Ana Belén y Víctor Manuel

"Trabajar con nuestros hijos es fácil. Somos poco caprichosos".

Forman parte de la memoria colectiva de nuestro país y ahí seguirán mucho tiempo. ¡Cuarenta y tantos años dan para mucho! La nostalgia, sin embargo, no forma parte de su vocabulario. El año pasado lanzaron nuevo disco donde su hijo se ha encargado de la producción y su hija hace los coros, y ahora están de gira por todo el país.

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Hace un día radiante. Ana Belén tiene algo que ilumina las estancias: su sonrisa cálida y un físico que reta al paso del tiempo. Adora la luz. Si pudiera elegir, viviría siempre en verano. Se empeñó en no ser niña porque quería ser cantante y parecerse a Sara Montiel. Víctor Manuel abandonó su Mieres natal, donde los chicos se pasaban la tarde arriba y abajo por una acera y las chicas por la otra, para venir a la conquista del mundo. Confesiones a media luz, caricias furtivas y el arrojo de llamar a las cosas por su nombre en tiempos en que solo se podía soñar entre líneas. La pareja anda estos días de un lado a otro, como una peonza. Después de treinta años sin grabar juntos, regresan con el disco Canciones regaladas y una gira que comienza el 29 de mayo en Sevilla. Disfrutar del trabajo es un privilegio del que no todos pueden gozar. Ellos sí, orgullosos de haber vivido para cantarlo.

Habéis crecido en paralelo a la historia de este país.

Ana: Es verdad, formamos ya parte, un poquito solo, de la banda sonora de este país. Y hace muchos años que formamos parte de las familias.

Víctor: Sobre todo por la persistencia. Son tantas canciones en tantos años que todo el mundo tiene alguna en su disco duro. En la hemeroteca aparecemos desde 1965. La gente, si no te ha visto en Mundo obrero, te ha visto en Ama o en Garbo. A veces te reflejan tal cual eres. Otras... menos, pero ese es el juego. Yo, desde que tenía 14 años, tenía muy claro que quería ser cantante, pero de una forma inconsistente, porque no sabía ni cantar ni componer... pero quería ser cantante. Todos mis esfuerzos se fueron para eso, y a los 15 años ya me estaba apuntando a concursos en Asturias. Cuando eres joven piensas que esto es un 'no trabajo', es solo cantar. Cuando te das cuenta de en qué consiste, es tremendo.

Tú pensabas que todo iba a ser mucho más fácil.

Víctor: Yo quería venir a Madrid, mejorar económicamente y volver en lo que se conocía por aquel entonces como un 'Haiga', un coche grandote, y poner una cafetería en el centro de Mieres.

Ana: [Risas] ¡Como si no hubiese ya suficientes cafeterías en Mieres!
Víctor: Es una idea tan primaria... y tan inconsciente.

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Tu primera canción la compusiste con 12 años. Decía: "Quiero saber qué se empieza a sentir cuando encuentre el amor". ¿Ya lo sabes?

Sí, claro. Pero siempre he sido más seducido que seductor. Con Ana fue así. Fue ella la que pensó "este es para mí", y aquí estamos.

Ana, tú también empezaste siendo una niña encima de un escenario.

En el colegio siempre que había una fiesta me pedían que cantara. Yo cantaba y cantaba todo el tiempo por mi casa, por las escaleras, en el patio de vecinos, cuando me iba con mi abuela al pueblo... pero la primera vez que canté de verdad fue en Radio España, en un concurso que hacía Bobby Deglané. Se llamaba Vale todo. Esa fue la primera vez. Tenía diez años.

Te gustaban mucho los cuplés.

Sí, pero me los prohibió don Crescencio. Era el cura de Sevilla la Nueva, donde vivía mi tía Carmen, hermana de mi madre. Entonces no era como ahora. Irse al pueblo era un gran viaje, y yo cantaba lo que oía en la radio, sobre todo a Sara Montiel. Un día, en el bar del pueblo me pidieron que cantara algo y me lancé con un cuplé. Entonces me dijeron: "Ha dicho don Crescencio que no puedes cantar cuplés, que te lo prohíbe". Debía de tener ocho o nueve años. Lo que son las cosas: al cabo de los años me enteré de que don Crescencio se salió de cura y se casó.

Han pasado treinta años desde el último disco de estudio y ahora presentáis Canciones regaladas.
Víctor: Empezamos a trabajar con más de cien canciones. Canciones que han estado ahí, cerca de nuestra vida.

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Del cantante y compositor José Alfredo Jiménez, el autor del mítico El rey, habéis elegido otra canción inolvidable: El último trago.

Ana: Aquí lo que más se conoce es El rey, pero José Alfredo tiene auténticas joyas que ha interpretado, por ejemplo, Chavela Vargas, como El último trago. Chavela, José Alfredo y Álvaro Carrillo se quedaban días encerrados en el Tenampa [un histórico bar mexicano] bebiendo, durmiendo y escribiendo canciones. Y luego se metían en un cádillac descapotable totalmente bebidos. Chavela siempre decía: "Yo no sé cómo nunca nos matamos".

Víctor: Yo tengo una imagen de Chavela cuando cantaba a diario en un cabaret en el DF: la sacaban agarrada, porque no podía tenerse en pie, la ataban a una columna que había en el escenario y cuando terminaba de cantar la soltaban y la llevaban otra vez para dentro.

Ana: Chavela contaba que bebía por el terror que le producía salir al escenario. Hasta que un día un doctor le cambió la vida al darle una pastillita. "Me ha quitado el terror al escenario". Yo sé de gente que se tuvieron que retirar como actores y luego fueron directores de escena maravillosos. Todo del terror que sentían.

"Cuando cociné tu periquito comencé a cantar muy fuerte para no escuchar sus gritos". Esto se cuenta en otra de las canciones de este disco, La guerra de las rosas.

Víctor: Una canción maravillosa de José Mario Branco y de Manuela de Freitas. Me hizo tanta gracia y me parecía tan ilustrativa…

Como en la película La guerra de los Rose... No sé si Víctor hace algo parecido, pero tú, Ana, sí que vas detrás de él para tirarle la ropa...

Ana: Sí, porque si por él fuese no se daría cuenta de que un cuello ya está, no gastado, sino lo siguiente.

Víctor: Tengo ropa para todo lo que me queda de vida... pero yo he sido pobre y me da pena tirarla.

Este disco lo produce vuestro hijo David, que también toca el piano; y Marina, vuestra hija, hace los coros. ¿Es complicado que toda la familia trabaje junta?

Ana: Somos la familia 'Von San José'... Trabajar con ellos es muy fácil. Somos todos muy poco caprichosos.

¿Los hijos ponen a cada uno en su sitio?
Víctor: Ellos son los que te dan la medida del paso del tiempo. Y no te digo nada con los nietos.

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¿Ser abuelos os ha cambiado en algo la vida?

Ana: No, se amplía. A nosotros no nos cambia. Supongo que a los que cambia es a sus padres.

Víctor: Te enriquece muchísimo. Es diferente criar un hijo a que te manden un nieto de vez en cuando. De noche no nos despierta: despierta a los padres. Solo nos quedamos con las ventajas.

Ana, hace dos años murió tu madre. Tuviste ocasión de vivir con ella un momento muy emocionante.

Yo había hecho Divinas palabras en Galicia y al año siguiente en La Toja me invitaron a dar el pregón. Y lo hice con una condición, que invitaran también a mi madre, porque ella se pasó los tres años de guerra civil en Galicia. Salió con unas colonias de niñas el 17 de julio, el 18 cerraron las comunicaciones con Madrid y no consiguió reunirse con mis abuelos hasta que terminó. Ella era muy pequeña y contaba que le habían encomendado que cuidara de un niño de cuatro o cinco años al que daba la comida, el desayuno... Y estando allí dando el pregón ese niño se presenta a mi madre. Un señor mayor. No sabes la emoción...

"Se me amontonan, madre, tan lejanos los recuerdos". Víctor, la canción que incluye estas palabras se la dedicaste a tu madre, que murió de alzhéimer.
Es muy duro. Es una enfermedad que no solo la padece el que la tiene, sino todo su entorno. Es terrible, una enfermedad demoledora. Fueron unos años tremendos viendo cómo se iba yendo y tú no puedes hacer nada por remediarlo. Yo me obsesioné al verla así, y ahora ejercito todo el tiempo la memoria. Tengo más memoria que nunca. Me esfuerzo mucho.

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"Qué te puedo dar que no me sufras…", cantas en otro de tus temas míticos.

Ana: Eutanasia. Sí, absolutamente.

Víctor: Yo no entiendo por qué no se avanza en ese sentido. Bueno, sí lo entiendo: la Iglesia puede mucho y la derecha también. Una serie de condicionamientos mentales, morales... Y la gente cree que esos pasos son los naturales. Pero hay rupturas que es muy difícil que se produzcan.

Hay muchos recuerdos que marcan tu vida: tu abuelo Víctor, que entró con nueve años en una mina y ya no salió hasta 42 años más tarde, y tu abuelo Ángel, fusilado junto a su hermano.

Víctor: Mi padre me llevaba a la fosa común el día de Todos los Santos desde los cinco años. Un día le pregunté por qué lo habían matado: "Por robar una cesta de huevos", me dijo. Y de ahí no salió nunca. Hace unos años, gracias a la gente de Memoria Histórica, encontré su expediente. Alguien los denunció por rojos. Lo hizo la familia de una novia mía de Mieres, Carmina, la que sale en la canción. Pero de todo eso te enteras cuando eres muy mayor. Se sabe que hay 120.000 en las cunetas. Hagan ustedes algo. El fin de semana pasado estuve cantando en Santo Domingo y una de las canciones que más éxito tuvieron fue Cómo voy a olvidarme. Allí están en la fase de recuperar muertos que tiraban en cualquier sitio. Es una aspiración natural de la gente: saber dónde están sus muertos, sacarlos y ponerlos en un sitio. Te sorprende la inhumanidad de este país, que en tantos años de democracia no haya un solo gobierno que lo haya abordado, aparte de ese esbozo de Zapatero de la ley de Memoria Histórica.Ana: Tú al menos sabes que tu abuelo está en el cementerio de Oviedo.
Víctor: Está con otros 1.800, pero se sabe quiénes son. Hay una placa a la entrada del cementerio civil donde están todos los nombres. Pero es más por el enterramiento indiscriminado, en las tapias. Esa gente de los pueblos que sabe lo que ha pasado y que ya se van muriendo.

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Mario Benedetti decía que la infancia es un privilegio de la vejez. ¿Qué queda del niño que imitaba a Joselito y de la niña que participaba en concursos de radio?

Ana: Queda mucho. La infancia te conforma cómo eres de mayor. Soy como soy en gran parte por la infancia que he tenido, por mi familia, mis amigos, las guerras en la calle, las carencias que teníamos y que te hacían valorar mucho otras cosas. La infancia es un poco la patria.

Víctor: Mi recuerdo es el de un crío muy feliz. Lo pasaba muy bien porque estaba muy en contacto con la naturaleza. Nuestra casa eran prados, bosques, agua, jugar al futbol. Todos los placeres estaban muy a mano. Lo terrible es que tenías que ir al colegio, y cuando llegaban las vacaciones era el júbilo absoluto. Una manera de vivir muy modesta, pero como no has conocido otra cosa... Nunca te faltó un plato de comida ni el cariño de la familia. ¿Qué más? No hay nada más que eso, es lo más importante. Y de ello sigues tirando toda la vida, de recuerdos, de actitudes... Y eso son ejemplos morales que te acompañan siempre.

Nos suenan tan cercanos que a veces las preguntas parecen obvias. Vosotros lleváis más de cuarenta años juntos.
Víctor: Estamos ahí porque queremos y nadie nos obliga. No hay secreto. Independencia, no invadir el espacio del otro, respetar los silencios. Es que la convivencia es complicada. Tengo tal simbiosis con Ana que un día me confundieron con ella. Iba por el parque de Berlín y de frente venían dos niñas. De repente una levanta la cabeza y dice cuando me ve: "¡Anda, Ana Belén!".

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Algún naufragio habrá habido...

Nada grave.

Además sois muy distintos.

Ana: Sí, pero coincidimos en muchas cosas. Siendo de carácter tan diferente hay cosas que nos gustan a los dos y compartimos muchísimo. Hemos aprendido que es importante no invadir el espacio del otro y respetarlo. Yo tengo muy claro, como mujer, que hay que ser autosuficiente. Quiero decir: independiente económicamente, Tener un trabajo, poder vivir de él y, como decía mi madre: "No dejes que nadie te invite, tú te pagas lo tuyo".

Víctor: Más de cuarenta años y nos lo seguimos pasando bien. Reconozco que el decirte "qué guapo estás" a estas alturas del partido se agradece una barbaridad. Ana y yo seremos, seguro, dos viejecitos muy dignos y muy guapos.

En casa también tenéis las tareas repartidas.

Ana: Está todo distribuido. Víctor no sabe coser ni planchar, pero cocina de miedo.

Víctor: No nací sabiendo. Estuve varios años comiendo latas de anchoas prácticamente como único alimento. Cuando nos fuimos a vivir juntos empecé con la carne, la pasta. Y a base de viajar, meterte en restaurantes y averiguar lo que estás comiendo, amigos que cocinan bien... vas y tratas de reproducir eso que tanto te gustó. A veces no llegas, pero mientras tanto hay algo estupendo, que es ir al mercado, charlar con el pescadero, el carnicero, llevarte unos buenos cortes a casa, escuchar la radio mientras estás cocinando...

Mucha gente desconoce vuestra faceta solidaria

Víctor: Hemos participado en muchos festivales benéficos. A veces tienes la sensación de la inutilidad de muchas cosas que haces, pero otras ves un resultado inmediato. Yo estuve con los curas maristas en Ghana colaborando para sacar adelante una escuela en Kumasi. A los dos años ves la escuela en pie y eso es extraordinario.

¿Se han cumplido los sueños de juventud?

Ana: Se han cumplido con creces. Lo más importante que me ha pasado ha sido conocer a tanta gente maravillosa. Nunca piensas eso: compartir la vida con grandes artistas y mejores personas. Tener la suerte de bailar un bolero con García Márquez, estar en un acto con Alberti y que te escriba en una servilleta un poema o estar al lado de Mª Dolores Pradera. Esas cosas no las podías imaginar. Son tesoros que tienes guardados.

Víctor: Yo solo quería poner una cafetería al lado del ayuntamiento de mi ciudad y ya está. No podía soñar una vida así. Una suerte.

¿Qué es lo que queda?

Ana: Muchas cosas. Dejarse ir. En esta profesión es raro que te salga trabajo si no lo buscas.
Víctor: Tengo ganas de escribir canciones. Cuando estemos saliendo de esta gira me pondré a ello. Aunque hacer un disco ahora es como echar una botella al mar... A ver si alguien la recoge.