Serge Lutens, el perfumista de los famosos

Sus ediciones limitadas valen 1.500 €.

Conocemos a este francés tan delgado y espiritual en una suite muy barroca de un hotel de París. Él se sienta en un sofá, diseñado por Phillippe Starck, tan excesivo que la imagen parece una broma. En ese ambiente surrealista nos presenta su último perfume, L’Orpheline, que huele muy elegante y suave, como recién planchado. Pero son referencias muy pobres comparadas con las que da este francés tan exquisito y cultivado. Desde los 14 años Serge Lutens ha sido peluquero, maquillador, creador de líneas de maquillaje para Dior y Shiseido, cineasta, fotógrafo, perfumista... Este oficio de buscador de fragancias es la última estación en su amplio trayecto creativo, donde se encuentra desde el año 1992. Lutens crea perfumes personalísimos de ediciones muy pequeñas, de esas que nadie puede decir “reconozco tu perfume”, y algunas tan caras como para superar los mil euros. Aprovechamos que había salido de su guarida en Marrakech para charlar con él. Pero aquello no fue exactamente una conversación, sino un navegar por un universo complejísimo y... muy difícil de comprender.

Son ya casi 60 las fórmulas que ha ideado. ¿No se agotan las combinaciones? ¿Cómo es su trabajo?

Yo voy probando con las esencias y los aromas me llevan sobre caminos imprevistos que a veces tengo que interrumpir, porque no me gustan. Pero a veces digo: “¡Sí! Esto es formidable”, y sigo adelante, y un poco más... Y a veces digo: “Uff, ni hablar, por aquí no...”, y vuelvo a reducir... El perfume es en realidad mi socio, el que me dice por dónde tengo que ir. Es algo vivo, algo orgánico que no reacciona igual en todos los momentos, las combinaciones o las personas. Por eso es algo tan personal.

Este perfume, L’Orpheline, habla de su infancia, en la que se sentía huérfano, en Marruecos. ¿Su colección de aromas es como su autobiografía?

Sí, cada uno de mis perfumes es un descubrimiento de mí mismo. Un olor que descubro de pronto como una parte de mi vida. Soy un hombre que intenta ir cada vez más lejos en su interior, más adentro. No tengo más ambición que seguir viviendo para seguir aprendiendo y poder decir un día: “Por fin comprendí”.

¿Y qué tiene en común su vida con la de sus clientas?

Yo no soy perfumista, sino esencialista. Busco entre los olores y encuentro las esencias de las personas, de las vivencias, a partir de las mías. El producto final no me interesa nada. Me interesa el camino hacia la creación.

¿Y usted capta esos olores esenciales del ser humano y los mete en un frasco?

El mayor perfumador del mundo es el viento, la lluvia, la tierra, el polen, las abejas... Cuando alguien dice “qué bien huele, no conocía este olor”, en realidad sí que lo conocía: percibirlo como bueno significa tenerlo dentro.

¿Hay perfumes buenos o malos?

No todas las combinaciones valen para todas las personas. Un aroma es algo muy personal. Es para un momento de tu vida o una faceta de tu personalidad. A veces encaja y otras, simplemente, no.

Sus fórmulas son pequeñas ediciones casi siempre limitadas que no resisten la globalización ni las vías comerciales. ¿Por qué?

Quizás porque mis perfumes hablan de lo profundo de las personas. La globalización funciona con las modas: ha llegado a la gastronomía, a las costumbres, al idioma, a la forma de hablar, pero no a los olores, que forman parte del alma de las personas.

¿Por qué ha vuelto a su infancia con L’Orpheline?

Mi infancia fue un poco huérfana y abandonada. Casi no tuve la oportunidad de ver a mi madre, ya que yo vivía en Tánger con otras personas. Todo eso forzó el que yo me acabara convirtiendo en una persona retraída, muy hacia adentro, y sigo siéndolo.

Sus perfumes son a la vez elegantes y complejos, un poco como usted.

Sí, tienen muchos matices, algunos incluso contradictorios. Todos tenemos ángeles y demonios en nuestro interior. Somos muy complejos y hay mil facetas dentro de cada uno. Luchamos contra enemigos que están fuera pero también dentro de nosotros.

Me dijeron que iba a hablar a un genio, y ahora que estoy con él, veo que me cuesta mucho seguirle el hilo. Quizás usted está habituado a que no le entiendan…

Claro [risas]. ¡Yo tampoco me entiendo y eso debe de ser que se nota! Yo no entiendo las cosas. Las siento. Voy de intuición en intuición.

Es usted un hombre muy cultivado: refinado, sibarita... Pero no nació así. ¿Se puede desarrollar la sensibilidad aunque uno no haya nacido en este ambiente?

Mi infancia fue complicada, retraída, banal. Desde esa niñez, me he hecho a mí mismo. He pasado toda mi vida cultivándome, leyendo, viajando, sintiendo, percibiendo los olores...

Una persona solitaria

Creo que viene muy poco a París y que en cuanto puede se vuelve a ir a Marruecos. No se lleva bien con el bullicio de las grandes ciudades, ¿verdad?

No. Necesito distancia, que es la que me permite reflexionar sobre mis perfumes y mi persona. Soy demasiado poroso para poder estar siempre con los demás. Me moriría. Por eso necesito retraerme.

¿Y por qué dice que su boutique Palais Royal es como su segunda casa?

Esta boutique en el centro de París, donde solo se venden mis perfumes, es también una representación de mí mismo. La localicé en 1992. Estaba cargada de leyendas e historias de Francia. Leyendas del cardenal Richelieu anteriores a la Revolución Francesa. El edificio me eligió a mí, no yo al edificio. No he hecho otra cosa que respetarlo. Para mí es muy importante.

Tiene otra boutique en proyecto, ¿no?

Sí. Estoy trabajando para abrir otra en Moscú. En este caso, como el carácter ruso, es totalmente suprematista, igual el arte de Malevich: extremadamente rico, impactante, exagerado, donde predomina el contraste del negro y el oro, las formas marcadas... Tan pasional y fuerte.

¿Cuál es el último olor que se le ha quedado grabado en la mente?

Creo que ya lo he olido todo. Pero de vez en cuando descubro un matiz nuevo. Debe de ser que he aprendido algo más sobre mí.

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1 Serge Lutens

Detrás de este francés exquisito hay más de sesenta perfumes que escapan de lo comercial.

 

2 ¿1500 euros por un frasco

Los seguidores de las creaciones de Serge Lutens son capaces de pagar 1.500 euros por algunas de sus ediciones limitadas. ¿La razón? El artista francés diseña los frascos, las cajas y los perfumes, que se convierten en auténticas obras de arte, casi de alta costura, como Couronne d’épines (izquierda). Para sus fórmulas personalísimas, él nunca utiliza más de 20 ingredientes (la perfumería comercial suele incluir más de 200). Algunas de sus combinaciones se han convertido en best sellers muy cotizados, como Fleurs d’oranger (centro) y L’Eau (derecha). Esta última, lanzada en 2010, supuso un hito en su carrera, una vuelta al origen de la perfumería.

 

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3 “‘L’Orpheline’ no es femenina ni masculina, como yo”

“Esta fragancia, aunque se traduzca como ‘la huérfana’, no es femenina ni masculina. Igual me ocurría a mí: nunca fui ni una cosa ni la otra. Renegaba de lo masculino, de la autoridad, la disciplina, el orden y la rectitud. La parte femenina que habitaba en mí, con la presencia muy fuerte de mi madre, a veces la negaba, y otras convivía con ella. Hasta que aprendí a aceptarme. Por eso he intentado vivir entre dos lados, pero en equilibrio. Sin conflictos. Sin caerme a un lado ni a otro”.

 

4 Serge Lutens

L’Orpheline, de Serge Lutens (99 €/50 ml).

 

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5 Enamorado de Marrakech

Serge Lutens es un enamorado del mundo árabe. Vive en Marrakech, donde construyó su mansión en 1974 en plena medina, y ahí se refugia y se inspira. Solo unas pocas veces al año se pasa por París para presentar sus perfumes: “Marrakech significa la distancia y la soledad, que es vital para mí. Pero no es una soledad triste, impuesta: es una soledad rica, creativa, magnífica. Comparto mi tiempo con los libros, las obras de arte, las personas, mis pasiones. Es una soledad positiva y fértil”. Desde hace unos años, Marruecos se ha convertido en su refugio, su biblioteca olfativa: “Mi casa, en sus proporciones, tiene una belleza increíble. Es lo que me ocupa y me agarra el tiempo, lo que no me deja reposar”.