"El ictus no pudo conmigo"
Isabel Palomeque es una chica testaruda que, empeñada en superar las secuelas de un ictus, se levató de la silla de ruedas para bailar en un escenario. Después de decenas de tratamientos, la danza la reconcilió con su cuerpo.
Texto: Clara de Cominges. Fotos: Óscar Rodbag.
Su historia era la de cualquier chica de 24 años hasta que una embolia cerebral convirtió su vida en un maratón de superación. Y lo ha contado en un libro, Alta sensibilidad (Plataforma Editorial), donde relata una historia de crecimiento y testarudez que se ha convertido en un superventas. Pero estas páginas son lo de menos: ese recorrido es lo que le ha hecho feliz.
En la noche del 28 de febrero de 2004 Isabel salió a cenar con sus compañeros de trabajo. La jornada había sido larga, como siempre: por la mañana estudiaba un postgrado de enfermería y por la tarde hacía las prácticas en el Centro Vascular Sant Jordi. “Estaba activa cada día desde las siete de la mañana a las nueve de la noche, por lo que el viernes al final del día notaba el estrés acumulado, aunque no tanto como para sentirme mal. Estábamos cenando y de repente me dio un ataque”, recuerda Isabel, que fue consciente de dicho episodio durante por lo menos un minuto antes de caer inconsciente. “Al principio, mis compañeros se pensaban que estaba bromeando. Pero enseguida vieron cómo me cambiaba la cara, se me torcía la boca y todo el lado derecho se quedaba inmóvil”, añade.
Isabel despertó del coma 14 días después. La incertidumbre, la angustia, pero sobre todo la cólera, son los sentimientos que la invadieron en ese momento, que sigue sintiendo y que sentirá siempre. Pero lo peor estaba por llegar: el momento en que quiso enfrentarse con el espejo. “Fue una de las imágenes más espantosas que he visto jamás de mí. Pesaba sólo 40 kilos... y soy bastante alta. Las úlceras me salían por los codos y el coxis. No tenía pelo y una enorme cicatriz ocupaba toda mi cabeza deformada por un edema. No me reconocía. No era yo. Era un monstruo”, recuerda.
La afasia o pérdida de la capacidad de hablar, una de las secuelas más comunes de un ictus, fue entonces y sigue siendo ahora uno de los temas que más le han agobiado. Durante el mes que pasó en el Hospital de la Vall d’Hebron, Isabel se comunicaba a través de cuatro palabras: “Sólo podía decir ‘estoy’, ‘sinceramente’, ‘fish’ y ‘clapping’”. Este último vocablo es un término que se emplea en fisioterapia respiratoria y que consiste en dar unos golpecitos en los pulmones para poder respirar mejor.
VOLVER AL COLEGIO
Isabel ha conseguido volver a hablar y leer aunque sabe que le queda mucho camino por recorrer. “Fue como volver al colegio: ‘Hola, me llamo Isabel Palomeque y esto es un camión...’. Todo lo que sabía de ortografía está intacto, sin embargo, recuperar la sintaxis y la morfología me está costando mucho”, se lamenta. La salida del Hospital de la Vall d’Hebron supuso un nuevo punto de partida en la vida de Isabel. Consiguió una plaza en el Instituto Guttmann –hospital de referencia en España para el tratamiento de personas con lesión medular y daño cerebral– y tuvo que enfrentarse a la impotencia y el desaliento que supone estar en una silla de ruedas. “Estaba ahí desde las diez de la mañana hasta las cinco de la tarde. Las dos horas que tenía para comer también las aprovechaba para pasear con mi madre por el patio. Tuve dos recaídas, pero soy de las que se crecen ante las dificultades, así que me decía: ‘Tengo que levantarme’. Lo que me estimulaba era ponerme bien”. Y lo consiguió. Tres meses después, ya no necesitaba ni silla de ruedas, ni muleta, ni bastón y podía andar distancias cortas. Un triunfo que se vería empañado por hasta cinco ataques epilépticos, una secuela habitual en los accidentes cerebrales. “Después de cada crisis me quedaba exhausta. Por suerte, ya hace cinco años que no tengo ningún ataque” explica.




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