.
Y no sabes hasta qué punto la gente me sigue preguntando por aquel trabajo. Que los espectadores se sigan acordando de un papel que hice hace tanto tiempo es un halago. Fue la serie con la que me di a conocer a nivel nacional y esa imagen sigue asociada a mi persona.

Así es. Desde entonces, ese halo de inmaduro canalla desenfadado e informal te ha acompañado siempre.
Tengo que reconocer que también ha habido algo intencional en todo esto, y es que el personaje de Santi Millán lo hemos jugado de ese lado. En realidad, no soy el canalla e inmaduro que proyecto, aunque me encantaría ser un poco así.

No todo ha sido siempre comedia. Diste la campanada interpretando a un fisioterapeuta con tragedia personal en Frágiles. ¿No ha vuelto a llamar el drama a tu puerta?
El papel de Frágiles fue un regalo. Me siento superorgulloso de aquel trabajo que, además, tuvo gran reconocimiento por parte de la crítica y una forma de trabajar sin guiones donde la improvisación tenía un papel fundamental. Cuando me llegan ofertas de trabajo, intento escoger en función de muchos aspectos, no me cierro solo a la comedia. En realidad no me cierro a nada.

¿Ahí es donde entra esa afición al deporte que has descubierto recientemente?
No es una afición; se ha convertido en una adicción, una necesidad de soltar adrenalina, hacer el burro y poner al límite mis fuerzas.

¿Qué lleva a un actor consagrado a subirse a una bici y recorrer 700 kilómetros a través del Sáhara?
¡Si además yo nunca he sido deportista! Pues nada, escuché la frase que más daño ha hecho en este país. Alguien me dijo: “¡A que no hay huevos!”, y ahí empezó todo. Mi nivel es de aficionado, pero me junto con gente muy loca y ya sabes lo que dicen de las malas compañías.