"El ictus no pudo conmigo"
Isabel Palomeque es una chica testaruda que, empeñada en superar las secuelas de un ictus, se levató de la silla de ruedas para bailar en un escenario. Después de decenas de tratamientos, la danza la reconcilió con su cuerpo.
Texto: Clara de Cominges. Fotos: Óscar Rodbag.
NUEVAS TERAPIAS
Al poco tiempo, la terapia del Instituto Guttmann dejó de ser eficaz: “A los seis meses del ictus y tras haber conseguido un progreso gigantesco, mi rehabilitación se estancó”. Pero, una vez más, su actitud positiva y su fuerza de voluntad la empujaron a no aceptar ninguna limitación. Isabel se dedicó a buscar segundas opiniones y tratamientos que pudieran acelerar su recuperación. La terapia con natación, la acupuntura –de la mano de un experto coreano que fue a visitar a China–, la hipoterapia y hasta el esquí fueron algunos de los intentos de Isabel por conseguir mejorar la hemiplejia que afectaba a la parte derecha de su cuerpo.
AMOR POR LA DANZA
Cinco años después del ictus cerebral, Isabel ya había cambiado el chip: tenía claro que tenía ganas de vivir, había conocido sus límites y los tenía muy presentes; había viajado a Cuba, Turquía, Praga y hasta vivía sola en un piso en Barcelona. Sólo le faltaba encontrar una actividad que consiguiera ayudarla tanto a nivel físico como psicológico: la danza.
Tras salir del Instituto Guttmann, seguía recibiendo información de cursillos dirigidos a discapacitados. Uno de ellos, un curso de danza contemporánea, captó enseguida su atención: decidió inscribirse y se le abrió un mundo nuevo. “La danza fue como un trampolín para mí. Me permitió ser parte de esta sociedad sin ningún complejo por mi situación”, afirma rotunda sobre esta disciplina que consiguió romper tantas barreras como lo habían hecho antes las sesiones de rehabilitación en tan sólo siete días. En el taller, otros discapacitados que habían tenido experiencias con el baile le transmitieron su entusiasmo. “El baile me descubrió una nueva vocación. Noté que mi cuerpo revivía y daba sentido a mi mano, mi brazo y mi pierna derechos”, sostiene.
El curso acabó, pero la experiencia con el mundo del espectáculo no había hecho más que empezar. Su coreógrafo, Jordi Cortés, le tenía reservada una sorpresa: un espectáculo profesional que contaría con la participación de dos discapacitados, siendo ella una de las bailarinas. “¡No me había subido nunca a un escenario y aún menos para bailar! Pero Jordi confió en mí. Ensayábamos de lunes a sábado, de diez a cinco. Era agotador pero ¡me encantaba!”, recuerda entusiasmada sobre esta experiencia que la llevó por varios escenarios de Cataluña. Los miembros de la compañía cuidaron de ella, reforzaron su confianza y consiguieron que se olvidara de su inexperiencia. “Me sentía guapa y a gusto con mi cuerpo”, confirma. Gracias al baile, aceptó ponerse una prótesis en la pierna derecha que le permitió aguantar los agotadores ensayos.
A la danza hay que sumarle otras actividades, como las charlas que da para la Fundación Ictus y las clases a las que atiende en la Universidad. En el plano terapéutico tiene un nuevo objetivo: el proyecto Foltra, un protocolo experimental basado en las hormonas de crecimiento. “Probablemente iré a Galicia en julio para realizarlo. No va a ser la panacea, pero debo probarlo: aunque sólo obtenga una mejoría del 5%, habrá merecido la pena”. Siete años después de aquel ictus, ha conseguido el control sobre sí misma.




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