Sentimiento a flor de piel

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Después de tantos años juntas, ya sabéis de mi predilección por este mes y los que le siguen: me encanta la luz, el sol, las flores... Y por si fuera poco, tengo la suerte de poder celebrar con mi madre su día. Todos sabemos que es una fiesta pensada para el consumo, pero qué más da, es una ocasión estupenda para dedicarles una jornada entera a ellas, que nos agradecen cualquier detalle.
Las que tenemos la suerte de envejecer y ver envejecer a nuestras madres podemos vivir experiencias muy curiosas. No hace falta tener un parecido físico con ella en la niñez o en la juventud, pero cuando llega la madurez se producen fenómenos paranormales: descubrimos que hacemos los mismos gestos, decimos las mismas frases hechas que antes nos producían risa, tenemos las mismas manías y de repente, una noche te levantas al baño, te ves reflejada en el espejo y no sabes si la que está ahí es tu madre o eres tú. Espero celebrar muchos Días de la Madre y corroborar que, llegado un momento, nos convertimos un poco en ellas.
Estoy algo tierna y no es sólo por el Día de la Madre, sino porque todavía tengo mi corazón un poco encogido después de mi visita a Haití. Me queda la inquietud de haber visto todavía, pasados cuatro meses del terremoto, a cientos de miles de personas abandonadas, niños con hambre, madres con la pena que da no tener nada para darles de comer, ni un techo donde resguardarlos.
Intento aprender de mis amigos de Infancia sin Fronteras y Mensajeros de la Paz, que llevan años trabajando por los desheredados. Es tan fuerte el choque que te produce estar allí y luego volver a la vida cotidiana llena de comodidades, que te hace sentir mal. Pero no debe ser así: vivimos donde nos ha tocado y debemos agradecer cada mañana la suerte que tenemos. El pecado está en mirar hacia otro lado y no hacer –en la medida de las posibilidades de cada uno– algo para que el mundo no sea tan desigual.
No he tenido el tiempo suficiente para entender a un pueblo, pero sí para sentir vergüenza porque cuatro meses después del terremoto se haya avanzado tan poco para cubrir las necesidades básicas de los más pobres. Pero hoy estamos aquí y gracias a lo que tenemos podemos ayudar. He aprendido que no tenemos derecho a quejarnos por los mil y un inconvenientes de la vida; que tenemos que ser agradecidos por nuestro destino, aunque a veces se tuerza un poco; que hay que disfrutar de cada instante, de cada cosa, y al mismo tiempo luchar porque algún día todos puedan hacerlo.
Ana Rosa Quintana

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