Conchín Fernández, la presentadora que dejó el telediario por África

Y por amor.

Recuerdo mi primer viaje al Congo como el viaje que marcó un antes y un después en mi vida”, nos confiesa Conchín Fernández con una gran sonrisa en la cara. Ella era por entonces la presentadora del tiempo de Canal 24 horas, un primer paso antes de lograr su verdadero sueño: conducir el informativo. Pero un día el padre Amable, un excompañero de la universidad que se ordenó sacerdote, vino a pedirle ayuda. Necesitaba que viajara con él hasta el poblado de Lukolela, en la República Democrática del Congo, y grabara cómo vivían sus gentes, que mostrara al mundo lo mal que lo pasaban y poder así obtener ayudas para salir adelante: “Yo no pensaba que pudiera serle útil. ¡Nunca había cogido una cámara! La única experiencia con la que conté fueron los consejos que mis compañeros de TVE me dieron antes de partir. Además, no quería ir. Era peligroso, había ébola, enfermedades rarísimas como la fiebre de las aguas negras... Nadie de mi familia apoyaba la idea. Pero encontré un vuelo muy barato y pensé que aquello era más que una casualidad, que quizás tenía que ir, que todo sucedía así por algo. Fue entonces cuando me embarqué rumbo a África”.
Ahora, siete años después, Conchín confiesa en el precioso libro Querido Noah (Ed. Plaza & Janés) cómo se enamoró de África, de sus gentes y de Valère, su pareja, el amor de su vida y padre de su hijo.

Miedo. Es lo primero que uno siente al pensar en afrontar un viaje como el tuyo. ¿Cuándo se deja de sentir?
Cuando te das cuenta de que la vida puede acabar mañana. Cuando viajé la primera vez al Congo asumí el riesgo de coger una enfermedad o de que me pegaran un tiro, y fue al ser consciente de todo aquello cuando dejé de tener miedo.
 Aun así ibas bien protegida. Al menos eso se desprende de la maleta que preparaste para la ocasión...
[Risas] Psicológicamente no me dio tiempo a prepararme mucho, pero sí pude comprarme mi kit de ‘astronauta’: silbatos de ondas para ahuyentar a los mosquitos, chalecos con mil bolsillos, pantalones safari, botas hasta las rodillas para que no me picara una serpiente, una mosquitera que me envolvía por completo y que me hacía parecer un fantasma... Me daba igual todo. Solo pensaba: “Yo no voy a coger la malaria”. Pero con el paso del tiempo hasta acabé yendo en chanclas.

¿Crees que la gente del poblado de Lukolela llegó a verte como una esperanza real?
Sí, y lo peor es que yo no sabía ni qué ofrecerles ni qué podía hacer por ellos. No había hecho reportajes nunca. Solo era la presentadora del tiempo. Y ellos... Ellos sufren mucho porque no hay hospitales ni colegios. Porque lo que de verdad les mata es el hambre, los partos y enfermedades comunes que tienen solución en Europa. Es absolutamente insoportable ver que mueren por cosas que se podrían remediar. De hecho, ellos no son conscientes de que son pobres, pero sí de que sufren mucho. En el poblado les grababa y por la noche proyectaba para todos las imágenes. Al principio les gustó, pero después, tras ver su realidad reflejada en la pantalla, se iban a casa un poco tocados al ser conscientes de la vida tan dura que llevaban.

El regreso
Tras un mes en el Congo, Conchín regresó a España. La emisión de su reportaje logró, entre otras cosas, que se construyeran dos de los colegios más grandes del país, donde hoy estudian más de 400 niños. Pero la vida allí la había cambiado para siempre. Por eso, años más tarde lo dejó todo para volver, aunque esta vez el destino sería la capital de la República Democrática del Congo, la gran ciudad de Kinshasa.

¿Qué te hizo tomar esa decisión?
Ya no me podía quitar de la cabeza que podía hacer algo por aquella gente. Además, aquel primer viaje fue un viaje al interior de mí misma, porque cuando vives en unas condiciones tan extremas solo quedas tú, sin envoltorios. Conocer a aquellas personas extraordinarias que, como el padre Amable, se dejaban la piel por ayudar a los demás cuando podían no hacerlo y tener una vida mejor fuera de allí, y ver que eso les daba felicidad y paz con ellos mismos... me hizo reflexionar. Lo que más me gustaba del mundo era ser presentadora de televisión, pero llegó un momento en el que pensé: “Aquí se apagan los focos, me quito el maquillaje y ¿qué he hecho?”. Si quería ayudar a transformar el mundo tenía que embarrarme, así que solicité una plaza en la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo y regresé al Congo.

¿Cómo es la verdadera Kinshasa?
Es la ciudad más fea del mundo. No hay monumentos, ni jardines para pasear, nada. Pero está llena de ángeles y estos hacen que se convierta en la ciudad más bella del mundo si la miras con los ojos del corazón. Allí la gente vale mucho. De hecho, son los propios congoleños los que están transformando su realidad. Hay historias maravillosas, como la de Mama Efinole, una afectada de polio que ha conseguido a base de muchísimo esfuerzo sacar a flote un taller que emplea a 500 minusválidas. Las mujeres africanas, capaces de con poco dinero educar y dar de comer a todos sus hijos, no quieren caridad. Desean que allí se monten empresas que les den trabajo.

Eso me lleva a pensar en Dress From Africa, tu proyecto de moda. ¿Nos podrías hablar de tan maravillosa iniciativa?
Surgió fruto de una casualidad cuando conocí a Fanny, una mujer que no solo cose muy bien sino que dibuja estupendamente. En el Congo hay unas telas preciosas y pensamos en adaptar sus vestidos a diseños occidentales. Cuando terminaba mi trabajo me ponía con aquel proyecto, del que surgieron prendas que encantaban a las mujeres, e incluso al embajador de España, que les propuso hacer un desfile en su residencia y que lo vio como una buena iniciativa hispano-congoleña. Además de crear trabajo para que las mujeres tuvieran un salario, podíamos dar a conocer el verdadero Congo, su historia, sus lugares... Así creamos modelos como Atardecer en Mayama, de colores naranjas, o el Isla de Idwji, con sus hermosas flores. Ahora el proyecto está parado: nos falta un poco de capital para volver a ponerlo en marcha, pero estamos todas preparadas.

Y llegó el amor
En tu nuevo trabajo en Kinshasa conociste a Valère Munsya, el responsable de coordinar la estrategia educativa del país. Un hombre que se convirtió en el amor de tu vida. ¿Cómo es él?
Él es muy especial. Es un gran luchador. Siempre te hace ver el lado positivo de las cosas y comprender la realidad tal y como es. Aun cuando la vida allí es muy difícil, él hace que sea de color de rosa. Recuerdo que una vez, cuando empezábamos a conocernos, me dio una servilleta y me dijo que dibujara en ella la casa de mis sueños. Lo hice. Después, me enteré de que esos fueron los planos para nuestra casa en Maipembe, frente al río y en mitad de la selva. Y aunque todo era muy precario, porque no hay luz o agua corriente, era maravilloso vivir allí junto a él. Para nosotros no había plan mejor que pasear junto al río Congo, como si el futuro no existiera.

Finalmente regresas a España. ¿Cómo fue despedirte de aquella vida que tanto te gustaba?
Cuando se cerró la oficina de cooperación que España tenía allí me vi obligada a tomar la decisión más difícil de mi vida, regresar a España. Valère, que es muy generoso, me impulsó a ello. Sabía que yo no podría estar sin hacer nada, solo esperándole en casa sin esperanza de futuro y perdiendo mi trabajo para siempre. Y en España sería presentadora de informativos, mi sueño por fin, aunque no era lo que quería en aquel momento. A pesar de la distancia, Valère sigue siendo mi pareja, y mi hijo, que nació en España hace ahora dos años, es una fotocopia de su padre. Adoro que sea como él, es un regalo de Dios. Para él he escrito Querido Noah, para que se sienta orgulloso no solo de sus padres, sino de sus orígenes, de un país precioso lleno de gente extraordinaria.

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Conchín durante su etapa como presentadora del tiempo, en el canal 24 horas de TVE

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Conchín Fernández, con una falda de Dress From Africa, pasea de la mano de su hijo, que ahora cumple dos años.

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“Dress From Africa es el proyecto de moda con el que no solamente intentamos que las congoleñas ganaran un sueldo, sino dar a conocer la verdadera cara del país”

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“Los planos para nuestra casa de Maipembe fueron el dibujo que Valére me invitó a hacer en una servilleta de la casa de mis sueños”

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“Para Valère y para mí no había plan mejor que estar en nuestra casa de Maipembe y pasear junto al río Congo, como si el futuro no existiera”

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“La primera vez que fui al Congo no sabía qué podía ofrecer ni qué hacer por aquella gente. Nunca antes había grabado un reportaje. Solo era la presentadora del tiempo”

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Otro de los modelos de Dress From Africa.